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XIV Domingo del Tiempo ordinario

9 de julio de 2017

El pasaje del Evangelio que hemos escuchado concluye el capítulo onceavo del Evangelio de Mateo: un capítulo que inicia con la pregunta de Juan Bautista desde la cárcel: ¿Eres tú el que debía d venir o tenemos que esperar a otro? Mt 11,3, y prosigue con dos juicios severos de parte de Jesús.

El primero (Mt 11,16-19) está dirigido a “esta generación” que demuestra no saber recibir ni al Bautista ni al Señor, aduciendo ya sea para uno y para el otro, una serie de pretextos que esconden, en realidad, su incapacidad a ponerse en juego, a abrirse al acogimiento. El segundo está dirigido más específicamente a dos ciudades del lago: Corazín y Betsaida, que han visto con sus propios ojos diversos milagros obrados por Jesús y no se han convertido (Mt 11,20-24).

Pero, ¿Qué debieron haber hecho para convertirse?

Es esto lo que descubrimos en el pasaje de hoy, donde estamos delante del estupor de Jesús, primero sorprendido por la incapacidad de esta generación por convertirse, por entrar a un nuevo estilo de vida. De igual manera el Padre se sorprende, y Jesús lo alaba.

No lo alaba evidentemente por el rechazo que ha encontrado.

Lo alaba y se sorprende, por este modo de actuar que tiene el Padre, aquel modo de esconderse a los grandes, a los sabios, a los doctos y hacerse conocer a los pequeños, a los pobres, a los últimos. No les cambia la vida de manera estrepitosa: los pequeños permanecen pequeños, los pobres no se convierten en ricos materialmente, sino de una relación en la cual todo aquello que es dado por el Padre al Hijo es dado también a ellos.

Pero, ¿Qué es este “todo”?

Todo es aquello que verdaderamente importa. En el episodio de las tentaciones del desierto (Mt 4,1-11), también el diablo había prometido a Jesús darle todo (Mt 4,9); pero Jesús sabe bien que este todo es nada fuera de la relación con el Padre. Esta relación es el verdadero todo.

Entonces Jesús se detiene y contempla lleno de maravilla este inmenso don: “Todo ha sido dado a mí por mi Padre; ninguno conoce al Hijo sino el Padre y ninguno conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo querrá revelarlo” (Mt 11,27).

Y bien, ello significa que Aquel que es Señor de cielos y tierra (Mt 11,25), ha decidido revelarse y de donarse completamente y lo hace solamente con quien lo recibe, con quien no tiene la pretensión de querer conocerlo  con las propias fuerzas, con los propios estudios, con la propia capacidad. El diablo había pretendido un precio a cambio de su “todo”.

Los pobres son aquellos que no tienen nada que dar a cambio, y reciben la vida como un don, y el primero en vivir así, verdaderamente el primero, es Jesús mismo. Es él quien se pone en una postura de total acogimiento, de escucha, de confianza: está totalmente dirigido al Padre (Jn 1,1). Y es el primero en hacer experiencia de una vida completamente recibida, llena de la presencia del Padre.

Entonces, para convertirse, se necesita ponerse en escucha de una relación especial, aquella que une a Jesús con el Padre: dentro de esta comunicación y diálogo que los une, hay toda una nueva sabiduría de vida.

Fuera de esto, hay solo opresión y cansancio (Mt 11,28): y no se trata aquí de la fatiga habitual que la vida tiene para todos, sino de aquella fatiga de vivir que encontramos cuando nos encontramos solos, cuando nos ponemos fuera de este diálogo de amor, cuando cesamos de escuchar al Padre que se ha revelado plenamente en el Hijo (“Todo me ha sido dado por mi Padre”). Si escuchamos otra cosa, si pretendemos encontrar una vía alterna, el fracaso hará de nosotros personas continuamente cansadas.

Jesús para este cansancio, entra con una respuesta: “Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,29). El adjetivo manso, en el Nuevo Testamento aparece casi exclusivamente en el Evangelio de Mateo y lo presenta en tres ocasiones: en las bienaventuranzas (Mt 5,5), en el pasaje que hemos escuchado hoy y finalmente al final cuando Jesús entra en Jerusalén (Mt 21,5).

Entonces podemos decir que es manso aquel que se pone constantemente en escucha de la Palabra de amor y de misericordia del Padre, haciéndola tanto suya que renuncia a toda violencia y poder, y todo se apuesta sobre la Palabra de Aquel que le ha dado todo. Y lo hace a precio de su vida, pagando inclusive en persona, como Jesús que entra a Jerusalén para donarse hasta el final: es Él el verdadero manso.

Esta mansedumbre, dice Jesús, “se aprende”, no se compra de una vez y para siempre, sino que requiere de un humilde y constante aprendizaje, una formación del corazón. Podemos leer desde esta óptica la pregunta de Juan desde la cárcel con la cual inicia el capítulo onceavo: “¿eres tú..?” (Mt 11,3).

A la espera de Juan, de un Mesías fuerte, victorioso, justo, Jesús difiere con las obras mansas del Mesías, y haciéndolo, revela al Padre y su secreto. E invita a la conversión, que para Juan como para nosotros, no será otra cosa que una conversión a la mansedumbre y a la humildad de Dios.

+ Pierbattista

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