26 de abril de 2026
IV Domingo de Pasqua, año A
Jn 10, 1-10
Hemos visto, en los últimos domingos, que el Resucitado es el Buen Pastor, que sale en busca de las ovejas descarriadas y las lleva de vuelta al lugar donde pueden encontrar la vida, donde pueden reencontrarse con el rebaño al que pertenecen.
El Evangelio de este cuarto domingo de Pascua, tomado del capítulo décimo del Evangelio de Juan (Jn 10,1-10), desarrolla precisamente esta imagen: están las ovejas y está el pastor; hay un guardián del redil y hay una puerta; pero también hay extraños, ladrones y salteadores, que no quieren tanto dar vida al rebaño como más bien velar por sus propios intereses, ganar algo para sí mismos.
Y lo hacen con violencia: el ladrón no viene sino para robar, matar y destruir (Jn 10,10); el buen pastor viene con mansedumbre, y viene para que los suyos tengan vida, y la tengan en abundancia (Jn 10,10).
Pero, ¿cómo es que el Resucitado da a los suyos vida en abundancia?
Puede hacerlo porque, antes de ser pastor, Jesús es la puerta (Jn 10,7.9): en estos pocos versículos, Jesús lo repite dos veces. Él es la puerta de las ovejas, y quien pase por Él, será salvado, encontrará vida.
La imagen de la puerta es una imagen fundamental.
En la tradición bíblica, el acceso a Dios estaba regulado por espacios, ritos, purificaciones y mediaciones.
La puerta del templo era un límite: solo se podía entrar bajo ciertas condiciones.
Había una distancia entre Dios y el hombre, y esta distancia hablaba de dos mundos lejanos, entre los que no era fácil comunicarse.
En la historia religiosa, las puertas a menudo separaban: solo podían entrar los puros, los observantes, los dignos. Todos los demás quedaban fuera.
Pero la imagen de la puerta es fundamental también por otra razón.
El pasaje de Juan subraya, que el buen pastor entra en el redil de las ovejas por la puerta; quien entra por otro lado es un ladrón y un salteador (Jn 10, 1-2).
¿Qué significa esto?
Quizá podamos entenderlo si volvemos, una vez más, al capítulo 3 del Génesis.
Adán y Eva, de hecho, no «atraviesan» una puerta, sino que saltan un límite, como el ladrón del que habla Jesús en el Evangelio de hoy. No pasan a través de la relación, la confianza, la palabra recibida. Quieren entrar en la vida en abundancia sin pasar por la puerta correcta, que es la puerta de la libertad en la obediencia.
Tras el pecado, Adán y Eva se esconden, es decir, se cierran: no salen, no entran, no encuentran pastos. Y la expulsión del jardín es, en cierto modo, una puerta que se cierra. Pero no es una condena definitiva, es un umbral suspendido.
Por eso, en la historia de la salvación era necesaria una puerta, alguien que abriera de nuevo la posibilidad de la relación entre Dios y nosotros.
Jesús se presenta, pues, como esta puerta: el relato de los Evangelios nos dice que quien lo encuentra, encuentra el paso hacia la vida. Un paso que a menudo estaba obstruido por errores, pecados, sentimientos de culpa… Jesús abre un paso, y quien lo atraviesa, renace.
Es interesante que Jesús diga que, a través de esta puerta, se puede entrar y se puede salir: los hombres ya no están divididos entre quienes están dentro y quienes están fuera. Cada uno está tanto
dentro como fuera, porque la puerta está abierta en ambas direcciones y ofrece a todos, siempre, la posibilidad de pasar.
Jesús, por tanto, es la puerta, para que nadie quede encerrado: para que nadie quede encerrado fuera, y para que nadie quede encerrado dentro.
Una última observación.
Hemos visto que quien no entra por esta puerta y se presenta como pastor capaz de dar la vida, es un ladrón que, en lugar de dar la vida, da la muerte: roba, mata, destruye.
La puerta, en cambio, es un símbolo suave: no obliga, no impone, no invade, no divide.
La puerta espera a ser cruzada. Y, cuando alguien pasa, la puerta no retiene, sino que deja ir. No teme al movimiento, sino que lo permite, lo favorece.
La puerta es también un espacio de discernimiento, es una invitación a vivir en la verdad: el ladrón roba la vida, pero quien entra por la puerta no tiene nada que ocultar y acoge todo como un don.
Renuncia a los atajos, se quita las máscaras, aclara sus propios deseos; porque la vida en abundancia solo pasa a través de la humilde verdad de uno mismo.
+Pierbattista
*Traducido del original en italiano

