JERUSALÉN – El jueves 28 de mayo de 2016 se celebró la Solemnidad del Corpus Cristi y la Misa de Acción de Gracias en la Basílica del Santo Sepulcro. Su Beatitud Fouad Twal pronunció la homilía en la que dio gracias a Dios por sus cincuenta años de sacerdocio.

 

MISA SOLEMNE DE CORPUS CRISTI

Cincuenta Aniversario de su Ordenación Sacerdotal

Basílica del Santo Sepulcro, 26 de mayo de 2016

Queridos hermanos y hermanas:

Gracias por asistir en gran número a nuestra celebración de la Solemnidad del Corpus Cristi en este lugar santo, a unos pocos metros de donde nuestro Salvador ofreció su cuerpo y derramó su sangre en el sacrificio supremo para el perdón de nuestros pecados.

La festividad del Corpus Cristi es inseparable de la Misa de la Última Cena celebrada aquí, en frente de la tumba vacía, en la que conmemoramos la institución de la Eucaristía. En la noche del Jueves Santo recordamos el misterio de Cristo, a través del cual se nos ofrece en forma de pan y vino. Y hoy, en la festividad del Corpus Cristi, el mismo misterio se nos vuelve a ofrecer para su adoración y meditación.

El Santísimo que llevamos en procesión aquí alrededor del edículo y en muchas otras procesiones en parroquias de localidades, pueblos y ciudades nos recuerdan a Cristo resucitado caminando entre nosotros. Está con nosotros y nos guía hacia el Reino de los cielos: Chistus Vincit Christus regnat.

Durante la Misa del Jueves Santo, rememoramos cómo los regalos de la tierra – el pan y el vino – se transubstancian en la Eucaristía, transformando así nuestra vida. Al estar “todos llenos” (Lucas 9:17) del Cuerpo de Cristo, somos un solo cuerpo y, por ello, iniciamos la transformación de nuestras comunidades y de nuestro mundo que son incapaces de encontrar o lograr la paz… La transubstanciación del pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo es el regalo que Cristo nos ha hecho de sí mismo, el regalo de un amor más fuerte que la muerte, un amor divino que transfigura la carne y resucita a los muertos.

La expresión “tomar la comunión” es hermosa y muy poderosa. Nos hace volver a estar en comunión con el Señor mismo y con los hombres, en palabras de San Pablo: “ La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo? Siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo; pues todos participamos de aquel mismo pan.” (1 Cor 10: 16-17)

El alimento que toma nuestro cuerpo contribuye a nuestro crecimiento, mientras que en la Eucaristía, el alimento que tomamos en la comunión nos hace miembros del mismo Cuerpo Místico, una comunión que nos convierte en Iglesia.

Por lo tanto, la Eucaristía, a la vez que nos une con Cristo también nos abre a los demás y nos hace hermanos entre sí. La comunión eucarística me une a la persona que está a mi lado, a la persona que me encontré en la calle, y también a mis hermanos y hermanas de todo el mundo. Al seguir a Cristo que se dio a todos nosotros, el Señor concretamente nos pide que nos demos como alimento para la multitud: “Dadles vosotros de comer” (Lucas 9:13)

Ante las necesidades de la multitud hambrienta, los discípulos ofrecen una solución: dispersar a la multitud y que ¡cada uno se ocupe de sí mismo! ¿Con qué frecuencia nosotros los cristianos hemos tenido esta tentación de dar la espalda a gente que llama a nuestra puerta?

La solución que ofreció Jesús va en otra dirección: “Dadles algo de comer”[1]. E incluso cuando no tenemos nada que ofrecer, tenemos hambre y solo contamos con “cinco rebanadas de pan y dos peces” que compartir, pero tenemos una voluntad sincera y fe en Dios, podemos hacer milagros. El Señor hace que nuestras buenas intenciones y actos de fe crezcan hasta el infinito: “todos quedaron satisfechos” (Lucas 9:17)

Reconocer a Jesús en la Sagrada Hostia es reconocer el sufrimiento de un hermano, aquellos que tienen hambre y sed, el extraño, el desnudo, el enfermo, el sin techo, el encarcelado o incluso aquellos forzados a vivir en campos de refugiados. Recibir la comunión durante la Misa es entrar en comunión con todos aquellos que están ausentes y lejos, con lo oscuro e invisible, con todos los Santos en el cielo unidos en el Cuerpo de Cristo.

