Alegría y solemnidad de las próximas consagraciones episcopales

By: lpj.org - Published: April 27 Wed, 2022

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TIERRA SANTA – El 30 de abril y el 4 de mayo se llevarán a cabo las consagraciones episcopales de los Padres Rafic Nahra y Jamal Khader Daibes, uno en Nazaret, el otro en Belén. Esta es una gran alegría para la diócesis de Jerusalén: un evento raro de gran significado espiritual, no solo para todos los miembros de la diócesis, sino también para los católicos de todo el mundo.

A través de este sacramento, les dos obispos designados el pasado 11 de marzo se incorporarán al Colegio Episcopal de la Iglesia Católica. Este último cuenta actualmente con unos 5.370 obispos (incluidos unos 4.000 obispos diocesanos), elegidos entre más de 414.000 sacerdotes. Si una ordenación episcopal es siempre una gracia importante en la vida de la diócesis en cuestión, también lo es para los católicos de todo el mundo:

  • la manifestación de la unidad y singularidad de la Iglesia: porque estos sucesores de los Apóstoles son todos, sin excepción, designados personalmente por el Papa, sucesor mismo de San Pedro;
  • la manifestación de la universalidad de la Iglesia: la consagración episcopal se da siempre durante una misa solemne presidida por el arzobispo de la provincia eclesiástica de la que depende la diócesis o, en el caso de Tierra Santa, por el Patriarca Latino de Jerusalén, Su Beatitud Pierbattista Pizzaballa, en presencia de al menos tres obispos para marcar claramente la comunión del nuevo obispo con todos los obispos del mundo, unidos en torno al Santo Padre. Todos los sacerdotes y fieles de la diócesis están invitados a esta celebración.

Como uno de los más antiguos de la Iglesia Católica, el rito de la ordenación episcopal consta de varias etapas. El primero es la lectura de la carta apostólica del Papa nombrando al futuro obispo a los fieles presentes, quienes dan gracias a Dios. Antes de ser ordenado, el futuro obispo asume ante toda la asamblea los compromisos necesarios para el buen ejercicio de su misión en el nombre de Cristo, tales como el anuncio del Evangelio, la obediencia al Papa, el servicio, la acogida y el cuidado que tendrá para el pueblo que le ha sido confiado.

Después de esta promesa, mientras la asamblea canta las Letanías de los Santos, el ordenado se acuesta en el suelo, simbolizando el abandono en Dios a imitación de Jesucristo, muerto y resucitado.

A esta llamada al Espíritu Santo le sigue el momento esencial de la ordenación: el Patriarca impone sus manos sobre la cabeza del futuro obispo, y tras él, todos los obispos presentes. Luego el Patriarca declama la larga oración de ordenación pidiendo a Dios gracia para el futuro obispo y recordando el sentido del episcopado. Es a través de la imposición de manos y de la oración de ordenación que se transmite el encargo que Jesús encomendó a los Apóstoles. Es el rito más antiguo de la Iglesia, como nos recuerda San Pablo en su carta a Timoteo: "No descuides el don de la gracia que hay en ti, que te fue dada por palabra profética, cuando el colegio de los Ancianos se sentaba manos sobre ti (1 Timoteo 4:14) Durante todo el tiempo de la oración de ordenación, el libro del Evangelio se mantiene abierto sobre la cabeza del ordenado, pues es en la sumisión a la Palabra de Dios que la Iglesia y el futuro obispo ejercen su ministerio.

El Patriarca derrama entonces el Santo Crisma sobre la cabeza del ordenado, para que el Espíritu Santo penetre en él con su gracia. La unción la configura con Cristo ya que en griego la palabra “Cristo” significa “el que ha recibido la unción”.

Luego se entregan al nuevo obispo los atributos episcopales, símbolos de su misión:

  • el libro del Evangelio para el Evangelio que él será el encargado de anunciar
  • el anillo que llevará como señal de su fidelidad a la Iglesia
  • la mitra, signo de santidad, dignidad y autoridad, como invitación a llevar una vida santa y ejemplar al frente de la comunidad
  • el báculo, llamado también báculo pastoral, signo de su cargo pastoral ya que se comprometió a servir al pueblo de Dios y conducirlo por el camino de la Salvación.

Después de haber tomado posesión de su sede, “la cátedra”, el nuevo obispo intercambia un beso de paz con todos los obispos presentes en señal de su acogida dentro del cuerpo episcopal, antes de la continuación de la liturgia eucarística que podrá presidir.

Al final de esta solemnísima ceremonia, el nuevo obispo bendice a la asamblea, acompañado de cánticos de acción de gracias.

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