4 de octubre de 2026
XXVII Domingo del Tiempo Ordinario, año A
Mt 21, 33-43
El tema de la viña es central también en el pasaje del Evangelio de este domingo (Mt 21,33-43), que presenta una parábola en la que encontramos a un propietario, a unos labradores y una viña por cultivar.
Podríamos decir que la parábola de hoy responde a una pregunta importante: ¿cómo podemos acoger y disfrutar del don de Dios en nuestras vidas? ¿Cómo puede este don hacer que nuestras vidas florezcan, sean fructíferas y den fruto?
La respuesta a esta pregunta no es obvia.
Las últimas semanas hemos encontrado a personas que, aun trabajando en la viña, no han sabido disfrutar plenamente de esta oportunidad. Los trabajadores de la primera hora, en la parábola de Mateo 20,1-16, no aprendieron a alegrarse también de la alegría de los demás y quedaron prisioneros de una lógica de justicia basada en méritos y recompensas. Otros, como en la parábola del domingo pasado (Mt 21,28-32), estaban demasiado seguros de sus propias prerrogativas religiosas como para emprender un verdadero camino hacia una renovación radical de la vida.
Hoy vemos algo similar. La parábola, dirigida a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo (Mt 21,23), habla de un hombre que posee un terreno y planta en él una viña. Luego la confía a unos labradores y se marcha a un país lejano (Mt 21,33). Cuando llega el tiempo de la cosecha, envía a sus siervos a recoger la cosecha. Los labradores, sin embargo, en lugar de entregar la cosecha, agreden a los siervos del propietario, llegando a matar a algunos de ellos (Mt 21,34-36).
Lo mismo ocurre una segunda vez. Entonces el dueño decide enviar ya no a siervos, sino a su propio hijo, pensando que a él lo respetarán. Pero no es así. Al contrario, los labradores lo matan precisamente porque es el hijo del dueño, pensando de este modo apoderarse de la herencia (Mt 21,37-39).
Todo el actuar de los labradores se basa en un autoengaño, en dos vanas ilusiones.
La primera es que sea posible adueñarse de algo al precio de la sangre de otra persona. En la Biblia, esta es la raíz de toda violencia: pensar que lo que se obtiene se le debe arrebatar a los demás. En realidad, la historia bíblica enseña que quien vive así nunca obtiene nada y que la violencia nunca es un medio para poseer algo, sino para perderlo todo.
La segunda ilusión es que la viña pueda pertenecer solo a unos pocos, sin pertenecer a todos. También aquí, la Escritura enseña que lo que es de Dios es siempre de todos y que la lógica del Reino es exactamente opuesta a la de los labradores: para poder poseer algo, hay que aceptar no tener la propiedad exclusiva y acogerlo como un don que se me da a mí como a todos los demás.
Estas dos ilusiones tienen una raíz común: un deseo sin límites, la convicción de que es necesario apropiarse de todo para vivir en plenitud. Es el pecado original que se relata en Génesis 3.
La viña, en cambio, solo da fruto si está habitada por la lógica del Hijo, que es la lógica del don. El pueblo que produce frutos —«Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos» (Mt 21,43)— no es otro grupo étnico o religioso, sino que está formado por quien acoge el don de Dios con gratitud, sin apropiarse jamás de él, y vence la violencia con un exceso de amor.
La parábola, de hecho, se abre necesariamente a una lectura cristológica. El hijo del propietario de la viña, capturado, llevado fuera y bárbaramente asesinado (Mt 21,39), es el Señor Jesús, que viene en medio de los hombres, se expone y se entrega, y es muerto por ellos.
Su muerte es vencida no con un acto de poder, sino con su propio amor, que se entrega hasta el final.
La viña vuelve a florecer no porque el dueño castigue a los labradores homicidas, sino porque el Hijo se mantiene fiel a la lógica de un amor que no quiere poseer nada, ni siquiera su propia vida. Precisamente por eso, puede seguir recibiéndola del Padre, dando frutos de comunión y de unidad para todo aquel que se arrepiente (Mt 21,32), abandona la lógica de la violencia y cree en la fuerza del amor.
+Pierbattista
*Traducido del italiano

