Prot. N. (1) 580/2026
Queridos hermanos y hermanas en Cristo,
Con el inicio de la santa Cuaresma, la Iglesia nos invita a emprender un camino común de oración, penitencia y conversión, un camino que nos conducirá al corazón palpitante de nuestra fe: la solemnidad de la Pascua. Este tiempo de gracia que se nos concede es una valiosa oportunidad para purificar nuestros corazones, renovar nuestra fe y reorientar nuestras vidas hacia Dios. No es solo un tiempo de privaciones, sino una llamada a reencontrar el verdadero sentido de nuestra existencia, a volver a ese primer amor que nos abrazó en el bautismo.
En nuestra diócesis, y en particular en Jerusalén, ciudad que preserva la memoria viva de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, este itinerario espiritual adquiere un significado único y profundamente conmovedor. En Tierra Santa, donde el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, estamos llamados a seguir con particular intensidad las huellas del Salvador, para entrar más plenamente en el misterio de su amor redentor y para responder a su invitación de caminar tras Él.
La Pasión de Cristo: Camino de conversión y de misericordia
La Cuaresma es un tiempo favorable para fijar nuestra mirada en el sacrificio supremo de Jesús, que dio su vida por nuestra salvación. Como nos recuerda el Evangelio de Juan: "Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el final" (Jn 13,1). Este amor, que se extendió hasta la entrega total de sí mismo, es el fundamento de nuestra esperanza. En Cuaresma estamos llamados a meditar sobre la profundidad de este amor que no conoce límites. Seguir a Jesús significa acoger su llamada: "Niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame" (Mt 16,24). La cruz no es solo un símbolo de sufrimiento, sino el camino a través del cual experimentamos la verdadera vida.
En este contexto, todos estamos cordialmente invitados a redescubrir el sacramento de la Reconciliación, a través del cual descubrimos el rostro tangible de la misericordia del Padre. Es un encuentro de sanación y de amor. Preparémonos con un serio examen de conciencia, pidiendo al Señor que ilumine las zonas sombrías de nuestro corazón. Dejemos que la gracia de Cristo, obtenida a un alto precio en el madero de la Cruz aquí, en nuestra tierra, renueve en nosotros la belleza bautismal y nos haga testigos más libres y gozosos de su paz.
La Oración: Aliento del alma
La oración es el alma del camino cuaresmal. Es en la oración donde, como Jesús en el desierto (Mt 4,1-11), encontramos la fuerza para vencer las tentaciones y permanecer fieles al Padre. En este tiempo de gracia, se nos exhorta a cultivar con mayor asiduidad la oración personal y comunitaria. Dediquemos momentos de silencio, como Jesús en Getsemaní, para confiar a Dios nuestros esfuerzos, nuestras esperanzas y nuestros deseos de bien. Además, que la oración del rosario, se convierta en nuestra brújula diaria, en nuestro anhelo hacia el cielo. A través de los misterios del rosario recorremos junto a María la vida de Jesús, y redescubrimos la fuente de nuestra salvación.
Particular atención sea dedicada a la oración por la paz. Desde Tierra Santa, encrucijada de pueblos y religiones, elevamos a Dios una súplica insistente por la reconciliación, por el fin de toda violencia y por el don de una paz justa y duradera para todos los habitantes de esta tierra amada y atormentada. Cada día, en nuestras iglesias y en nuestros hogares, oremos para que el Señor escuche el clamor de los que sufren y les conceda la paz. "Orad sin cesar" (1Ts 5,17), nos exhorta el Apóstol, y nosotros respondemos con todo nuestro corazón.
Ayuno y Caridad: Dos alas de la misma ofrenda
Según nuestra tradición y las normas de la Iglesia, el ayuno cuaresmal tiene dos días fuertes y obligatorios: el Miércoles de Ceniza, que da inicio a la Cuaresma, y el Viernes Santo. En este período penitencial se requiere, además, la abstinencia de carne los viernes. Es recomendable también hacer abstinencia los miércoles de Cuaresma, como suelen hacer muchos fieles de Tierra Santa. El ayuno es una práctica antigua y fecunda de purificación interior. Nos ayuda a desprendernos de lo superfluo para buscar lo esencial: Dios y su Reino. Como nos advierte Jesús, el ayuno no debe ser ostentoso, sino vivido en el secreto del corazón, con humildad y sinceridad (Mt 6,16-18). Sin embargo, el verdadero ayuno que agrada a Dios va más allá de la abstinencia de comida. El profeta Isaías nos lo recuerda con fuerza: es "soltar las cadenas injustas, desatar las ligaduras del yugo, liberar a los oprimidos" (Is 58,6).
Nuestro ayuno debe realizarse mediante la caridad activa. La Cuaresma es el momento en el que la conversión a Dios abre también la mirada hacia los pobres, hacia la caridad. En cada parroquia y comunidad, es bueno organizar colectas cuaresmales especiales para los pobres de la parroquia y para quienes están necesitados. El dinero ahorrado gracias a nuestras renuncias, una comida menos, un pequeño sacrificio diario, se conviertan en una ayuda tangible para las familias en dificultad, para los desempleados, para los ancianos que viven solos, para los niños que sufren. Visitemos a los que están solo, compartamos nuestro tiempo con los enfermos. No dejemos que nuestra penitencia sea estéril, sino que la transformemos en amor que se hace cercanía, especialmente hacia los más vulnerables de nuestra sociedad, a menudo marcada por la tensión. En ellos encontramos el rostro de Cristo que nos dice: "A mí me lo hicisteis" (Mt 25,40).
Tierra Santa: Vocación a la paz y a la reconciliación
Tierra Santa, tierra de la Redención, preserva la historia de la revelación, las promesas de Dios y, sobre todo, la promesa de la paz. Sin embargo, todavía sufre las heridas del conflicto. En esta tierra santificada por la sangre de Cristo, estamos llamados a ser, ante todo, constructores de paz. Que nuestro testimonio cristiano se realice en el respeto, en el diálogo sincero y en la búsqueda incansable de la justicia. "Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios" (Mt 5,9). Que nuestra oración y nuestras obras de caridad, dirigidas a todos sin distinción, sean el signo más elocuente de nuestro compromiso con la reconciliación y por la paz.
Con la mirada puesta en la Resurrección
Hermanos y hermanas,
La Cuaresma no es un viaje sin destino. Es la peregrinación hacia la Pascua, hacia la luz invencible de la mañana de la Resurrección. Cada uno de nuestros pasos, cada sacrificio, cada gesto de caridad, está
iluminado por la esperanza de la Resurrección. Si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe (cf. 1 Cor 15,14). ¡Pero Él ha resucitado verdaderamente! Y esta certeza nos da la fuerza para caminar, para convertir nuestros corazones y para amar sin reservas, mirando hacia la alegría que nos espera.
Os acompaño con mi oración en este santo camino. Vivamos esta Cuaresma como un verdadero "kairos", un tiempo favorable de gracia. Renovemos, a través de una sincera Confesión, una oración perseverante y una caridad generosa, nuestro bautismo, nuestra alianza con Dios y nuestro compromiso fraterno en esta nuestra amada Tierra Santa.
¡Buen camino de Cuaresma a todos!
11 de febrero de 2026
+Pierbattista Card. Pizzaballa
Patriarca Latino de Jerusalén

