Meditación de S. B. Mon. Pierbattista Pizzaballa: XXVII Domingo del Tiempo Ordinario, año C

By: Pierbattista Pizzaballa - Published: September 29 Thu, 2022

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2 de octubre de 2022

XXVII Domingo del Tiempo Ordinario, año C

Lucas 17, 5-10

 

Entre los muchos encuentros que Jesús tiene con la gente, algunos son con personas de "gran" fe. El propio Jesús los reconoce y, en cierto modo, los pone como ejemplo a los discípulos y a la multitud.

Es el caso del centurión de Cafarnaúm (Lc 7,1-10) que pide a Jesús que sane a su querido siervo.

En el mismo capítulo 7, Jesús perdona los pecados de una mujer que se ha reunido con él en casa de un fariseo, Simón, y que ha tenido intensos gestos de amor hacia Él; y lo hace diciéndole que es su propia fe la que la ha salvado (Lc 7,50).

Esta misma frase la dijo Jesús a la mujer con hemorragias (Lc 8,48), y podríamos citar otros casos.

¿En qué sentido es grande su fe y obtienen el milagro que necesitan?

Me parece, partiendo de estos casos, que es grande la fe de los que ni siquiera saben que tienen fe, de los que no se preocupan por su propia fe, de los que son llevados al Señor por una gran necesidad, por un gran dolor o por un gran amor.

La fe de los pequeños es grande.

Esta premisa nos permite leer el pasaje del Evangelio de hoy (Lc 17,5-10), tomado de un capítulo en el que se tratan diferentes aspectos de la vida comunitaria.

Hoy se plantean dos cuestiones, la fe y el servicio, pero el horizonte en el que se plantean ambas cuestiones es único, el de la dialéctica entre la grandeza y la pequeñez.

En la primera parte, los discípulos piden a Jesús poder tener una gran fe, y Jesús les responde que basta con una fe tan pequeña como un grano de mostaza, una de las semillas más pequeñas que existen.

Esta imagen nos permite alejarnos de la tentación de pensar en la dinámica de la fe en términos de grandeza, de poder, de capacidad, de éxito: la fe no nos hace grandes hombres, ni mejores hombres, porque la fe es la actitud de quien vuelve a ser continuamente niño, de quien no deja de sorprenderse, de pedir, de desear.

Y esto no se consigue buscando crecer, sino haciéndose pequeño y puro de corazón, en el espíritu de las bienaventuranzas.

No es casualidad que a los discípulos se les reproche a menudo su falta de fe (Lc 8,22-25): y lo demuestran porque, en los momentos de necesidad, se dejan dominar por el miedo, sintiendo insuficientes sus propias fuerzas. Los pobres, en cambio, no confían en sus propias fuerzas, y saben transformar la necesidad en oración, y en oración insistente.

En cambio, cuando la fe es verdaderamente grande y nace de un corazón pobre, tiene el sorprendente resultado de devolver al hombre su legítimo dominio sobre la creación, de modo que, en cierto modo, todo vuelve a estar bajo su autoridad: basta decir una palabra, y hasta los árboles obedecen (Lc 17,5).

Encontramos la misma dinámica, en algunos aspectos, en la segunda parte del pasaje (Lc 17,7-10).

También aquí existe la tentación de considerarse adulto una vez que se ha cumplido con el deber.

Pero no se trata de eso: seguir a Jesús no convierte a los discípulos en personas importantes, con muchos derechos y privilegios, porque el único privilegio es el de ser siervo.

Cuando vivimos así, como siervos que se alegran de serlo, entonces se nos reconoce, tenemos el verdadero poder, que es dar la vida.

Jesús volverá a menudo a esta dinámica, a la idea de que sólo es verdaderamente grande el que es capaz de acoger, de servir y de ocupar el último lugar.

Quien quisiera basar su autoridad en otras prerrogativas se convertiría en un maestro, que manda y ordena; pero entonces su poder no sería diferente del de cualquier otro gobernante de este mundo.

 

+Pierbattista