12 de julio de 2026
XV Domingo del Tiempo Ordinario, año A
Con el pasaje del Evangelio de hoy (Mt 13,1-23) comenzamos la lectura del tercer discurso recogido por el evangelista Mateo, un discurso que reúne siete parábolas de Jesús, todas centradas en un único tema: el Reino de los Cielos.
Jesús no define qué es el Reino; más bien lo describe, lo explica, y lo hace con parábolas diferentes, que ponen de relieve sus diversos aspectos, las dinámicas que sostienen su misterio y su desarrollo.
La parábola que leemos hoy es la primera y la más larga, y es la parábola del sembrador: un sembrador sale a sembrar y esparce su semilla en diferentes tipos de tierra, que acogen la semilla en mayor o menor medida y, en consecuencia, dan fruto o no.
El gran riesgo de esta parábola es que puede interpretarse de manera moralista: que cada persona se detenga a reflexionar, se identifique con un tipo de tierra y luego intente comprender cómo convertirse en tierra buena.
Pero esta lectura no respeta el texto de la parábola, que tiene como protagonista no tanto a los diferentes tipos de tierra, sino al sembrador y, junto con él, a la semilla. El punto decisivo del texto no es la calidad de la tierra, sino la generosidad del sembrador, su originalidad.
Son precisamente estas características, su generosidad y su originalidad, las que nos hablan del Reino de Dios.
Nos detenemos, por tanto, en algunas actitudes de este singular sembrador.
En primer lugar, el sembrador sale a sembrar y no elige la tierra a la que confia la semilla; no se cansa de sembrar incluso en los lugares que parecen estériles.
No evita el camino, ni las piedras, ni las espinas. No selecciona, no calcula, no optimiza.
Y esto es porque la Palabra no juzga la tierra: la visita.
Y cuando ve que en los diferentes tipos de tierra la semilla no da fruto, el sembrador no cambia de estrategia: sigue sembrando por todas partes.
Y esto es porque no es la Palabra la que se adapta a la tierra, sino más bien lo contrario, como intentaremos ver: es la Palabra la que transforma la tierra.
Esto es fundamental: si el sembrador hiciera depender su trabajo de la tierra, solo sembraría en la tierra buena; en cambio, siembra por todas partes, y realiza el mismo gesto en cada tipo de tierra, incluso en la estéril.
Una primera respuesta a esta anomalía podría ser que el fruto no depende de la tierra, sino de la fuerza de la semilla. Pero esta respuesta no está respaldada por el texto, que dice claramente que algunos tipos de tierra, que no acogen la semilla por mil motivos, al final no dan fruto.
Pero entonces, ¿por qué sembrar por todas partes? Porque la semilla del Reino es precisamente esto: es el anuncio de un Dios que habla a todos; es la buena noticia de que Su Palabra es una semilla de vida para todos, no solo para algunos. No hay privilegiados ni descartados.
Esta es la belleza del Reino, su fuerza: el hecho de ser Palabra de Dios para todos, incluso para los pobres, los pecadores y los más humildes.
Y es precisamente el anuncio de un Sembrador así, de un Dios así, lo que hace nacer en todos, el deseo de acoger su Palabra, porque es una Palabra de compasión y de misericordia, para todos.
Y, por lo tanto, existe para cada tipo de tierra la posibilidad de transformación, porque la tierra —es decir, el corazón del hombre— no es un lugar estático, sino dinámico: puede cambiar, y cambia cuando uno es alcanzado por una Presencia que es compasión gratuita, que es amor.
Prueba de la veracidad de esta lectura cristológica y no moralista de la parábola es el versículo final: "Quien escucha da fruto al ciento, al sesenta, al treinta por uno" (cf. Mt 13, 8.23).
Incluso la tierra buena, no da fruto de la misma manera, sino al ciento, al sesenta o al treinta. Y, sin embargo, sigue siendo una tierra buena. En el lenguaje bíblico, "buena" no significa perfecto, ni uniforme, ni estandarizada. Significa disponible a la Palabra, capaz de acogerla, abierto a la transformación. La tierra buena es tierra humilde.
La relación con Jesús no produce copias, sino personas únicas, verdaderas, cada una con su propia historia y su propia fecundidad.
Y el Señor acoge la diversidad como lugar revelador del Reino: la variedad de los frutos ya es manifestación de la vida del Resucitado, que nunca se repite de la misma manera.
La parábola, por lo tanto, no enseña que tengamos que ser tierra buena, sino que la tierra buena no es tanto un punto de partida como un punto de llegada, dentro de un movimiento que nos libera, que no exige una respuesta perfecta, que nos abre a la vida.
+Pierbattista
*Traducido del italiano

