Homilia de Mons. Pizzaballa: Pascua de Resurrección 2018

Published: April 01 Sun, 2018

Homilia de Mons. Pizzaballa: Pascua de Resurrección 2018 Available in the following languages:

1 abril 2018

Pascua de Resurrección

Queridos hermanos y hermanas:

Cristo ha resucitado, ¡verdaderamente ha resucitado!

Saludo a todos ustedes aquí reunidos alrededor del sepulcro vacío de Cristo, la “señal” que durante dos mil años anuncia la resurrección y la vida. Saludo a los obispos y sacerdotes que venidos de todas partes del mundo hoy se unen a nuestra Iglesia para celebrar juntos la Pascua de Resurrección.

Saludo a todas las autoridades civiles y religiosas, a los Cónsules Generales y a todos los que nos siguen mediante la televisión: ¡que la Pascua de Cristo logre significar para todos ustedes el paso a una nueva vida!

El Evangelio de Juan de hoy cumple una promesa que se inicia en las primeras páginas y que recorre todo el Evangelio. Jesús promete a sus discípulos y a aquellos que creen en él lo que ningún hombre puede prometer a otro. Jesús promete la vida.

Se lo dijo en primer lugar a Nicodemo, al afirmar que es necesario que el Hijo del Hombre sea elevado, para que todo el que cree en él tenga vida eterna (Jn 3,14-15) Se lo repitió a la mujer samaritana, hablando de la sed del ser humano y diciendo que el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed (Jn 4, 13-14). Al funcionario real que le pide que cure a su hijo, que está enfermo en Cafarnaúm, Jesús le promete “¡tu hijo vive!” (Jn 4, 51). Esta misma promesa se repite una y otra vez durante las largas disputas con los fariseos: “Quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado ya de la muerte a la vida” (Jn 5, 24). El largo discurso en la sinagoga de Cafarnaúm (Jn 6) es la promesa de un pan que alimenta para la vida eterna. Casi no hay capítulo en Juan en el que no resuene esta promesa en sus diversos matices. En el discurso de despedida de Jesús a sus discípulos (Jn 14-17), esta promesa alcanza una imagen con unos contornos más claros y definidos, muestra el rostro de la comunión plena, la que existe entre Jesús y el Padre. Una relación de amor, es decir, de un don recíproco de la vida; una relación no cerrada en sí misma, pero abierta a todos los creyentes, llamados a entrar y vivir en este mismo flujo de vida.

No es una nueva promesa, sino el eco de una antigua promesa, que recorre todo el Antiguo Testamento y toda la historia de la salvación, y mantiene nuestra historia abierta a la expectativa de un cumplimiento; la mantiene abierta a la esperanza. Muchas veces esta promesa pareció perderse en la oscuridad de la infidelidad del pueblo, en el olvido, en lo imposible de la historia. Pero en cada ocasión, a pesar de nuestra infidelidad, la promesa volvía a resonar.

Hoy, todavía, vemos que María Magdalena se dirige al sepulcro (Jn 20, 1-9) a llorar por una promesa incumplida: El que había prometido la Vida yace en un sepulcro desde hace tres días, prisionero de la muerte. Esta vez, parece que verdaderamente no hay esperanza. Pero cuando todavía está oscuro, María percibe que no es así, que algo nuevo ha sucedido, que la historia no ha terminado, que el sepulcro ya no está más cerrado.

De hecho, la promesa de la vida solo podría cumplirse sólo si la muerte hubiese sido vencida. Y no había otra manera de superar el obstáculo de la muerte, si no atravesándola por completo, hasta salir victorioso, abriendo una apertura para todos. Hasta que esto no sucediese, la promesa de la vida no se podía mantener: la muerte estaba allí para recordar que ella tenía el poder de decir su “no”. Y nadie podría esquivarle. Pero esta mañana, el primer día de la semana, es también el primer día de una nueva era, la era en la que se puede vivir sin miedo a la muerte, de modo que podemos confiar plenamente en la promesa de la vida y confiarse para siempre. Esto es la Pascua.

