Meditación del Arzobispo Pizzaballa: Solemnidad de Cristo Rey 2019

Published: November 22 Fri, 2019

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24 de noviembre 2019

Solemnidad de Cristo Rey

 

El pasaje del Evangelio de hoy (Lc 25, 35-43) nos lleva al Gólgota donde vemos a Jesús condenado a muerte y clavado en la cruz.

Jesús no está solo: a los pies de la Cruz está el pueblo, que está viendo; después los jefes del pueblo, los soldados (Lc 23, 35-36) y crucificados con él dos malhechores.

A Jesús le hacen dos tipos de peticiones.

La primera, le es dirigida en tono de burla, se le pide descender de la Cruz, de salvarse la vida. Es una petición repetida tres veces, primero por los jefes, después por los soldados, y finalmente por uno de los malhechores.

La petición es provocatoria y, en su composición, recuerda muy de cerca las tres tentaciones de Jesús en el desierto. Jesús sabía que el diablo le esperaba en Jerusalén, que lo pondría de nuevo a prueba. En la narración de las tentaciones, según el Evangelio de Lucas, “después de haber agotado todo tipo de tentación” el diablo se alejó del él hasta el momento oportuno (Lc 4,13). Este momento ha llegado y ahora también aquí como en el desierto, Jesús debe decidir si ser un hombre como cualquier otro, o bien preferir esta vez la vía del poder, del sensacionalismo, del milagrismo; si confiar en la propia fuerza o abandonarse al Padre.

Frente a esta petición Jesús calla.

Hay una segunda petición, que Jesús escucha con interés y responde. El segundo malhechor habla primero con su compañero reprochando una cosa fundamental: no haber entendido que Dios se dejó condenar según nuestro propio castigo, y ha hecho esto para poder estar con nosotros ahí donde nos hemos perdido.

Después se dirige directamente a Jesús. Lo llama por nombre, como lo haría un amigo. No le pide descender de la Cruz ni de hacerlo bajar a él.

Le pide más, pues ha entendido que aquel hombre, capaz de morir así, perdonando, se le puede pedir todo. Intuye que Jesús tiene un Reino que va más allá de la muerte, y le pide ser recordado allí.

Lo hace humildemente, sin poner delante ningún mérito, por el contrario reconoce todo el propio mal como el publicano en el templo. Y así como aquel, regresa a casa justificado (Lc 18, 13-14).

De hecho a esta petición a diferencia de la primera, Jesús responde.

Lo hace en modo solemne, iniciando con un Amén, un sí sin alguna posibilidad de arrepentimiento, seguida de una promesa.

Cada vez que en la Biblia Dios promete algo, lo hace siempre bajo el signo de la abundancia, del exceso, y así también hoy: No podría Jesús prometer más.

Y porque el malhechor intuyó que Dios, para poder estar con nosotros , cargó con nuestros pecados, nuestro fracaso y nuestro dolor, puede entonces recibir el amor de Cristo, la gracia de estar con Él, en su Reino: “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23,43).

Sucede entonces, a este hombre, que sin ningún otra esperanza se abre para él un mundo nuevo. Aquel que debiera ser el último día de su vida se convierta en el primero de la vida verdadera y eterna, la que consiste en el estar con el Señor.

Jesús hace esto: muere abriendo el Reino a cualquiera se reconozca necesitado de perdón, a cualquiera que ora, a aquellos que sin ningún mérito regala estar con Él.

Hemos llegado al término del año litúrgico que nos ha conducido a revivir a través de las celebraciones de los diversos tiempos y de las varías fiestas de nuestra fe, todo el misterio de la vida de Jesús.

Hemos visto en la Navidad que Jesús es el Dios con nosotros.

Después hemos celebrado la Pascua, que nos ha revelado un Dios para nosotros.

Finalmente estuvo Pentecostés y con ella hemos celebrado al Dios en nosotros.

Hoy el año litúrgico concluye con esta solemnidad y esté Evangelio. ¿Qué celebramos? ¿Qué podemos celebrar más que la Navidad, de la Pascua y de Pentecostés?

Hoy celebramos el hecho de que estamos con él, en su Reino.