Homilía para la Fiesta de San Francisco de Asís
Custodia de Tierra Santa – Jerusalén, 4 de octubre de 2026
Estimado Padre Custodio,
Queridos hermanos y hermanas,
¡Que el Señor os dé la paz!
Celebrar a san Francisco en Jerusalén, en el octavo centenario de su muerte, es una ocasión de gracia para toda la Iglesia de Tierra Santa. En agradecimiento a la familia franciscana y por el servicio de la Custodia, quisiera comenzar con una pregunta fundamental: ¿qué forma adopta hoy el Evangelio en nuestra vida personal y en nuestras comunidades?
El Evangelio que acabamos de escuchar comienza con la oración de Jesús: «Te doy gracias, Padre» (Mt 11,25). Estas palabras nacen en un momento difícil de su ministerio. Jesús ha encontrado incomprensión y rechazo. Poco antes, ha reprendido a las ciudades que no han acogido su llamada a la conversión. Y sin embargo, continúa reconociendo la obra del Padre. Sabe que la semilla del Reino encuentra acogida en los pequeños y que el Padre permanece fiel.
Esta confianza custodia su libertad. El rechazo que encuentra lo hiere, pero no le impide amar y continuar la misión que ha recibido. Es una palabra importante para nosotros, llamados a vivir la fe en una tierra donde la adversidad, el dolor y la incertidumbre pueden ocupar todo nuestro horizonte. También la Iglesia puede dejarse absorber por sus propias preocupaciones, hasta el punto de medir el futuro unicamente por las dificultades del presente.
Francisco nos invita a abrir la mirada. En el Testamento, cuando narra su propia vocación, reconoce continuamente la iniciativa del Señor: es Dios quien lo ha guiado, le ha dado hermanos, le ha hecho comprender cómo vivir. En el origen de todo hay un don acogido. Y cuando busca palabras para expresar el camino recibido, habla de vivir "según la forma del santo Evangelio" (Testamento, 14). Esta forma de vida él la confía a la confirmación de la Iglesia.
Como pastor de esta Iglesia, quisiera comenzar aquí. La renovación nace cuando el Evangelio guía verdaderamente nuestras opciones. La Iglesia de Tierra Santa, y en primer lugar la Custodia, conserva una rica historia de los Lugares Santos, instituciones educativas y caritativas y tradiciones seculares: un legado que se nos ha confiado para que continúe comunicando la vida de Cristo a los hombres y a las mujeres de hoy.
Pero no basta con detenerse a contemplar todo lo que se ha logrado. Debemos preguntarnos siempre qué es lo que ayuda realmente a las personas a encontrarse con al Señor. La Palabra de Dios debe encontrar escucha y convertirse en criterio de discernimiento; los sacramentos deben ir acompañados del cultivo de la fe; laicos, familias y jóvenes necesitan formación y pastores dispuestos a escuchar. Sobre esta fecundidad evangélica, estamos llamados a evaluar el uso de nuestras energías y recursos.
La invitación de Jesús, «Venid a mí» (Mt 11,28), también se dirige a nosotros, que servimos a la Iglesia. Nuestra actividad necesita nutrirse continuamente de esta relación. Una comunidad que reza, escucha la Palabra y se deja reconciliar por el Señor se vuelve capaz de acompañar a los demás con mayor libertad. También puede afrontar cambios exigentes, porque reconoce en Cristo la fuente de su propia vida, más que en sus propias fortalezas o estrategias, que a menudo se revelan de corto alcance.
El testimonio de Francisco nos conduce a la fraternidad. Él recibe a sus hermanos como un don de Dios. Esta conciencia nos concierne a todos. La comunión eclesial es una responsabilidad que precede a nuestros planes individuales y nos exige dar forma concreta a la pertenencia a un único cuerpo.
La Iglesia de Tierra Santa existe en países, lenguas, historias y sensibilidades diferentes. A veces celebramos la Eucaristía a pocos kilómetros de distancia unos de otros y sin embargo no logramos encontrarnos con facilidad. Las fronteras, las restricciones de movimiento y el peso de la historia dificultan el conocimiento mutuo. Precisamente por ello, la comunión no se puede dar por sentada: debe ser buscada y preservada con paciencia.
