14 de diciembre de 2025
III Domingo de Adviento, año A
Mt 11, 2-11
El primer fruto del Reino que viene es el surgimiento de una pregunta, en aquellos que lo esperan.
No una respuesta, no una certeza, sino de cuestiones abiertas, de caminos por recorrer.
La pregunta surge en quienes descienden al Jordán para ser bautizados, y que, ante la predicación de Juan, se preguntan qué deben hacer (Lc 3,10). La pregunta surge en el corazón del propio Juan, que se maravilla al ver cómo el Mesías se presenta en la historia, trastocando radicalmente sus expectativas.
La primera pregunta de Juan la encontramos en el momento del Bautismo, cuando, con asombro, se dirige a Jesús así: "Soy yo quien necesita ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?" (Mt 3,14).
Una segunda la encontramos en el Evangelio de hoy (Mt 11,2-11), cuando el Bautista, encerrado en la cárcel, envía a sus discípulos a Jesús para preguntarle si Él es realmente a quien esperaban, o si debían esperar a otro (Mt 3,3).
Nos centramos ante todo en esta pregunta, para decir que, en este tiempo de Adviento, en el que se nos pide preparar el camino al Señor que viene, el primer paso a dar es precisamente el de plantearse las preguntas adecuadas.
La pregunta es exactamente lo que hace posible algo nuevo, un camino. No basta para producir un cambio, pero lo prepara. Luego se necesitan otros pasos: la elección, la voluntad, la perseverancia. Pero el primer paso es la pregunta.
La pregunta de Juan nace de la discrepancia entre lo que esperaba y el estilo de Jesús, del que oye hablar en la cárcel donde está recluido. No pregunta "quién eres" en abstracto, sino que pregunta si Jesús es realmente el esperado, el Mesías que inaugura el Reino. Juan había anunciado un Mesías poderoso, que traería juicio y justicia. Ahora se encuentra en la cárcel, y parece producirse una disonancia: Jesús no cumple las expectativas de Juan.
Jesús acoge y comprende esta duda. No responde directamente, ni de forma afirmativa ni de forma negativa. Sino que ofrece un método, un camino a seguir para poder aprender a reconocer el estilo de su acción en la historia.
El método consiste en mantener unidos dos verbos, dos aspectos de la vida de fe: oír y ver.
Jesús, de hecho, responde a los enviados del Bautista pidiéndoles que informen a Juan de lo que oyen y lo que ven ("Jesús les respondió: 'Id y contad a Juan lo que oís y veis'" - Mt 11,4).
Si nos detenemos en mirar, entonces el riesgo es el de escandalizarse, porque las obras que Jesús realiza no son gestos llamativos, o revolucionarios: no destruye a los malvados, no elimina el sufrimiento y, al final, Él mismo será injustamente condenado y crucificado. Es más, según las expectativas del Bautista, Jesús realiza gestos no previstos para un "Maestro" y para un enviado de Dios: se sienta con los pecadores, juega con los niños, habla con las mujeres… en resumen, no es precisamente lo que se esperaba de uno que "Tiene en su mano el bieldo y limpiará su era" y "quemará la paja con fuego que no se apaga" (Mt 3,12). Jesús habla precisamente de este escándalo en el versículo 6: "Bienaventurado el que no se escandalice de mí".
Para evitar escandalizarse, no basta con ver, sino que hay que escuchar. En su respuesta, Jesús invita al Bautista a reconsiderar las obras que ha realizado, y a escuchar, al mismo tiempo, las Escrituras: "Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, a los pobres se les anuncia el Evangelio" (Mt, 11,5). Debemos escuchar las Escrituras para comprender el estilo del actuar de Dios, su modo de amar. De hecho, las palabras con las que Jesús se refiere a las obras son las palabras del profeta Isaías sobre la actividad del Siervo de Dios. De esta manera, y no de otra, viene el esperado y en él viene Dios a los hombres.
Jesús invita al Bautista a liberarse de sus reservas y preconceptos, de sus propias imágenes y actitudes, y a confiar en Dios. Solo así nuestros ojos y oídos se abrirán a la verdadera comprensión de Dios.
Al final, quien es cuestionado es el Bautista, y ya no Jesús. Recomienda al Bautista que se relea una y otra vez, que se deje interrogar continuamente.
+Pierbattista

