13 de septiembre de 2026
XXIV Domingo del Tiempo Ordinario, año A
Mt 18, 21-35
A lo largo del año, hemos visto repetidamente, hasta qué punto el problema del mal está presente en el Evangelio de Mateo.
Y, es un tema central también en el pasaje de hoy (Mt 18, 21-35), que sigue inmediatamente al del domingo pasado. El tema sigue siendo el de las relaciones y cómo vivir la fraternidad cuando se elige seguir al Señor en su camino hacia Jerusalén, en la vía de la Pascua.
El tema del perdón sigue inmediatamente al de la corrección fraterna. Esto nos dice, en primer lugar, que cuando un hermano en la comunidad comete un error, hay que ir ciertamente a buscarlo para salvar la relación con él, como vimos el domingo pasado.
Pero, más en profundidad, hay algo aún más importante para vivir juntos en la comunidad: el perdón.
El tema se introduce con una pregunta de Pedro, que pregunta a Jesús cuántas veces tendrá que perdonar al hermano ("Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano si me ofende? ¿Hasta siete veces? " - Mt 18, 21).
En este capítulo decimoctavo, que recoge el discurso de Jesús sobre la vida comunitaria de los discípulos, encontramos dos preguntas.
La primera, al principio, es la de los discípulos, que preguntan a Jesús quién es el más grande en el Reino de los cielos ("los discípulos se acercaron a Jesús diciendo: '¿Quién es el más grande en el Reino de los cielos?'" - Mt 18, 1); la segunda es la de Pedro, que encontramos en el pasaje de hoy.
Las dos preguntas dividen el capítulo en dos partes, cada una de las cuales parte de una pregunta para llegar a una parábola: la parábola de la oveja perdida en la primera parte (Mt 18, 12-14), y la del siervo
perdonado por su señor, pero incapaz a su vez de perdonar a otro siervo como él (Mt 18, 23-34), en la segunda.
Además, ambas parábolas concluyen con una frase que las resume y que, en el fondo, es la verdadera respuesta a las dos preguntas. Y en cada una de ellas, el protagonista es el Padre: «Así tampoco es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda ni uno solo de estos pequeños» (Mt 18, 14); y: «Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno de vosotros a su hermano» (Mt 18, 35).
Las preguntas de los discípulos y de Pedro no son casuales: revelan dos tentaciones fundamentales de la vida comunitaria.
"¿Quién es el más grande?" expresa la tentación de la superioridad, del rol, del mérito, de la comparación. Es la tentación del poder.
"¿Cuántas veces tengo que perdonar?", en cambio, expresa la tentación del cálculo, del límite, de la medida. Es la tentación de la dureza de corazón, de una justicia que va antes que la misericordia.
Mateo nos muestra así que una comunidad enferma cuando busca la grandeza y cuando empieza a medir el perdón. A estas dos tentaciones Jesús responde con dos parábolas que no hablan ni de grandeza ni de cálculo, sino del corazón del Padre. Son parábolas que quieren convertir la mirada del discípulo, para que aprenda a ver como lo hace el Padre. El Padre es quien no quiere que nadie se pierda; y es quien perdona una deuda impagable.
En el capítulo 18, Mateo nos dice cómo puede vivir una comunidad frágil, que conoce el mal e intenta no dejarse vencer por él. Nos dice que la comunidad nace del cuidado del pequeño y se mantiene viva gracias al perdón mutuo.
Un perdón que nunca es fácil.
La buena noticia es que somos llamados y capacitados para un perdón sin medida, «setenta veces siete» (Mt 18, 22). Pero nuestra experiencia nos dice cuán difícil es esto. A menudo somos como el siervo de la parábola: después de haber sido perdonados de una deuda inmensa, no somos capaces de perdonar ni una sola vez, ni siquiera una deuda infinitamente menor (Mt 18, 30).
Por esta razón, no se trata simplemente de comprometerse más o de hacer un esfuerzo mayor. Sabe perdonar quien conserva la memoria de lo que ha recibido. Perdona quien sabe estar en la vida como un pequeño, como alguien que lo recibe todo, cada vez, del Padre. Quien sabe que se puede perder como la oveja de la parábola y que no puede encontrar solo el camino de vuelta a casa, si el pastor, una vez más, no se pone en camino para ir a buscarlo.
Solo quien se sabe continuamente buscado, reencontrado y perdonado puede, a su vez, aprender a buscar, reencontrar y perdonar al hermano.
+Pierbattista
*Traducido del italiano