Los diversos carismas también están llamados a servir a esta comunión. La Custodia, las parroquias, las comunidades religiosas, los movimientos y las numerosas obras eclesiales aportan cada uno un don que fructifica al unirse con los demás. El discernimiento sobre las prioridades pastorales debe ayudarnos a reconocer juntos lo que necesita esta Iglesia, a coordinar nuestras energías y a sostener a los más vulnerables. La colaboración vivida con confianza,también hace más creíble nuestro mensaje.
Expreso la gratitud de la Iglesia de Jerusalén a la Custodia por su fidelidad y servicio. Que vuestra fraternidad internacional siga siendo un testimonio de comunión para toda esta tierra.
La comunión, a su vez, nos abre a la misión. En el Testamento, Francisco recuerda que el Señor lo condujo entre los leprosos. Precisamente acercándose a aquellos de quienes antes se mantenía lejos, con misericordia, experimenta la transformación de su propio corazón. También para nuestra Iglesia, la renovación pasa por los vecinos que evitamos, los pobres y los sufrimientos que no vemos, las preguntas que ponen en cuestión nuestros hábitos. Pienso en las familias que tienen dificultades para permanecer en esta tierra, en los ancianos a menudo solos, en los trabajadores que no pueden soportar el peso de la vida cotidiana, en los jóvenes que miran al futuro con incertidumbre y se preguntan si aquí hay todavía un lugar para ellos.
La minoría franciscana nos indica una manera de estar presentes: estar al lado de las personas con la libertad de quienes no necesitan imponerse. Para nuestra Iglesia, esto significa hacer reconocible a Cristo a través de una presencia generosa, abierta a todos. También las relaciones con nuestros vecinos judíos y musulmanes requieren esta libertad, capaz de preservar el encuentro sin renunciar a la claridad de la fe.
Jesús nos indica el estilo de esta presencia: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29). La mansedumbre evangélica exige una gran fuerza interior. Nos compromete a buscar la justicia y a pronunciar palabras verdaderas, asegurándonos de que el dolor y la indignación no se apoderen de nuestros corazones.
Elevamos en nuestras oraciones el sufrimiento de todas las familias de nuestra Tierra Santa marcadas por la violencia, a quienes lloran a un ser querido y a quienes tienen miedo al futuro. Como Iglesia, tenemos el deber de estar cerca de quien sufre, de defender la dignidad humana y de dar voz a quien está privado de ella. Esta responsabilidad nos pide también una libertad exigente respecto a las pertenencias y a las contraposiciones que querrían decidir de antemano qué sufrimientos merecen ser escuchados.
Nuestro mensaje público debe nacer del Evangelio y de la cercanía a las personas. Será creíble si sabemos sostener a quien lo necesita, educar a los jóvenes en el encuentro y continuar construyendo relaciones incluso cuando todo empuja a interrumpirlas. Es así como la paz comienza a tener un rostro.
Por eso, siento la necesidad urgente de la tarea educativa. Los jóvenes necesitan dar un sentido a su presencia aquí, madurar una vocación y asumir responsabilidades. Escuchemos sus preguntas y hagamos espacio a sus dones: el futuro se prepara dando confianza a quien tiene algo que ofrecer.
Aquí en Jerusalén, custodiamos los lugares de la Pascua. En el Calvario, aprendemos la magnitud del amor de Dios; en el Sepulcro vacío, recibimos el fundamento de la esperanza: el Padre ha resucitado al Hijo y la muerte ha sido vencida. Esta fe nos sostiene cuando los frutos permanecen ocultos y nos da paciencia en las situaciones de las que aún no vemos la salida.
Querría pues, que este centenario dejara una huella perdurable en el camino de vuestra comunidad y en toda la Iglesia. Preguntémonos, en la oración y en el discernimiento compartido, qué paso nos pide el Señor para vivir más fielmente el Evangelio y servir mejor a esta tierra. De esta pregunta podrán surgir opciones concretas, para llevar adelante juntos, con perseverancia. La memoria de Francisco se convertirá así en una responsabilidad acogida en el presente.
Que San Francisco interceda por la Custodia, por toda la Iglesia de Tierra Santa y por cada habitante de esta tierra. Que nos ayude a acoger lo que el Señor quiere aún realizar entre nosotros y a ofrecerle, con confianza, nuestra disponibilidad. Amén.

