Meditación del Arzobispo Pizzaballa: I Domingo de Aviento, año A

Published: November 27 Wed, 2019

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1 de Diciembre de 2019

I Domingo de Aviento, año A

Iniciamos hoy un nuevo año litúrgico en el que estaremos acompañados por el Evangelio de Mateo.

En este primer Domingo de Adviento, el pasaje del Evangelio (Mt 24, 36-44) es extraído del capítulo 24, que junto al 25, presenta el último de los cinco discursos que el evangelista presenta en su narración.

Se trata del discurso “escatológico”: de frente a los eventos dramáticos que están por acontecer, Jesús pone en guardia a sus discípulos, para que estén atentos y sepan atravesar la historia sin aferrarse a nada, solo a la certeza de su retorno.

Cuanto es cierto que el Señor volverá, tanto más es cierto que nadie conoce el tiempo: el pasaje de hoy está precedido por un versículo (Mt 24,36)  en el cual Jesús afirma que ninguno conoce la hora del cumplimiento de la historia sino solo el Padre. El mismo concepto concluye el pasaje (Mt 24,44) formando una inclusión y ofreciendo así una clave de lectura: El Hijo del hombre viene pero en un modo y en un tiempo que nadie conoce, y por ello se necesita estar preparados a su regreso, en cada momento.

La cosa más importante entonces, no es conocer los tiempos, sino más bien ser vigilantes, saber esperar.

Parece por el contrario que el grande riesgo sea el de olvidar esta verdad.

Jesús pone un ejemplo repensando y releyendo el evento del diluvio. Los contemporáneos de Noé se describen haciendo las cosas normales de la vida: comer, beber, casarse (Mt 24,38). No están haciendo nada mal evidentemente, pero están haciendo solo esto. Están todos empeñados a hacer estas cosas como si no hubiere nada más, por ello no se dan cuenta (Mt 24,39) que otra cosa estaba sucediendo.

Así será el retorno del Señor (Mt 24,39)

Aquí Jesús es todavía más explícito, cuando dice que dos hombres estarán en el campo, y uno será tomado y el otro dejado; dos mujeres estarán moliendo, una será tomada y otra dejada (Mt 24, 40-41), para decir que estaban haciendo las mismas cosas, no cosas distintas, cosas que podrían justificar un juicio distinto. No es que alguno estuviera haciendo algo malo ni peor que otro.

Pero uno de los dos fue dejado ahí, pues para él había solo aquello, la vida acababa ahí, no conocía otra cosa, no esperaba otra cosa sino eso que estaba viviendo.

Entonces, se trata de hacer las mismas cosas, las cosas normales de la vida, nada más. Pero evidentemente, hacerlas de un modo distinto. Se trata de hacerlas sabiendo que no lo son todo, que no agotan la vida, no encierran el horizonte; por lo que, cuando el Señor venga, se pueden entonces dejar, pues la vida no estaba contenida ahí.

Se trata de vivir las cosas normales de la vida como el lugar donde el Señor viene, donde se manifiesta, donde se le puede encontrar.

Son todas cosas buenas, las cosas de la vida. Pero si están solo ellas, si no se espera otra cosa, aquellas mismas cosas se convierten en ruina. Si a aquello que se hace, no le falta nada, si estamos convencidos de que basta hacerlas, es más, hacerlas bien, estas mismas cosas son nuestra muerte.

El Evangelio de hoy nos pone en guardia también en el lado opuesto, cuando dice que como un ladrón cuando va a robar una casa, no anticipa su llegada, así hará el Señor también (Mt 24,43). ¿Por qué no avisa? ¿No sería mejor? ¿No nos ayudaría a estar listos?

En realidad, si supiéramos cuando viene el Señor, dejaríamos de hacer las cosas de siempre, por esperarlo a Él. Podríamos caer en el error de entender que estar listos signifique dejar de hacer las cosas que hablábamos al inicio, aquellas de una vida normal: comer, beber, trabajar, casarse… por el contrario, el Señor vendrá propiamente ahí, se manifiesta dentro de lo ordinario, dentro de la normalidad, dentro de la fatiga de cada día.

Inicia entonces el Adviento, un tiempo para no hacer nada más de lo que estamos haciendo, pero tampoco hacer menos. No debemos de dejar de hacer las cosas de la vida para esperar al Señor, simplemente hay que vivirlas como el lugar de su regreso, el lugar de nuestro encuentro con Él.

+ Pierbattista