Homilía para la Solemnidad de la Anunciación del Señor
Nazaret, 25 de marzo de 2026
Isaías 7,10-14; Salmo 39; Hebreos 10,4-10; Lucas 1,26-38
Queridos hermanos y hermanas,
¡Que el Señor os dé la paz!
Siempre es un momento especial encontrarse aquí, en este lugar. Estamos a pocos pasos de aquella casa, de aquel seno, donde lo infinito se hizo finito, donde el Verbo eterno aprendió a hablar y creció «en sabiduría, en madurez y en gracia ante Dios y los hombres» (Lc 2,52).
Hoy, nuestro encuentro está marcado por un silencio particular. Las calles de Nazaret están más tranquilas, el eco de los pasos de los peregrinos casi parece un recuerdo, y el peso de estos meses de guerra, de luto y de divisiones pesa fuertemente sobre nuestros corazones. Una vez más, nos encontramos en una situación de emergencia, que no nos permite grandes congregaciones ni celebraciones festivas.
Sin embargo, es precisamente en este silencio lleno de lágrimas donde la Palabra de Dios irrumpe hoy con un poder sin precedentes. Hoy, más que nunca, necesitamos aprender de la Virgen de Nazaret el arte, oculto, pero crucial, de leer la historia a través de los ojos de Dios.
La primera lectura nos presenta a un rey, Acaz, paralizado por el miedo. Su reino tiembla ante las amenazas enemigas. Dios, con infinita paciencia, le dice: «Pide una señal, desde lo profundo del infierno o desde las alturas de los cielos» (Is 7,11). Cualquier señal, con tal de alcanzar ese corazón cerrado. Pero Acaz se niega, escondiéndose detrás de una falsa piedad: «No quiero tentar al Señor» (Is 7,12). En realidad, su negativa es la respuesta de quien ya ha decidido no confiar. Prefiere aferrarse a sus frágiles alianzas políticas, a sus estrategias humanas, en lugar de abrirse a la imprevisibilidad de Dios.
Pero Dios no se rinde. La señal llega de todos modos, gratuita y escandalosa: «He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emanuel, Dios-con-nosotros» (Is 7,14). Hoy, aquí, esa señal ya no es una palabra profética lejana. Esa señal tiene un rostro, un nombre, una historia. Esa señal es María, y ese hijo es Jesús, Emanuel, Dios-con-nosotros.
En un contexto mucho más duro que el de Acaz – opresión romana, pobreza, una aldea perdida – Dios no envía un ejército acorazado, no envía un rey poderoso. Envía un ángel a una joven. Su estrategia es siempre la misma: la debilidad, la humildad, la discreción. Porque solo así la libertad del hombre puede encontrarlo sin ser aplastada.
El Evangelio de Lucas nos describe la atmósfera de aquel encuentro. El ángel Gabriel entra en la casa de María, y sus palabras conmueven los cielos y la tierra: «Concebirás un hijo, darás a luz y lo llamarás Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo» (Lc 1,31-32).
Ante este anuncio, María no es la estatua de cera que a veces imaginamos. Lucas es atento al describir su profunda humanidad: «Se turbó mucho y se preguntaba qué sentido tenía un saludo así» (Lc 1,29). Su inquietud es la de alguien llamada a dar un salto mortal, pero hacia adelante, con confianza. Luego, llega la pregunta que es la piedra angular de toda la historia de la salvación: «¿Cómo será esto?» (Lc 1,34).
María no dice "no lo creo". No dice "es imposible". Dice: "¿Cómo? ". Es la pregunta de la razón que busca comprender, del realismo que no se pierde en sueños. María sabe bien que «no conoce varón» (Lc 1,34). Y la respuesta del ángel no es un proyecto político, no es una tranquilidad mundana. Es el anuncio de una presencia, de un poder que viene de lo alto: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti» (Lc 1,35). Y el argumento final, el que disipa toda sombra de temor, es el eco de la promesa hecha a Abraham: «Nada es imposible para Dios» (Lc 1,37).
Detengámonos un instante en esta frase "nada es imposible para Dios". Aquí, en esta basílica, resuena como una palabra que fascina. Pero pronunciado en nuestros hogares, en los refugios, en los hospitales donde lloramos a nuestros muertos, parece casi algo lejano a nuestra experiencia. ¿Cómo podemos repetir que nada es imposible para Dios cuando los misiles desgarran el silencio de la noche, cuando todo a nuestro alrededor habla de muerte, cuando nuestras comunidades cristianas en Tierra Santa son tentadas por el desaliento y la emigración? ¿Cómo podemos hablar de "llena de gracia" cuando la vida está llena de fatiga?