La celebración de la festividad del Corpus Cristi nos invita a reflexionar sobre nuestra responsabilidad de construir una sociedad solidaria, justa y familiar. Como los discípulos, nos sentimos tentados a disolver la multitud, decir a los necesitados que se vayan y se valgan solos. En nuestro tiempo actual, cuando la globalización nos hace más dependientes los unos de los otros, en un tiempo en el que la Iglesia es objetivo de ataques, persecución política y extremismo religioso, el Corpus Cristi debe hacernos un solo cuerpo, una sola Iglesia fortalecida por la fe en Dios y la solidaridad entre nosotros.

La Palabra aspira y trabaja siempre por conseguir la unidad de la familia humana que se ha roto. Una unidad que no viene impuesta desde el exterior por intereses económicos o sociales, pero que se espera surja de la buena voluntad y de nuestra responsabilidad con los demás porque nos reconocemos miembros del mismo cuerpo. Hemos sabido y continuamente aprendemos que compartir amor y misericordia es el camino para la verdadera justicia.

Para superar la violencia y la situación devastadora en la que está inmerso Oriente Medio, debemos seguir el camino abierto por el mismo Cristo: franqueza, fidelidad y coraje y, al mismo tiempo, humildad, misericordia y reconciliación. Nuestra misión en Tierra Santa debe llevarnos a un entendimiento paciente y humilde, como el grano de trigo que muere para dar vida: una muerte que puede ser repentina o lenta en pequeñas dosis.

Nuestra misión es alimentarnos de la plenitud de nuestra fe que mueve montañas con el suave poder de Dios. Así es como Dios sigue renovando la humanidad, la historia y el mundo, a través de esta serie de transformaciones de las que la Eucaristía es el sacramento.

La Iglesia de Jerusalén, como he dicho a menudo, tiene dos dimensiones inseparables: es una Iglesia del Calvario y una Iglesia de la Resurrección. Las escaleras que suben al Calvario son empinadas y difíciles como hemos podido comprobar; pero cada escalón es un escalón de esperanza que nos acerca a la alegría de la Resurrección. Juntos vamos hacia adelante y, después de este largo peregrinaje, Cristo mismo nos espera para darnos la bienvenida.

Con todos vosotros, queridos amigos, doy gracias a Dios por el regalo del sacerdocio que recibí hace cincuenta años. Ahora llego al final de mi mandato. Humildemente puedo decir que la misión que se me encomendó está cumplida, y ahora pongo mi futuro en manos de Dios. Doy gracias por todos los años de servicio directo al Santo Padre y a la Madre Iglesia de Jerusalén.

Doy gracias por todas las amistades leales y valiosas que he forjado aquí en Tierra Santa y también por todo el mundo. Mi más sincero agradecimiento a todos mis vicarios, sacerdotes, pastores, religiosos y religiosas y a los muchísimos amigos dispersos por el mundo que me acompañaron y apoyaron durante mi misión.

Ruego al Nuncio que transmita al Santo Padre mi amor filial y que le exprese mi afiliación a la Iglesia universal, al igual que mi gratitud por su atención paternal hacia Tierra Santa y los cristianos de Oriente Medio.

Con la humildad de saber que somos meros siervos, confiamos en que el amor de Dios es más fuerte que el mal, y que nunca estaremos solos en nuestra misión. “Y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.” (Mateo 28.20)

“Quédate con nosotros Señor porque está atardeciendo y ya casi es de noche” (Lucas 24:29). ¡Si la oscuridad del crepúsculo parece que prevalece, la luz de la Resurrección anuncia el amanecer de un nuevo día que nunca acaba! Amén.

+Fouad Twal, Patriarca Latino de Jerusalén.

[1] Papa Francisco, Homilía de la Solemnidad del Corpus Cristi, 30 de mayo de 2013.

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