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Homilía de Navidad – 2017 Vigilia

Belén 2017

Estimado Señor Presidente,

Excelencias reverendísimas,

Estimados fieles y quienes nos siguen por televisión,

¡El Señor les le la paz!

Hemos venido una vez más aquí a Belén, donde la virgen María esposa de José, una vez cumplidos para ella los días del parto, dio a luz a su hijo Primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en el pesebre (Lc 2, 7).

Llamada por la voz de los ángeles, iluminada por la luz por la estrella que brilla desde Belén, como los pastores de aquella noche, La Iglesia de Dios, extendida en el mundo, reconoce y contempla en tanta pequeñez, en tanta aparente ordinaria irrelevancia, el gesto misericordioso de Dios que deposita en este mundo y en nuestra historia, este niño, este pequeño signo, como inicio aparentemente insignificante pero infaliblemente victorioso de su Reino que viene.

Este niño es el Consejero admirable, Dios poderoso, Padre por siempre, Príncipe de la paz (Is 9,5) aparece sin embargo, pequeño y pobre, escondido y humilde. Él es esta noche –y toda su vida hasta la muerte de Cruz- la verdadera semilla de mostaza depositada en la tierra, la poca levadura escondida en la harina hasta que sea fermentada, la semilla caída en tierra para llevar mucho fruto.

Sí. El Natalicio del Señor es un inicio humilde (primordia salutis nostrae, diría el Papa San León Magno), un signo pequeño, un don discreto, como humilde, pequeño y discreto es el amor cuando es verdadero. Si una gloria queremos cantar esta noche, si una paz queremos recibir, si un poder queremos reconocer, es la gloria, la paz y el poder del amor que se dona, se apoya y confía como este pequeño niño.

Por ello quisiera esta noche, junta con la Iglesia de la cual soy obispo, y con todos ustedes, dejarme interrogar por este signo, dejarme provocar por la profecía más que de la fiesta de Navidad, para lograr un poco recibir esta semilla y raiga después fruto. Hay un riesgo que quisiera evitar: reducir Navidad a una fiesta, bonita y especial cuanto queramos, pero hecha muda e insignificante, ya obvia en su repetición tradicional. El nacimiento de Cristo es siempre una profecía, que revela por una parte el actuar de Dios, y por otra, pide a nosotros un actuar consecuente. Sin el actuar de Dios, la Navidad es imposible, y sin nuestro actuar la Navidad es inútil. Como para los pastores, así para nosotros la Navidad es una propuesta de camino, un camino hecho en sentido contrario.

Ordinariamente es el pequeño que se convierte en grande, es el débil que quiere hacerse fuerte, es el pobre que desea ser rico. Es nuestra historia que camina así, la grandeza y el poder son nuestros sueños, el deseo escondido que nos mueve a todos, en las relaciones cotidianas como en las relaciones internacionales. Una lucha continua en nosotros, entre nosotros y alrededor de nosotros; una guerra que cada día el Herodes en turno, combate para convertirse en más grande, para ocupar más espacio, para defender posiciones y fronteras. Es desgraciadamente la historia de nuestros días.

No sirve que reafirme cuanto en varios encuentros institucionales he ya dicho varias veces y repetidamente respecto a cuanto vivimos en estos días. Lo he dicho con claridad y no es necesario repetirlo aquí. Pero puedo, y debo recomendar a quienes tienen el poder de decidir nuestro futuro: a la política, de tener valentía, de no temer osar y arriesgar, de no temer la soledad, de no renunciar a la propia visión. Hoy más que ayer tenemos necesidad de ustedes, de una política verdadera y seria. No obstante las tantas desilusiones del pasado y de estos días, con determinación, no renuncien a tener una visión, sino que por el contrario, déjense provocar por el grito de los pobres y de los afligidos, pues  el Señor no olvida el grito de los afligidos (Sl 9, 13).

