Homilia de Mons. Pierbattista Pizzaballa para el Jueves Santo 2021

Published: March 31 Wed, 2021

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Misa in Cena Domini

Muy queridos hermanos y hermanas, estimados Obispos y sacerdotes.

¡El Señor les de la paz!

Estoy contento de volver a estar aquí en esta importante celebración. Saludo de manera particular a los sacerdotes de nuestra Diócesis y a cuantos se han unido a nosotros en este día tan significativo. La celebración de la Cena del Señor al inicio del Triduo pascual es momento oportuno para reflexionar momentos importantes que nos edifican como pueblo de Dios y como Iglesia de Cristo.

Primero, quisiera hablar de la dimensión sacramental de la Iglesia. El documento Lumen Gentium del Concilio Vaticano II afirma: “la Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano”. (LG 1). En otras palabras, Cristo ha confiado a la Iglesia la santificación de todos los hombres para conducirles a la salvación.

La Celebración de esta mañana no es solo un recuerdo de la última Cena y del sacerdocio ministerial, nos habla también del sacerdocio común enraizado en el bautismo. La bendición de los óleos sagrados, nos recuerda la dimensión sacramental de la Iglesia. De la cuna a la tumba somos acompañados por la Iglesia, y, a través de su misión santificadora, somos salvados a través de estos signos de gracia. Llevando los óleos sagrados a nuestras parroquias y comunidades, continuamos la misión de Jesús profeta, sacerdote y rey, para ayudar a edificar la Iglesia través de la Palabra, los Sacramentos y el servicio del amor a todos. Los invito a recordar esta importante dimensión de la vida cristiana: los sacramentos no son una especie de fórmula mágica de santificación, sino un signo de la fuerza sanadora de Cristo, que debe pasar a través del anuncio de la Palabra y del testimonio de vida. Pueda nuestra Iglesia local, crecer en esta consciencia, para que la Palabra llegue a todos los niveles de nuestra sociedad, a nuestros hijos, a nuestros jóvenes, a nuestras parejas casadas, a nuestras familias, a los miembros ancianos y a los enfermos de la comunidad. Puedan nuestros pastores, comenzando conmigo mismo ser testimonios vivos y creíbles de nuestra unión con Cristo. De esta manera, los sacramentos se convertirán verdaderamente en un encuentro con Cristo y ocasión de santificación y sanación espiritual.

El segundo tema que nos ha reunido hoy aquí, tiene que ver con nuestro sacerdocio ministerial, y como consecuencia con nuestra vocación como ministros de la Eucaristía que Cristo instituyó la misma tarde en la que sería traicionado. Por ello, quisiera dirigir parte de mi homilía a los sacerdotes aquí presentes.

Hermanos, durante esta celebración seremos invitados a renovar nuestras promesas sacerdotales. Estamos haciendo esta acción públicamente, delante del pueblo de Dios. No estamos renovando promesas privadas que nos conciernen como sacerdotes o como presbiterio reunido con su Obispo diocesano. Esta dimensión pública y eclesial de nuestras promesas sacerdotales es muy importante. Si yo como Obispo, pienso en mi papel de Pastor del pueblo de Dios en esta Iglesia local, unido a ustedes sacerdotes como primeros colaboradores de mi ministerio, no puedo olvidar que estamos todos actuando delante al pueblo de Dios confiado a nuestro cuidado pastoral. He aquí el motivo del por qué el rito de la renovación de las promesas incluye una invitación al pueblo de Dios a orar por el Obispo y los sacerdotes. Tenemos necesidad de apoyo en nuestro ministerio y debemos ser suficientemente humildes para dejarnos confrontar por nuestros fieles, que tienen el derecho de ver en nosotros, valientes testigos del Evangelio y signos de una vida auténtica que habla por sí sola, y no solo a través de palabras vacías o falsas esperanzas. Como sacerdotes, de hecho, nos ocupamos de muchas cosas y corremos el riesgo de perder la esencia de lo que es realmente nuestra vocación.

Como pastores de almas, creemos ser los salvadores y nos olvidamos de ser salvados. Creemos ser doctores y maestros del saber y sin embargo ¡cuántas veces hemos sido sorprendidos por la sabiduría de la gente sencilla!