En esta mañana de Pascua, no se lee ningún encuentro del Resucitado con los suyos. Sin embargo, se habla ya de una fe pascual: María corre para avisar a los hermanos, y el discípulo que llega al sepulcro entra en segundo lugar, ve y cree (Jn 20, 8).

¿Qué es lo que ve? Todavía no ve al Resucitado, pero tampoco ve más a la muerte: la muerte ya no está allí, no estará jamás. Ahora realmente se puede creer que el Resucitado vendrá, como lo ha prometido. El Resucitado es precisamente Aquél que ahora podrá venir siempre, porque vive con una vida que nunca más estará limitada por la muerte.

El Evangelio de hoy nos enseña que para entrar en esta novedad de la vida son necesarias dos actitudes.

Como para las mujeres del Evangelio, como para los discípulos, también para nosotros es necesario que comenzar a caminar para entrar en el sepulcro, es decir, para entrar allí donde la muerte ha reinado, donde aún vemos los signos de su presencia.

Y también, es necesaria una mirada de fe, es decir, una mirada capaz de afrontar la vida desde la luz de la promesa, una mirada capaz de recordar la promesa de Vida que nos unirá a Él.

Este es el que quiere ser mi deseo para la Pascua de este año: No tengáis miedo a la muerte, no huyáis del Sepulcro, sino al contrario, emprended un viaje y caminad sin miedo cada uno hacia vuestros propios sepulcros, es decir, donde la muerte parece reinar. Nuestro tiempo está marcado por la muerte. Lo vemos en todas partes a nuestro alrededor. La vida tiene poco valor desde nuestra perspectiva. Aquí se muere con facilidad. Lo vemos cerca de nosotros, en los países que nos rodean e incluso lo vemos en nuestra casa. Ahora no deseo repetir una vez más la ya usual letanía de muerte que nos envuelve, como las sábanas que envolvieron el cuerpo de Jesús. Las guerras y conflictos políticos que conocemos incluso por sus nombres. Pero lo que presenciamos es solo las consecuencias y no el origen de la muerte. Antes, incluso, de los conflictos y las tensiones, la sombra de la muerte es el cínico uso del poder que decide el destino de pueblos enteros, que decide la guerra y ordena morir a miles de personas y crea conflictos y tensiones; muerte es sembrar desconfianza y odio; muerte es la frustración que lleva a no tener más esperanza en una verdadera vida, a desechar la capacidad de soñar. Sombra de muerte es también creer que la propia familia no puede vivir reconciliada; que nuestra comunidad no tiene futuro; que nuestra vida, en resumen, está dañada para siempre.

La Pascua es entrar allí, en esos sepulcros, en esas heridas de nuestra vida, y experimentar que esos sepulcros, esas heridas, en realidad, no son mortales y experimentar que solamente estábamos encerrados en nuestro pequeño cenáculo, como los discípulos, dentro de nuestros miedos.

Pascua es la capacidad de volver a mirar nuestra historia a la luz de la promesa de vida que se cumple propiamente hoy. Sí, hoy en Pascua nosotros anunciamos una Vida que ninguna muerte puede ya extinguir. Anunciamos una esperanza que ya nos habita y que nos da la fuerza para salir de nuestros sepulcros y anunciar la vida que nos ha conquistado.

El Sepulcro vacío de Cristo no debe ser la estación de llegada en nuestro viaje, sino el trampolín desde el cual comenzar de nuevo, llenos de esperanza, de vida y de alegría. Es el testimonio de tantos y tantos que incluso hoy en día en todas partes del mundo e incluso en nuestra comunidad eclesial, continúan dando su vida con pasión y sin miedo y de esta manera testimonian pertenecer al Resucitado, aunque por ello sean rechazados o asesinados. Pidamos, pues, este regalo los unos por los otros, ser verdaderos anunciadores de una Vida que ya no muere.

¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado!

+Pierbattista Pizzaballa