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Meditación de Mons. Pizzaballa para la XIII semana del tiempo ordinario

2 de julio de 2017

La liturgia de hoy nos presenta la última parte del discurso misionero de Jesús , un largo discurso en el cual Jesús da indicaciones de comportamiento a sus discípulos al ir a anunciar el Evangelio.

Parte de este discurso lo hemos escuchado el domingo pasado.

Jesús ha instruido a sus discípulos en el estilo necesario a aquellos que son mandados a anunciar el Reino en su nombre: tendrán que ser pobres, para que en ellos pueda resplandecer la fuerza del Señor; deberán amar gratuitamente, para ser reflejo de su amor; y deberán partir sin miedo, llenos de confianza, pues esta confianza será el anuncio más convincente de su relación con Aquel que da a ellos la Vida.

­El pasaje evangélico de hoy nos sorprende, está lejos de nuestra sensibilidad y probablemente pareciera duro. En esta conclusión Jesús retoma alguno de los temas que ya ha pronunciado en su discurso, sobre todo insiste en decir que estar con él, escoger a Jesús, tiene implicaciones inmediatas en la vida. No hay que tener miedo de estar con el Señor y es necesario confiar en él, pero advierte al mismo tiempo que estar con él puede crear divisiones e incomprensiones en varios contextos de la vida y también al interno de la misma familia (Mt. 10,21-22, el hermano entregará a la muerte al hermano y el padre al hijo, los hijos se alzarán a acusar a sus padres y los matarán. Serán odiados por todos a causa de mi nombre. Pero quien habrá perseverado hasta el final será salvado).

En la conclusión de hoy Jesús no da otras indicaciones, pero pareciera concentrar todo su discurso sobre lo esencial de la vida misionera y por lo tanto cristiana. Dice que hay una jerarquía de prioridad y que en el primer lugar está él. Él es la prioridad. Por lo que todo el resto deberá ser puesto en función a esta decisión. Porque se trata de una decisión. Necesitamos decidir por Cristo. Y es a veces una decisión difícil, no de inmediata incomprensión.

Padres, madres, hijos, hermanos , trabajo, todo debe entrar en un único proyecto de vida, donde él está en primer lugar. No nos pide renunciar al amor de una familia, sino que desea que ello sea iluminado por una amor más grande, que lo abarca y que le dé sentido. La relación con Jesús debe tener sabor del absoluto, de algo absolutamente prioritario, al cual nada venga antepuesto. El Señor entra en la vida del misionero como algo fundamental, único, al cual en ningún modo se podrá renunciar: no se renuncia a aquello que hace vivir.

Todo lo demás podrá venir menos , pero no la relación con él y el amor preferencial que la relación con Él pide. No es una relación como todas las demás y no puede estar a la par con alguna otra, de todas ellas él es la fuente.

El Señor sabe que solo dentro de esta relación se aprende cada día la sabiduría que hace amar a los otros, a sí mismo y a la vida con un amor libre, que ha vencido todo egoísmo y cada necesidad de poseer y de ser corruptos: amándolo a él, se aprende a amar verdaderamente también a los demás. El amor a Cristo en pocas palabras, nos abre a un amor para los demás, que será fiel, acogedor, capaz de perdonar. Es un amor que nos donará también la energía para afrontar las incomprensiones y la aislamiento causadas por el rechazo; y de la soledad que puede acompañarnos cuando de veras nos decidimos por él. Todo discípulo hace experiencia de ello.

Ese esta la cruz a cargar sobre los hombros por seguirlo a Él (Mt 10,38) es decir, es modo de estar en la vida que tenga la consistencia del amor: el misionero es sobre todo un discípulo que escoge el mismo camino de donación de su Señor. La cruz de hecho no es sólo el signo de la pasión y muerte de Jesús , antes que ello es signo y medida del amor incondicionado de Dios por nosotros. Hasta aquel punto nos ha amado, donando su vida. Y el discípulo que no es más grande que su Maestro (Mt 10,24) debe recorrer la misma vía: él que encuentre su vida la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará (Mt. 10,39).

La conclusión del discurso es particular: no está dirigida a los misioneros sino a quienes los recibirán: pues también a ellos les es pedida una radicalidad y un coraje no indiferentes. A ellos les es pedido de reconocer en estas simples e imperfectas personas la presencia misma del Señor. Ni siquiera ellos deberán hacer grandes cosas para recibir a los misioneros: bastará un vaso de agua (Mt 10,42).

Pero aquello que hará la diferencia será la intención con la cual los recibirán: se recibió al discípulo por ser discípulo de Cristo, entonces tendrá la recompensa del discípulo: la misma vida del Señor que, no obstante todo, continua a socorrer a su Iglesia por vía de estos imperfectos discípulos.

+ Pierbattista

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