Meditación de Mons. Pizzaballa: II Domingo del tiempo ordinario, año A

Published: January 17 Fri, 2020

Meditación de Mons. Pizzaballa: II Domingo del tiempo ordinario, año A Available in the following languages:

19 de enero de 2020

II Domingo del tiempo ordinario

El domingo pasado hemos celebrado la fiesta del Bautismo de Jesús, hoy escuchamos en el Evangelio de Juan, la narración del Bautismo hecho por el mismo Bautista (Jn 1, 29, 34).

El Evangelio de Juan a diferencia de los sinópticos, no presentan en bautismo de Jesús en el Jordán. Presentan por el contrario la memoria que del mismo hecho hace el Bautista.

Esta es la primera particularidad en la que nos detenemos. Para Juan Bautista el evento del Bautismo se ha fijado tanto en la memoria que, poco a poco, fue esta misma memoria la que le ha revelado el misterio de Jesús, el Cristo, el Cordero de Dios.

De hecho antes de este evento, Juan no puede decir que conoce al Señor, por lo que afirma: “Yo no lo conocía” (Jn 1,31). Pero después del Bautismo, cuando lo ve venir, de inmediato lo conoce como Aquel esperado desde siempre, aquel que estaba antes: “tiene precedencia sobre mi, porque ya existía antes que yo” ( Jn 1,30), y ahora se ha hecho carne, ha entrado en el tiempo, en la historia de los hombres.

La memoria del Bautismo hace comprender a Juan dos aspectos de la identidad de Jesús.

El primero, fundamental, es que aquel hombre bautizado en el Jordán, es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo (Jn 1,29).

La referencia conduce a la fiesta hebrea, cuando se sacrificaban los corderos en memoria de la noche del éxodo, cuando Dios pasó por las casas en Egipto y exterminaba todos aquellos que no tenían la sangre del cordero en los dinteles de las puertas de sus casas (Ex 12, 7,13)

Pero el Bautista, aquí se preocupa de inmediato por precisar que la misión específica y única de este Cordero, es la de llevar sobre sí el pecado del mundo.

Enfrentar el pecado del mundo no es algo que esté en las posibilidades y capacidades humanas: el pecado es el grande problema  del hombre y no está en su propia fuerza liberarse por sí mismo. De hecho, aquí está el problema y la tentación del hombre: creer poderlo llevar a cabo por su propia cuenta, sin el Padre.

Al Cordero de Dios entonces, se le da esta tarea: liberar al hombre de su pecado, de su soledad. ¿Cómo lo hará? Esta ya todo inscrito en la imagen del cordero: como aquel que sacrifica la vida, que se dona a sí mismo, este será el potente antídoto para el pecado inmerso en el círculo de la vida del hombre, que será sanado por siempre.

La segunda afirmación hecha por el Bautista es “Este es el Hijo de Dios” Jn 1,34. Si este es capaz de enfrentar el pecado, si es capaz de liberar al hombre del mal, entonces es el Hijo de Dios.

Un hombre cualquiera de hecho, no lo podría hacer. Lo puede hacer Jesús, en cuanto Hijo de Dios, y también hijo del hombre. Es un hombre, en su carne y hueso que Juan puede ver con sus ojos (Jn, 1,29).

Es también un hombre sobre el cual Juan ve (Jn 1, 33.34) descender y permanecer el Espíritu Santo, la vida misma de Dios, la comunión entre el Padre y el Hijo, que ahora le es dada al hombre.

Sólo en cuanto colmado por el Espíritu, Jesús podrá enfrentar la gran batalla al pecado, a la muerte y lo hará no teniendo para sí nada, tanto menos aquel Espíritu que Juan ve descender sobre él en el Jordán.

Después de su resurrección, la primera cosa que hará será la de donar al Espíritu Santo, hacer participar a los suyos, a la Iglesia. Jn, 20,22.

El antídoto para el pecado, será propiamente esto, el Espíritu, es decir, el amor.

Y será necesario un Dios que se haga cordero para que este Espíritu pueda ser comunicado a todos los demás hijos de Dios, aquellos que Dios ha amado y que lo han recibido (Jn 1,12).

+Pierbattista