21 de junio de 2026
XII Domingo del Tiempo Ordinario, año A
El fragmento del Evangelio de hoy (Mt 10,26-33) pertenece al segundo gran discurso de Jesús con el que el evangelista Mateo estructura su Evangelio.
Se trata del discurso "misionero", aquel en el que el Señor perfila la figura de los discípulos enviados al mundo para anunciar la presencia del Reino en el corazón de la historia.
Jesús no oculta a sus discípulos la fatiga de la misión: son enviados a un mundo que no siempre acoge, que puede malinterpretar, rechazar y herir. Un mundo que incluso puede matar («Y no temáis a los que matan el cuerpo» - Mt 10,28).
Sin embargo, dentro de esta realidad concreta, Jesús pronuncia tres veces la misma frase: «No tengáis miedo» (Mt 10,26.28.31).
No se trata de un mandato moral, de una simple exhortación a ser valientes, sino de una verdadera revelación.
Jesús no dice a los discípulos que no teman porque su vida estará preservada de todo peligro, sino que dice, más bien, que podrán no temer porque lo que está oculto será revelado («Así que no les tengáis miedo; porque nada hay encubierto, que no haya de ser manifestado; ni nada oculto, que no haya de saberse» - Mt 10,26).
No se trata de revelar secretos personales, de desenmascarar los pecados de los demás o de exponer sus fragilidades.
Jesús habla de la verdad del Reino, de la luz de Dios, de la justicia divina que ahora está oculta pero que un día se manifestará. Y quiere decir que se puede vivir sin temor, porque la verdad de Dios tendrá el punto final sobre la historia.
El mal podrá oscurecer, pero no podrá apagar. La mentira podrá confundir, pero no podrá vencer. La persecución podrá herir, pero no podrá definir la vida de los discípulos.
Esto libera del miedo, porque este nace siempre de la percepción de que el mal es más fuerte que el bien, de sentirse solo en el mundo. Jesús explica inmediatamente después por qué no es así.
En los versículos 29 y 31, Jesús utiliza la imagen de los pájaros: dice, en efecto, que los pájaros, que se venden por una moneda de poco valor, no caerán a tierra sin que la voluntad del Padre lo quiera. Y concluye diciendo que los discípulos valen más que muchos pájaros. No dice que los pájaros no caerán a tierra («ni uno solo de ellos caerá a tierra sin la voluntad de vuestro Padre»), sino que no caerán a tierra fuera de la mirada del Padre.
Pues bien, así como los pájaros no caerán a tierra fuera de la mirada del Padre, los discípulos también podrán afrontar los acontecimientos de la vida sabiendo que la relación con el Padre no desfallecerá jamás.
Jesús no promete que no caerán, sino que no caerán jamás solos: el Padre está presente precisamente allí donde la fragilidad parece tener la última palabra. El Padre no evita la caída, sino que la atraviesa con los discípulos, la atraviesa con nosotros.
Esto es, justamente, lo que será revelado, lo que los discípulos podrán anunciar a todos (Mt 10,26-27).
La verdad de Dios se revelará: su fidelidad, su presencia, su cuidado.
Todo esto, sin embargo, necesita tiempo para crecer y madurar. La dinámica de la revelación, de hecho, se produce siempre en dos tiempos.
Está el tiempo del recogimiento, de la interioridad, el tiempo en que la mirada del Padre penetra en profundidad en el corazón del hombre y lo moldea. Es el tiempo en que la Palabra obra en el interior, como una semilla en la tierra; un tiempo en el que no se produce nada, no se testimonia nada, no se dice nada. Es el tiempo en que se recibe.
Y entonces llega el momento en que todo esto sale a la luz, el momento en que se revela en qué nos hemos convertido.
La misión, de hecho, no es otra cosa que esto: hacer visible lo que se ha recibido, lo que el Padre ha generado en el silencio del corazón.
No son dos tiempos cronológicos, sino dos movimientos que se entrecruzan continuamente. Y el coraje nace de aquí, de la sabiduría que sabe habitar ambos tiempos, sin omitir ninguno de los dos.
Lo que hace posible un testimonio sin temor es el tiempo dedicado al silencio, al secreto, al desierto, donde nace y se consolida la confianza en el Padre. Donde se vive solo de Su mirada, donde se experimenta Su amparo.
+Pierbattista
*Traducido del original en italiano