Pero aquello que dirigimos a la política lo decimos más que nada a nosotros mismos. Todos antes como hoy, buscamos un Reino fuerte y potente que nos haga sentir protegidos y seguros. A los pastores y a nosotros por el contrario, se nos ofrece un signo opuesto: un neonato sin poder e indefenso. Toda la gloria cantada por los ángeles, el entero ejército celeste movilizados esa noche, se reúnen esa noche, se concentran ahí en aquel niño envuelto en pañales, puesto en un pesebre. Estamos invitados entonces a una inversión de lógica y de conducta, a una metanoia, a un cambio de mentalidad y prospectiva: de lo grande a lo pequeño; de la fuerza, a la debilidad; del poder, al don, ¡pues Dio así actúa!

Siento esta profecía particularmente verdadera en este tiempo y aquí, no solo para cada uno, sino para cada uno de los cristianos de Tierra Santa, preocupados y quizá asustados por la reducción de nuestros números, por la insuficiencia de nuestros medios, por la inseguridad que caracteriza nuestro vivir cotidiano. En medio de poderes que se contraponen, víctimas de estrategias y dinámicas cada vez más grandes que nosotros, quisiéramos quizá también nosotros seguir las vías de la fuerza y del poder, la ansiedad y el miedo podrían hacernos insensibles a aquel signo e inducirnos a transformar la Navidad en la simple fiesta de la identidad y de la consolación y a buscar por nuestra parte fuerza, poder, riqueza y posesión.

Por el contrario, la Natividad, revelándonos el actuar de Dios nos revela quiénes somos y quiéns debemos ser como cristianos aquí y en todo el mundo. También nosotros y nuestra Iglesia, con la Iglesia entera, somos y debemos ser signo discreto del poder del amor, humilde inicio de un reino de paz y de verdad, que vendrá no con las fuerzas de las armas sino con la conversión de la vida, presencia de compartir y de fraternidad, con débiles fuerzas mal entendidas y rechazadas, pero profecía y anuncio de la presencia de Dios mismos entre los hombres, porque aquello que es debilidad de Dios es más fuerte que los hombres (1Cor 1, 25). En Navidad podemos también decir con San Pablo: cuando soy débil es entonces que soy fuerte; cuando soy pequeño es entonces que soy grande; cuando soy pobre, soy rico, a imagen de aquel que de rico, se hizo pobre por nosotros.

Belén, esta tierra santa y las iglesias que aquí viven, oran y sufren, deben y pueden ser para la Iglesia entera y para el mundo llamada viva al misterio cristiano, de la semilla que lleva fruto donándose hasta la muerte.

La presencia de la Iglesia, el testimonio de los cristianos donde quiera en el mundo, pero sobre todo aquí no puede ser otra cosa que una presencia “natalicia” (“y pascual”): nuestra vida y nuestra acción no pueden que ser conformes a la vida y a la acción de Cristo nacido pequeño y pobre para ser pan y vida para la humanidad.

¡Fuerza Iglesia de Tierra Santa! ¡Fuerza hermanos y hermanas! Podemos continuar a vivir y a quedarnos aquí en la debilidad y en la pobreza, pues estos son los caminos de Dios cuando quiere venir al mundo y bendecir la humanidad. ¡No nos entristezcamos porque el gozo del Señor es nuestra fuerza!

Fuerza también a ustedes potentes del mundo: pueden osar la aventura de la paz y de la fraternidad, renunciando a la grandeza y al poder, inclinándose al servicio y al bien de los hermanos: la puerta de la humildad que introduce a la Basílica de la Natividad es también el ingreso de la verdadera grandeza. Y dentro de poco cuando nos convocaremos a tocar y a besar el niño de Belén pongamos el corazón y la vida en aquel gesto, acogiendo también para nosotros el camino natalicio de la pequeñez y de la humildad, único camino de salvación y de paz.

+Pierbattista Pizzaballa
Administrador Apostólico

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