Coronación de Espinas de Jesús
Jerusalén, Convento «Ecce Homo», 20 de febrero de 2026
Is 52,13-15; 53,1-6; Mt 27,27-31
Queridos Hermanos y Hermanas,
La imagen de Cristo Coronado de Espinas, el «Ecce Homo», que celebramos hoy, es una de las más difíciles de comprender, pero también una de las más significativas de nuestra tradición. No es solo un momento de crueldad en la Pasión, sino la revelación del rostro de Dios y del hombre.
El camino del Antiguo Testamento es un camino hacia un Rostro. El corazón del creyente anhela ver el rostro de Dios: «Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo: ¿Cuándo vendré y contemplaré el rostro de Dios?» (Sal 42,3). Moisés habla con Dios «cara a cara» (Ex 33,11), pero cuando pide ver Su Gloria, la respuesta es clara: «No podrás ver mi rostro» (Ex 33,20). El rostro de Dios permanece oculto. El rostro es demasiado. Es el exceso de ser, de santidad, de amor, lo que el hombre caído no puede soportar. La Ley, los Profetas, la Sabiduría son Sus rasgos borrosos. El rostro de Dios es el gran deseo de todo hombre, y la antigua petición permanece: «Que brille tu rostro y nos salve» (Sal 80,4).
Con la Encarnación, el deseo se hace realidad. «A Dios nadie lo ha visto jamás; el Hijo unigénito, que está en el seno del Padre, él lo ha dado a conocer» (Jn 1,18). En Jesús de Nazaret, el rostro de Dios tiene nariz, ojos, boca. Sonríe a los niños, se conmueve por la multitud, se indigna ante la hipocresía, llora por su amigo muerto. Es un rostro humano, familiar, accesible. Es un Dios comprensible, cercano, «a nuestra medida». Podríamos, entonces, sentir la tentación de detenernos aquí. Pero la Coronación de Espinas descrita en el Evangelio de hoy (Mt 27,27-31), nos lleva más allá. Es una parodia que, por ironía divina, se convierte en revelación de una verdad más profunda. Es el momento en que Dios nos muestra otro aspecto de Su rostro, no en la gloria, como Moisés habría querido, sino en el sufrimiento y la humillación. Esta es la paradoja del rostro de Dios.
El Evangelio nos describe algunos rasgos distintivos de este rostro.
La corona: Símbolo real, pero hecha de espinas, signo de la maldición de la tierra después del pecado (cf. Gn 3,18). He aquí el Rey que asume sobre sí la maldición del mundo. Su reino no se funda en el poder que aplasta, sino en el amor que se deja traspasar. Su majestad está en la humildad, Su fuerza está en la vulnerabilidad.
El rostro desfigurado: Isaías había profetizado el Siervo Sufriente: «Su aspecto estaba desfigurado, no parecía un hombre» (Is 52,14). El rostro de Dios ya no es el del maestro amable, sino el del inocente torturado, del justo escarnecido.
Hoy reconocemos el rostro de Cristo en aquellos que sufren y son humillados, física, espiritual o socialmente. Cuando contemplamos a Cristo escarnecido, no nos encontramos ante un simple recuerdo del pasado, sino que vemos un reflejo que brilla hoy en todos los que sufren, en la pobreza, en la enfermedad, en los lugares de conflicto. Cada acto de deshumanización, cada vez que se desfigura el rostro del hombre, realizamos un acto contra Dios, mientras que cada restitución de la dignidad se convierte en un acto de adoración.
El «Ecce Homo»: «¡He aquí el hombre!» (Jn 19,5). Es el nombre que damos a este Lugar. Pilato, sin saberlo, proclama una verdad teológica. En aquel hombre, flagelado y coronado de burlas, reside la plenitud de la humanidad. Puesto que en Él la humanidad y la divinidad están unidas, Pilato también muestra el rostro de Dios. «¡He aquí vuestro Dios!» podríamos decir. El Dios que se ofrece no está en el poder, sino en el total despojo de sí mismo (cf. Flp 2,7).
En ese momento, Jesús guarda silencio. No responde a las burlas, no desenmascara las mentiras con argumentos, no desata legiones de ángeles. Su silencio es elocuente. Es el silencio del Amor que no responde al odio con más odio, a la violencia con más violencia. Es el silencio que absorbe el mal, lo engulle en su abismo de misericordia y lo desarma. En ese silencio, Dios está revelando su «poder» más grande: la capacidad de perdonar, de transformar el veneno en medicina mediante la compasión. Es el silencio que nos invita a nosotros, sus discípulos, a un cambio existencial: a responder al mal no con venganza, sino con perdón creativo; a la injusticia no solo con la protesta, sino con el testimonio sacrificial.
La Pasión, sin embargo, no es la última palabra. La corona de espinas es reemplazada por la corona de gloria de la Resurrección. Pero las heridas permanecen. Cristo resucitado mostrará a Tomás sus llagas (Jn 20,27). Esas heridas, esas marcas de la corona, no han sido borradas; han sido transfiguradas. Se han convertido en los sellos permanentes del amor, los canales a través de los cuales fluye la vida divina para el mundo. Nos dicen que Dios no ha «evitado» el sufrimiento humano, lo ha atravesado y lo ha redimido. Su Rostro glorioso lleva para siempre los signos de su amor extremo. Y así es también para nosotros: nuestras «espinas», si se unen a las suyas, no serán borradas, sino que pueden ser transfiguradas en instrumentos de compasión y en lugares de encuentro con Él.
Queridos,
Contemplar el Rostro de Cristo Coronado de Espinas es un acto que nos transforma. Transforma nuestra idea de Dios: Ya no un Dios lejano e impasible, sino el Dios-con-nosotros, que clama en medio del sufrimiento del mundo y lo redime desde dentro. Transforma nuestra mirada hacia los demás: Aprendemos a ver el rostro de Cristo en cada rostro humillado, sufriente, marginado. La corona de espinas está puesta sobre la cabeza de cada ser humano rechazado. Transforma nuestra mirada sobre nosotros mismos: Nuestras humillaciones, nuestro sufrimiento interior, los momentos en que nos sentimos ridiculizados o inútiles, no son signos de nuestro fracaso, de nuestra lejanía de Dios. Pueden, en cambio, convertirse en el lugar privilegiado donde podemos encontrar Su Rostro más de cerca, con autenticidad, sin máscaras.
Llevemos, pues, a este Santo Rostro nuestras incertidumbres, para que Él, el Burlado, nos dé la fe pura. Nuestro esfuerzo para esperar contra toda esperanza, para que Él, el Abandonado, nos infunda una esperanza sólida. Nuestro corazón endurecido, para que Él, de cuyo costado traspasado manó sangre y agua, lo convierta en un corazón de carne, capaz de compasión.
«¡He aquí el Hombre! ¡He aquí vuestro Dios!». Contemplándolo, seremos transformados a su imagen, de gloria en gloria, pasando por la cruz, hasta alcanzar la luz sin ocaso de la Resurrección.
+Pierbattista Card. Pizzaballa
Patriarca Latino de Jerusalén

