15 de febrero de 2026
VI Domingo del Tiempo Ordinario, año A
Mt 5, 17-37
Todo el Sermón de la Montaña está marcado por un tema importante, que utilizamos también como clave para comprender el pasaje del Evangelio de hoy (Mt 5,17-37): el tema del mal.
Es un tema más presente de lo que parecería en una primera lectura. Lo encontramos ya en las Bienaventuranzas, allí donde se habla de persecuciones y de injurias (Mt 5, 11-12).
También lo encontramos en el pasaje de hoy, donde se habla de relaciones heridas, de adulterio, de escándalo, de juramentos falsos (Mt 5, 23-36).
El tema del mal continuará estando presente a lo largo del discurso: lo escuchamos resonar al final de la oración del Padre Nuestro, donde pedimos al Padre precisamente esto, ser librados del mal (Mt 6, 13), y al comienzo del capítulo séptimo, donde se habla de pajas y de vigas que nos impiden ver con claridad fuera de nosotros mismos (Mt 7,1-5).
Y después Jesús habla de perdición (Mt 7,13), de falsos profetas que son lobos rapaces (Mt 7,15), de árboles y de malos frutos (Mt 7, 17-19), de los que obran con iniquidad (Mt 7,23). Finalmente, el largo discurso de Jesús, concluye con una imagen de destrucción: "Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y se abatieron contra aquella casa, y esta cayó y su ruina fue grande" (Mt 7,27).
El tema del mal, por tanto, no es un tema secundario en el pensamiento de Jesús. La nueva vida, inaugurada con la llegada del Reino de Dios, es una vida que debe, de alguna manera, rendir cuentas con este aspecto de la vida que nos afecta a todos, para encontrar un modo nuevo de afrontarlo y superarlo.
En este discurso, Jesús no habla del mal en términos abstractos: no hace un discurso filosófico, no habla de ello en términos generales. Jesús mira el mal que nace en el corazón del hombre y que se convierte en gestos, decisiones, palabras concretas. Gestos, decisiones y palabras que socavan las relaciones desde la raíz, que dificultan las relaciones entre las personas.
Jesús, además, anuncia que no ha venido a abolir la Ley y los Profetas, sino a darles cumplimiento. La Ley había sido dada a Israel para que custodiara la vida y las relaciones fundamentales que la componen: la relación con Dios, ante todo, y en consecuencia la relación entre los hombres. Jesús no solo no la abolió, sino que subraya repetidamente que no puede conformarse con una observancia externa, que no surtiría ningún efecto. Al contrario, pide una justicia superior que vaya a buscar el mal allí donde se concibe, para empezar a combatirlo de inmediato, antes de que se apodere del corazón del hombre ("Porque os digo que, si vuestra justicia no supera a la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos" Mt 5,20).
En las conocidas antítesis —"Habéis oído que se dijo... pero yo os digo..."— que encontramos repetidamente en el pasaje, Jesús relee los mandamientos fundamentales, que están en la base de las relaciones entre personas, y muestra lo que sucede cuando se deja crecer el mal en el corazón del hombre: el homicidio nace de la ira, el adulterio de la mirada que posee, la mentira de la palabra que manipula.
El mal nace como una semilla, de algo pequeño que no quiere despertar sospechas: un impulso de ira, una mirada, una palabra... Pero después crece, hasta romper lo más precioso que posee el hombre, que son las relaciones. Y mientras que crece, por el contrario, sufre un proceso de reducción: el otro es reducido a objeto, la palabra es reducida a una herramienta manipuladora.
De esta manera, en realidad, incluso la Ley es de algún modo "reducida": ya no es la vía que permite custodiar la relación con Dios y con nuestros hermanos, sino una regla que observar para sentirse en paz con uno mismo.
Pero Jesús, como siempre, no se limita a revelar el mal, a sacarlo a la luz. Hace algo más: inicia un proceso de curación y salvación.
No combate el mal desde el exterior, sino desde la raíz, en el corazón. El cumplimiento de la Ley y los Profetas, de hecho, es el don de un corazón nuevo (Ez 36), capaz de observar la Ley no por formalismo, sino por amor y en libertad.
Para ello, Jesús indica un camino sencillo, que encontramos en estas palabras: "Pero yo os digo" (Mt 5,22.28.31).
No se trata de un mandamiento más exigente, sino de una invitación a volver a la fuente, allí donde el hombre escucha de nuevo la verdad a la que es llamado, la del plan original que Dios tiene sobre él y que las Bienaventuranzas han revelado nuevamente.
Y vuelve para elegir la belleza de las buenas relaciones, de las palabras verdaderas, de un corazón pobre y unificado.
+Pierbattista

