Meditación del Arzobispo Pizzaballa: XXIX Domingo del Tiempo Ordinario

Published: October 17 Thu, 2019

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20 de Octubre

XXIX Domingo del Tiempo Ordinario

En el Evangelio de Lucas se presenta de manera recurrente el tema de la oración, ya sea con referencia a Jesús, que en distintas ocasiones se retira a orar, o con referencia a los discípulos que piden a Jesús les enseñe a orar, o bien, son invitados por Jesús mismo a orar.

Dos parábolas de modo particular se refieren a la oración: una es esta que acabamos de escuchar y otra se encuentra en el capítulo 11 (Lc 11, 5-8).

En ambas encontramos una cierta paradoja: en Lucas 11 encontramos a un hombre que de noche, se deja ver en su casa un amigo, al cual no tiene nada que ofrecer. Va entonces a casa de otro amigo y con insistencia le pide algo para comer. Este último, vencido más por la insistencia que de la propia generosidad, finalmente se levanta para darle algo. En el Evangelio de hoy, el protagonista es un juez injusto que, enfadado por la insistencia de una viuda que constantemente acude a él, se decide a hacerle justicia.

En ambas parábolas, aquellos que finalmente -y casi sin quererlo- hacen aquello que se les pide, son puestos como ejemplos “negativos”, para decir que al Padre a diferencia del juez y del amigo, no se necesita pedirle con tanta insistencia, pues dará cosas buenas a sus hijos  (Lc 11, 9-12) y lo hará pronto (Lc 18,7).

Entonces tendremos que deducir que, según la enseñanza de Jesús, la oración debe ser insistente, pero la escucha de la oración no depende de la insistencia de quien ora.

Pero, ¿para qué se necesita entonces orar con insistencia?

Lo que Jesús quiere hacernos comprender, no es el hecho de que se necesita orar mucho para convencer al Padre ser generoso con nosotros: Dios es absolutamente libre y absolutamente generoso.

Jesús mueve la atención hacia “nuestra parte”, el de quien ora, y dice en sustancia que necesitamos aprender a pedir, o bien, a vivir en una actitud de constante espera, de necesidad, de dependencia. Actitud además que es propia del pobre, como la viuda o como el amigo que no tiene nada que ofrecer en casa a los demás.

Si el Padre es Aquel que dona siempre, el hombre es aquel que recibe siempre: es esta la insistencia a la que somos llamados, que no tiene que ver con repetir al infinito una petición, sino en estar delante de Dios siempre con confianza, con confianza insistente e ilimitada.

Y esto sucede después dentro del escándalo de la vida, que no es nunca “justa”. La vida de hecho, nos pone delante de los ojos y continuamente el escándalo del mal, del dolor inocente, de la injusticia. Y delante de todo ello las posibilidades son dos: rebelarse, ceder a la tentación de acusar a Dios por todo el mal que vemos, o bien orar, para tener ojos capaces de distinguir el modo absolutamente original con el cual Dios ha escogido para “hacer justicia” (Lc 18,7) que es a lo que llamamos Pascua.

De esta manera, el escándalo de la injusticia se convierte en lugar donde nace la oración y donde aprendemos a ver cómo Dios escucha. No lo hace siguiendo la lógica humana, como hemos visto varias veces en el recorrido de la lectura del Evangelio de Lucas y como veremos al final del viaje de Jesús hacia Jerusalén, donde cada oración humana será escuchada y cumplida.

Entonces, si el juez y el amigo se deciden a consentir a las peticiones de sus interlocutores para ser liberados de la molestia que conllevan, por Dios, por Padre, entendemos exactamente lo contrario: Dios cumple no por liberarse de su relación con nosotros, sino para permanecer en ella, pues se conmueve delante de nuestro dolor y escucha nuestra oraciones que piden no ser abandonados.

Al hombre le es dado esta tarea de la insistencia, de esta confianza: que es la fe que Jesús quisiera encontrar cuando venga de nuevo a la tierra, así como el mismo se pregunta en el último versículo de hoy (Lc 18,8). ¿Encontrará personas que sepan estar en la necesidad, que sepan esperar, que sepan  pedir, que sepan confiar y encomendarse al Padre bueno?

+Pierbattista