Y esto nos lleva a la tercera y última dimensión de la celebración de este día: la del mandamiento del amor y del servicio en la Iglesia. La liturgia de esta Misa de la Cena del Señor presenta el Evangelio del lavatorio de los pies a los apóstoles y el mandamiento del amor. En verdad, esta acción de Jesús es el verdadero significado de lo que es la Eucaristía, es decir, el sacramento del servicio de amor en obediencia al Padre hasta la muerte en cruz. Jesús se convierte en el diácono de la humanidad. Sirve con humildad y amor y desea que sus discípulos hagan lo mismo.

El momento central que llama la atención en este pasaje del Evangelio de Juan es sin duda el diálogo entre Jesús y Pedro. Delante de la humillación del Maestro que se inclina a lavar los pies de los discípulos, Pedro no puede hacer otra cosa sino rechazar este gesto, no puede aceptar que el Maestro le lave los pies. Jesús por su parte, le asegura que, sin la aceptación de este gesto, el Reino de Dios no tendrá lugar en él. La traición de Pedro no obstaculizará su participación en el Reino, pero el rechazo de lavarse los pies ¡eso sí! Lavarse los pies significa aceptar a un Dios que sirve, exponerse al mundo sin miedo y no temer el juicio de los demás, dejarse amar.

En esta Última Cena, Jesús conoce la debilidad y los límites de sus discípulos, como conoce la pobreza de nosotros sacerdotes, continuadores de su amoroso gesto. Este conocimiento no ha detenido el amor de Jesús. También nosotros como los discípulos y como Pedro parece que negamos la gracia de Dios, no aceptamos que Jesús nos lave los pies. Pero de una cosa podemos estar seguros, Jesús sigue arriesgándose al elegirnos hombres pecadores, a veces insensibles a la gracia que fluye por nuestras manos. Jesús es fiel a sus elecciones y por amor, día tras día, nos invita a renovar nuestro deseo de pertenecer a él.

Jesús no teme nuestro pecado, como tampoco temió la traición de Pedro, ni tampoco teme ser tocado o recibido en nuestras manos. En cambio, lo que realmente puede detener la acción de Jesús es la aridez de nuestro frágil corazón, el cansancio con el que a veces estamos en contacto con la Eucaristía.

Hoy, renovando nuestras promesas sacerdotales, renovamos nuestro deseo de vivir plenamente nuestro sacerdocio, de dejar atrás ese polvo que, año tras año, se ha adherido a nuestros pies, a veces cansados ​​de andar por caminos ciertamente recorridos con tanta alegría y pasión, pero también con malentendidos y pobreza; de polvo que también ha cubierto nuestros corazones, alejándolos del Corazón de Cristo. Hoy tanto como ayer, Jesús está disponible para lavarnos los pies, perdonar nuestros pecados, nuestras infidelidades, nuestra pobreza. Nos invita a regenerarnos a través del sacramento de la Reconciliación y repite las mismas palabras que le dijo a Pedro: "si no te lavas no tendrás parte conmigo".

Doy gracias a Dios por todos aquellos que, en nuestra Iglesia local, dan testimonio de su servicio con humildad y dedicación. Que aprendamos de estos hermanos a no tener miedo de volvernos vulnerables, para ir al encuentro de los débiles e indefensos, que seamos capaces de lavarles los pies, superando nuestro egoísmo. Así nos convertiremos verdaderamente en íconos de Cristo, servidor de la humanidad. El verdadero servicio muchas veces se oculta y pasa desapercibido por los medios de comunicación y las redes sociales. Es solo el resultado de la entrega total de sí a los demás. Sin embargo, para hacer esto, debemos dejar que Cristo nos sirva y nos lave los pies. Si resistimos como lo hizo Pedro inicialmente, nunca podremos entender lo que significa ser discípulos.

Queridos hermanos y hermanas, que este Jueves Santo sea para todos nosotros, fieles y sacerdotes, una invitación a construir la Iglesia de Cristo como comunidad de amor, para que, así como oramos al inicio de esta celebración en la oración colecta: "alcancemos la plenitud de amor y de vida.” en la gloria de la Cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la que somos salvos y liberados (Gal 6,14). Amén.

Jerusalén, 1 de abril de 2021

† Pierbattista Pizzaballa