Misa de Despedida de Mons. Adolfo Tito Yllana
Jerusalén, 12 de marzo de 2026
Jer 7,23–28; Lc 11,14–23
Tiempo de plenitud y agradecimiento
Excelencias,
hermanos y hermanas en el Señor,
¡Que el Señor os conceda la paz!
Nos reunimos en esta Eucaristía para vivir un momento de gracia intenso y, en cierto modo, "bipolar": es el momento de acción de gracias y de despedida. Es el momento en que se cierra un capítulo importante del servicio de Mons. Adolfo Tito Yllana como Nuncio Apostólico en Israel y Delegado Apostólico en Jerusalén y Palestina.
Las lecturas de hoy, que no hemos elegido nosotros, sino que la liturgia nos ofrece en este día de la semana, resultan de una providencial actualidad para interpretar este pasaje. Nos hablan de la escucha, de la lucha espiritual y de la necesidad de elegir de qué lado estar. Y nos ayudan a interpretar el ministerio del Nuncio, que es exactamente esto: un servicio a la escucha de la Palabra y una acción para sostener al pueblo de Dios en nombre del Santo Padre, incluso en una tierra tan compleja y fascinante como Tierra Santa.
1. El esfuerzo de la escucha y el consuelo de la fidelidad (Jer 7,23-28)
El profeta Jeremías nos introduce en un diálogo dramático entre Dios y su pueblo. Dios dice: «Escuchad mi voz, y yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo». El mandato es claro: recorrer el camino que Dios indica, mirando hacia adelante con confianza. Sin embargo, el pueblo no escucha, "procede según la terquedad de su malvado corazón" y, como dice el texto, con gran belleza, "en lugar de avanzar, retroceden" (Jer 7,24). Miran hacia atrás, lamentan un pasado que también fue de esclavitud, porque el desierto de la libertad da miedo.
Mons. Yllana, durante 42 años al servicio diplomático de la Santa Sede, ha representado a un hombre, el Papa, símbolo viviente de ese "caminar hacia adelante". El Nuncio no es solo un diplomático; es
quien, en tierra extranjera, debe mantener viva la voz del Santo Padre, de la Iglesia, incluso cuando esta voz es incómoda, incluso cuando –como Jeremías– uno tenga la impresión de que "no escucharán" (Jer 7,27).
En estos años en Tierra Santa, Excelencia, ha experimentado lo difícil que es la profecía de la escucha. En una tierra desgarrada por conflictos, heridas e incomprensiones, donde a menudo las partes "endurecen la cerviz" y la "verdad parece haber desaparecido" (cf. Jer 7,28), su tarea ha sido tejer pacientemente relaciones, mantener abierto el diálogo, y asegurar que la voz del Evangelio y de la razón no quedara ahogada por el ruido de las armas o la terquedad de los prejuicios.
Hoy, al concluir su servicio, esta lectura nos ofrece consuelo: el profeta no es juzgado por el éxito, sino por la fidelidad. Usted ha anunciado, ha llamado, ha testimoniado. Ahora el Señor dice a su siervo: «He visto tu trabajo, ahora pronuncia sobre ellos una palabra de despedida, confiándolos a mi misericordia». El resto lo hace Dios.
2. El «dedo de Dios» en una tierra dividida (Lc 11,14-23)
El Evangelio de Lucas nos lleva al corazón de la misión de Jesús y, por extensión, al corazón del ministerio de un Nuncio en Tierra Santa.
Jesús expulsa un demonio que deja mudo a un hombre. Los fariseos, cegados, no pueden negar el milagro, pero atribuyen su origen a Satanás. Jesús desenmascara esta lógica perversa: «Todo reino dividido contra sí mismo, cae en ruina» (Lc 11,17).
Este es el punto. Observemos la Tierra donde celebramos esta Misa de despedida. Es una tierra que aparece trágicamente "dividida en sí misma". El conflicto israelí-palestino es la herida más evidente. Pero hay divisiones internas, sospechas, muros físicos y espirituales. Y, sin embargo, en este Evangelio, Jesús reivindica sus acciones no como obra de división, sino como señal del "dedo de Dios". «Si yo expulso los demonios con el dedo de Dios, entonces el reino de Dios ha llegado a vosotros» (Lc 11,20).
En estos años, Excelencia, usted ha sido testigo y promotor de tantas señales del "dedo de Dios". A pesar de las tensiones diplomáticas
entre la Santa Sede e Israel, a pesar de las difíciles coyunturas políticas, la Iglesia en Tierra Santa continúa viviendo. Las escuelas católicas, los hospitales, las parroquias, los diálogos interreligiosos son la prueba de que el Reino de Dios está actuando. Son la prueba de que existe uno "más fuerte" (Lc 11,22) que ya ha vencido al mundo y que continúa "repartiendo el botín", es decir, difundiendo los dones de la salvación.
El Nuncio es ese "siervo" que, en primera línea, busca proteger y alentar estas realidades. Sabe que aquí no hay neutralidad: «El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama» (Lc 11,23). Ser Iglesia en Tierra Santa significa "reunir", no dispersar. Significa ser instrumentos de unidad donde el mundo siembra división. Y por ello, el agradecimiento de la Iglesia local a quien ha desempeñado esta delicada tarea es de justicia y necesidad.
3. Despedida y esperanza: una mirada más allá del propio horizonte
Mons. Yllana, hoy deja este cargo. Lo hace "al alcanzar el límite de edad", como establece la ley de la Iglesia. Pero para un creyente, y para un Obispo, no se trata de una simple jubilación. Es una Pascua, un paso.
La primera lectura hablaba de un pueblo que "iba hacia atrás". Nuestra mirada, en cambio, debe estar dirigida hacia adelante. Su servicio termina aquí, pero su misión en la Iglesia continúa. El Seminario, la Academia, las Nunciaturas en Papúa Nueva Guinea, Pakistán, Congo, Australia: todo esto ha sido un gran "recoger" con Cristo.
Hoy, mientras baja de esta montaña (como los discípulos con Jesús), se lleva consigo la experiencia de haber tocado con la mano el "dedo de Dios" en una de las tierras más bellas y complejas del mundo.
Nosotros nos quedamos. Y en nombre de esta comunidad, de esta Iglesia que vive en Israel y Palestina, queremos decirle las gracias.
Gracias por haber escuchado, por haber hablado, por haber guardado silencio cuando fue necesario.
Gracias por haber representado a ese "más fuerte" que es Cristo, defendiendo a los débiles, alentando a los pequeños, estando cerca de los pastores y del rebaño. Gracias por no haberse cansado nunca de "reunir", incluso cuando era más fácil dejar que se dispersaran.
Encomendemos ahora a Mons. Adolfo Tito Yllana a la Virgen María, "Reina de Palestina" e "Hija de Sión", aquella que más que nadie, ha "escuchado la voz del Señor y la ha custodiado". Que María lo acompañe en su camino.
Y para nosotros, que nos quedamos en esta "encrucijada de paz", pedimos la fuerza de no mirar atrás con miedo, sino para seguir caminando, con esperanza, hacia la plenitud del Reino, seguros de que el "dedo de Dios" no ha abandonado esta tierra.
Buen camino, Excelencia, y que el Señor le dé la alegría de verlo cara a cara, a Él, que es la Verdad que nunca pasa. Amén

