La esperanza exige acción
La presencia cristiana está en riesgo en su lugar de nacimiento
A menudo se utilizan cifras para describir la historia de Tierra Santa: el número de personas muertas o desplazadas, viviendas destruidas, pueblos atacados, negocios forzados a cerrar y escuelas dañadas. Pero detrás de cada cifra hay un ser humano, con una historia propia. Juntas, estas historias individuales conforman la historia de una comunidad cuyos antepasados han estado aquí desde los inicios del cristianismo, preservando la memoria de la vida de Cristo y dando testimonio del Evangelio.
Hoy, la presencia cristiana se enfrenta a uno de los puntos de inflexión más críticos en sus dos mil años de historia. Esto puede parecer una valoración dura, pero la realidad habla por sí sola. Muchas familias cristianas en Belén y Jerusalén, en pueblos de toda Cisjordania y, por supuesto, en Gaza, llevan tiempo soportando condiciones de vida cada vez más difíciles. Durante más de tres años, las restricciones de movilidad, la cancelación de los permisos de trabajo y la parálisis del sector turístico han afectado gravemente su capacidad para trabajar y mantener a sus familias. Las comunidades cristianas se enfrentan ahora a una tasa de desempleo extraordinaria del 54%, aproximadamente el doble de la media nacional.
Durante generaciones, artesanos, trabajadores de hostelería, comerciantes, guías turísticos, conductores y propietarios de restaurantes cristianos han dependido de los peregrinos que acudían a Tierra Santa. Con el turismo prácticamente paralizado, innumerables medios de subsistencia han desaparecido casi de la noche a la mañana.
Las consecuencias son especialmente graves para la próxima generación. Cuando un joven termina la universidad o la formación profesional y encuentra escasas perspectivas de empleo, la emigración puede resultar difícil de evitar. Dejar la tierra de los antepasados significa dejar atrás no solo un hogar, sino también parte de su propia identidad: la historia que han heredado y de la que están llamados a dar testimonio y, en cierto sentido, su vocación. Marcharse es verse obligado a alejarse de una tierra y de una comunidad a las que se sienten profundamente llamados a pertenecer. Sin embargo, muchos se sienten atrapados, sin ninguna alternativa viable. Esta dolorosa realidad plantea una pregunta profunda: ¿qué ocurre cuando toda una generación empieza a creer que su futuro se encuentra en otro lugar?

En ningún otro lugar se manifiesta esta crisis con tanta crudeza que en Gaza, donde una comunidad cristiana histórica ha sido devastada. Hoy solo quedan 541 cristianos. Otros se han visto obligados a huir, mientras que otros han muerto en el conflicto o han perdido la vida en medio del colapso de la atención médica básica y la escasez de suministros esenciales. Sin embargo, incluso en medio de esta devastación, algunos eligen quedarse. Rezan sin cesar. Se cuidan unos a otros. Resisten. Su presencia es un acto diario de valentía.
La posibilidad de una Tierra Santa sin cristianos debería preocupar profundamente a los creyentes de todo el mundo. No se trata meramente de un cambio demográfico; es una crisis de historia, de identidad y de fe. ¿Qué significaría para la cuna del cristianismo convertirse en un museo vacío de piedras y yacimientos arqueológicos? Las piedras vivas deben permanecer.
Es por eso que la solidaridad cristiana internacional es tan vital. El apoyo no puede limitarse a responder a las emergencias inmediatas; debe capacitar a las personas para creer que todavía tienen un futuro aquí, en esta tierra.

Vemos esta pequeña lucha por la esperanza cada día en nuestras escuelas, donde los niños continúan aprendiendo y soñando. La vemos en los jóvenes que se esfuerzan por adquirir formación y en las familias que trabajan para mantenerse arraigadas en sus tierras ancestrales.
La urgencia se agudiza especialmente al inicio de cada curso académico. Para las familias con dificultades en nuestra convulsa región, preparar a un hijo para la escuela ya no es simplemente un momento de alegría, sino que puede ser una fuente de ansiedad abrumadora. A través de la urgente Iniciativa de Regreso a Clase del Patriarcado Latino, estamos interviniendo para cubrir los costes educativos vitales de las familias y niños más vulnerables de nuestra región. Restablecer la dignidad de un niño lo protege de sentirse excluido y declara que las dificultades no le arrebatarán su derecho a aprender.
En toda Cisjordania, Jerusalén y Gaza, el esfuerzo por mantener las escuelas abiertas —y, cuando sea posible, reabrirlas— representa una afirmación valiente de que la destrucción no tendrá la última palabra. Nuestra responsabilidad es clara. Debemos invertir en educación, formación profesional, creación de pequeñas empresas e instituciones comunitarias. Debemos dar a las familias motivos concretos para quedarse, no porque estén atrapadas, sino porque pueden construir una vida digna y sostenible en su tierra natal.

A pesar de todo lo que han soportado, la gran mayoría de los cristianos de Tierra Santa mantienen un profundo compromiso con su tierra natal. No desean ser preservados como una curiosidad histórica ni quedar reducidos a una parte del pasado. Piden la oportunidad de vivir, trabajar, educar a sus hijos y practicar su fe con dignidad en la tierra donde nació el cristianismo.
Tierra Santa ofreció al mundo la mayor historia de esperanza jamás contada. Hoy, los cristianos necesitan nuestra ayuda para mantener viva esa esperanza en ellos.
Contacto para apoyo y colaboraciones:
Sr. George Akroush
Director de la Oficina de Desarrollo del Patriarcado Latino
Correo electrónico: [email protected]
