4 de julio de 2026
XIV Domingo de Pascua, año A
Mt 11, 25-30
En algunos pasajes del Evangelio de Mateo, como en los demás Evangelios sinópticos, se nos da a escuchar la voz del Padre que se dirige al Hijo y le revela lo que le importa, aquello en lo que se complace.
Al Padre le importa el Hijo, el Hijo amado que ha elegido libremente tomar sobre sí la condición humana, de compartir sus limitaciones. Y así el Padre, cada vez que mira al Hijo y se complace en Él, ve también a toda la humanidad: la mira con el mismo amor con que mira al Hijo.
Hoy, en el pasaje que leemos en este XIV Domingo del Tiempo Ordinario (Mt 11,25-30), escuchamos en cambio la voz del Hijo que se dirige al Padre. Y también Él dice lo que le importa, en qué se complace.
El Hijo se complace por el estilo con que el Padre se revela al mundo, por el hecho de que el Padre no se revela a los grandes, a los poderosos, sino a los pequeños (Mt 11,25-26).
El Padre se revela a los pequeños, a los pobres, a quien no ha hecho nada para merecerlo y no puede devolver nada a cambio, para que el don que el Padre hace de sí mismo pueda resplandecer en toda su misericordia y su gratuidad.
En todo el Evangelio, podemos observar esta mirada de Jesús, y verla confirmada por los hechos: los pequeños, en efecto, son siempre los primeros en entender, los últimos en escandalizarse, los más libres al recibir, los más capaces de ser amados.
Sin embargo, en el momento en que Jesús se alegra por cómo el Padre se revela, en realidad Jesús se está revelando a sí mismo. ¿En qué sentido?
En el sentido de que, precisamente en este pasaje, contemplamos, en el corazón del Señor, la capacidad de alegrarse por un don que el Padre hace no a Él, sino a los demás.
Es la alegría del Hijo que se regocija al ver el amor del Padre.
Esta capacidad de alegrarse por el bien de los demás revela la calidad de la relación entre Jesús y el Padre: el Hijo no es celoso de la revelación dada a los pequeños, no se preocupa por el hecho de que otros reciban lo que Él ya posee, no teme perder nada. ¡Todo lo contrario!
Su identidad está tan arraigada en el Padre que puede alegrarse cuando el Padre se entrega en otro lugar.
Es la libertad de los hijos, que no retiene la gracia, sino que la celebra dondequiera que florezca.
Jesús no solo acepta la revelación del Padre a los pequeños, lo considera motivo de alabanza.
En este punto se abre la segunda parte del pasaje de hoy (Mt 11, 28-30).
En la primera hemos visto al Hijo dirigirse al Padre, en una actitud de gratuidad, donde el Hijo ha demostrado su completa armonía con el Padre.
Ahora, sin embargo, sin solución de continuidad, Jesús se dirige a los discípulos con una invitación: «Venid a mí… aprended de mí… encontraréis descanso».
El paso es natural porque lo que Jesús recibe del Padre, inmediatamente lo devuelve; lo que en el Padre contempla, lo transforma en invitación; y lo que vive en la relación trinitaria, lo abre como espacio de comunión.
El movimiento hacia los hermanos no es más que un fruto de lo que el Hijo vive en su relación con el Padre: no nace de un deber, sino de una sobreabundancia de amor.
No son, por tanto, dos oraciones paralelas. Son una única corriente que fluye del Padre a los hermanos a través del corazón del Hijo: Jesús recibe del Padre la revelación de los pequeños, e inmediatamente la entrega a los pequeños como descanso. El paso es inmediato: de la alabanza al Padre a la invitación a los discípulos.
Tres verbos marcan el movimiento: venir, tomar el yugo, aprender.
«Venid a mí»: es el primer paso del discípulo, el de mover el corazón hacia el Señor, dirigirse a Él para recibir vida.
«Tomar mi yugo», no en el sentido de tomar sobre sí una carga adicional. El yugo no es una carga, sino la relación que une a dos personas.
Y, finalmente, «aprended de mí», es decir, dejad que mi corazón filial os forme, entrad en mí misma reacción de amor con el Padre, porque solo esto puede liberar el corazón de toda dureza.
Tres pasos que no son un mandato, sino la invitación a una relación que promete "descanso", el descanso de quien recibe la vida que el Padre da al Hijo y que el Hijo nos da a nosotros.
+Pierbattista
*Traducido del italiano