La respuesta, la única respuesta posible, nos la da María. Su alegría no es la alegría despreocupada de quien ignora el dolor. La alegría de María es la alegría profunda y arraigada de quien, incluso en la oscuridad más densa, decide confiar en Dios. Su "sí" no se pronuncia en un jardín florido, sino en el corazón de un mundo desgarrado como el nuestro.
Ella sabía lo que le esperaba. Un "sí" que la llevaría directamente a un embarazo incomprendido, al riesgo de ser lapidada, al desconcierto de José, a un parto en un establo, a una huida precipitada a Egipto para salvar a ese Niño de otro rey sanguinario, Herodes. María dijo "sí" no a un éxito terrenal, sino a un proyecto de amor que pasaba por el dolor, el exilio y, un día, el Calvario. Su "sí" es ya todo el camino de la cruz, pero también toda la luz de la resurrección.
Y nosotros, hoy, aquí en Tierra Santa, estamos llamados a vivir este mismo misterio. La situación que vivimos –con las heridas abiertas de la guerra, las divisiones que desgarran el tejido social, la incertidumbre del mañana– es nuestro "Nazaret". Es aquí, en esta realidad despojada y turbulenta, donde Dios nos pide generar a Cristo. Nuestra comunidad, la parroquia de Nazaret, toda nuestra Iglesia de Tierra Santa, está llamada a ser como María: un vientre que acoge la vida a pesar de todo, un corazón que no se cierra en el miedo, y que genera vida.
La tentación es siempre la misma que la de Acaz: confiar exclusivamente en nuestras estrategias humanas, o pensar que ya no hay esperanza, que nada se puede hacer para cambiar este mundo. La tentación es permanecer en la lógica mundana, de responder al odio con odio, de deshumanizar a quien tenemos enfrente. Pero la escuela de Nazaret nos enseña otro camino: el de la escucha, del silencio, de la vida doméstica. Es la escuela del Evangelio (Cf. Pablo VI, Homilía en Nazaret).
«He aquí, yo vengo», dice Cristo al entrar en el mundo. Su «venir» es un «escuchar» al Padre. Y María, al escuchar, hace espacio a la Palabra. Escuchar significa, en nuestras familias atribuladas, encontrar tiempo para escuchar los temores de nuestros hijos y el cansancio de nuestros ancianos. Significa, como Iglesia, saber leer en los signos de los tiempos, incluso en los más dramáticos, la llamada a una conversión más profunda. Significa también tener el coraje de no cerrar nuestro corazón a la desconfianza, y seguir creyendo en la posibilidad de encuentro con todos en una tierra devastada por tanta violencia y división.
Queridos hermanos,
La realidad no está hecha solo de maldad. En esta realidad, entre los escombros, todavía está la presencia de Dios. Hay madres que tienen esperanza, padres que trabajan, niños que juegan, ancianos que rezan. Hay cristianos que eligen quedarse, amar, perdonar. Es allí donde encontramos a Dios.
Esta es nuestra misión: ser aquellos que, en la oscuridad de la guerra, saben cómo ver los brotes de la presencia de Dios. Ser pacificadores no con declaraciones abstractas, sino con la concreción cotidiana de quien, como María, acepta llevar el mundo en su propio seno –con todas sus contradicciones, sus dolores y sus bellezas– y de sufrirlo, para transformarlo desde dentro solo con la fuerza del amor.
Hoy, aunque pocos, en nombre de toda nuestra Iglesia y de los cristianos de todo el mundo, queremos también nosotros renovar nuestro «sí» a Cristo, nuestra decisión de estar con Él y de seguir sus pasos.
Hoy nos encomendamos a la Virgen de Nazaret, al corazón de una Madre, y junto con ella y a su intercesión, encomendamos a nuestra Iglesia de Tierra Santa:
Tú que conociste el desamparo y el temor, concédenos el valor del «sí». Ayúdanos a no huir de esta realidad, sino a vivirla hasta el final, seguros de que para Dios nada es imposible. Ayúdanos a ser Iglesia que escucha, comunidad que acoge, familias que no se cierran. Haz que, como tú, podamos llevar a Jesús – Emmanuel, Dios-con-nosotros– en medio de este mundo asustado. Que nuestra vida, aquí en Nazaret y en toda la Tierra Santa, se convierta en esa señal de esperanza, esa pequeña flor que brota entre los escombros, para anunciar a todos que el Amor es más fuerte que la muerte y que la Palabra hecha carne sigue habitando entre nosotros.
Amén.
+Pierbattista Card. Pizzaballa
Patriarca Latino de Jerusalén

