JERUSALÉN – Gracias al apoyo de la Orden del Santo Sepulcro, el hospital San Luis de Jerusalén ha podido adaptar las instalaciones a las normas y así evitar el cierre, con nuevas habitaciones dobles con cuarto de baño, y una gran cocina nueva “casher”. La directora de este establecimiento da testimonio de su acción perseverante al servicio del diálogo interreligioso alrededor de las personas que sufren, y su compromiso espiritual siguiendo a Cristo.

 

Religiosa de la congregación de las Hermanas de San José de la Aparición, fundada por santa Emilie de Vialar en el sudoeste de Francia, en 1832, sor Monika Duellmann, quincuagenaria de origen alemán, dirige el hospital francés de San Luis en Jerusalén. Entró primeramente como voluntaria, ejerciendo su profesión de enfermera, para los enfermos en este establecimiento geriátrico de cuidados paliativos, y allí fue donde conoció a su familia religiosa, antes de comprometerse en ella definitivamente.

Las hermanas de San José llegaron a Jerusalén en 1848, respondiendo a la llamada del primer Patriarca, Mons. José Valerga, apenas nombrado por el Papa Pío IX para refundar el Patriarcado latino de Jerusalén. Algunos años más tarde el barón francés Paul-Amédée de Piellat compró un terreno e hizo construir el hospital para que las hermanas pudieran trabajar en él, en el emplazamiento de una antigua leprosería de la Edad Media. Había venido en peregrinación y, confrontado con los problemas de salud de su grupo de peregrinos que estaban alojados en tiendas de campaña, el barón deseó que se creara un establecimiento de cuidados.

Hoy en día una decena de religiosas, ayudadas por una veintena de voluntarios y con personal local, ayudan a una cincuentena de enfermos, cristianos, musulmanes y judíos, en un ambiente interreligioso de paz y de alegría indescriptible. Hay actividades que favorecen esta atmósfera especial, por ejemplo los concursos artísticos en los que participan todos los enfermos, incluso cuando están en silla de ruedas o con oxigeno. “La salud une a todo el mundo”, resume la hermana Monika, bien integrada particularmente en el mundo religioso judío. Habla hebreo y da clases de religión cristiana en una escuela de enfermeras administrada por judíos ortodoxos.

En el hospital San Luis ofician varios rabinos para los enfermos. “Aquí reina el amor, más que las reglas, y vivimos un diálogo interreligioso concreto, yendo hasta rezar juntos, cristianos y judíos en particular, movilizados juntos para aliviar el sufrimiento de los que nos son confiados”. La hermana Monika habla también árabe, y da testimonio de las buenas relaciones que se tejen en el hospital entre los miembros árabes del personal y los huéspedes de confesión judía que forman el 70 % de los enfermos acogidos.

Históricamente el edificio, próximo de la ciudad vieja, está situado sobre lo que fue la línea de frente que oponía Israel a Jordania, donde en 1956 se decretó un alto el fuego para encontrar la dentadura de una de las religiosas de la comunidad. Este episodio simbólico es recordado de buena gana por la hermana Monika para dar a entender la vocación del hospital, la pasarela de fraternidad.

Primeramente fue un hospital general y luego se especializó en el tratamiento de los cánceres, el hospital San Luis ha sido transformado en establecimiento de cuidados paliativos para acompañar a las personas al final de la vida. “Alrededor del ser humano en situación extrema, preparados para pasar al otro mundo, se realiza la unidad en el respeto de las convicciones de cada uno”, subraya la hermana Monika con una buena sonrisa.

Saca su fuerza de la comunión de los santos. “Tengo un ejército que reza por mí en el Cielo, formado por todos aquellos a los que hemos preparado para que vivan bien su muerte”, dice. Como a la santa Madre Teresa de Calcuta lo que más le importa a la hermana Monika, en una perspectiva de eternidad, es la felicidad de las almas.

François Vayne

Orden Ecuestre del Santo Sepulcro

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