8 de marzo de 2026
III Domingo de Quaresma, año A
Jn 4, 5-42
Entramos en el pasaje evangélico que narra el encuentro entre Jesús y una mujer de Samaria (Jn 4,5-42) a través de un detalle que encontramos en el versículo 6, donde leemos que Jesús esta fatigado por el viaje. Este término, fatigado, aparece varias veces en el pasaje, al final, cuando Jesús habla con los discípulos y les dice que los ha enviado a cosechar aquello por lo que ellos no se han fatigado. Alguien más se ha fatigado, y ellos han tomado el relevo de esta fatiga que otros han hecho (Jn 4,38).
La fatiga, de la que habla Jesús, está ligada al trabajo misionero, y es un término que, con este significado, se repite a menudo en la literatura paulina, donde Pablo describe su ministerio como un trabajo, en el cual él se esfuerza sin fatigarse (1Cor 15,10; Col 1,29…).
Esta referencia nos ayuda a comprender de qué cansancio habla el evangelista Juan, refiriéndose a Jesús.
Jesús está cansado no solo por el viaje que está realizando de Judea a Galilea. Hay otro viaje que Jesús está recorriendo, y es el que ha comenzado en el seno del Padre para venir entre nosotros (Jn 1,14).
Es un viaje largo y fatigoso, porque la humanidad que Jesús busca en su viaje está perdida y se ha alejado.
Esta humanidad perdida la contemplamos hoy en la figura de la Samaritana. Ella también está de viaje.
De hecho, todos los días, va al pozo a sacar agua, sin que nunca este viaje logre procurarle un agua que la sacie definitivamente. Es un viaje que se repite siempre igual, un viaje que la fatiga, del que anhela ser liberada, como ella misma pide a Jesús: "Dame de esa agua, para que ya no tenga más sed y no siga viniendo aquí a sacarla" (Jn 4,15). Es una búsqueda fallida, es un gesto que se repite sin saciar nunca su sed.
Pero esta sed es también símbolo de su propia vida. Inmediatamente después de esta petición, aparentemente sin una continuidad lógica, Jesús introduce en el diálogo un tema más personal (Jn 4,16-17), el que concierne a la vida emocional de la mujer, sus cinco maridos.
Y descubrimos que su vida afectiva es como el viaje que la lleva cada día al pozo: una repetición que no le ha dado vida, una búsqueda continua del amor sin que haya logrado encontrarlo realmente, hasta el punto de que ahora vive con un hombre que no es su marido. Es una mujer que se ha rendido.
Este es el destino al que llega el viaje de la humanidad herida por el mal: llega aquí, a rendirse a la idea de no poder encontrar más el amor que anhela, obligada a repetir gestos que sabe insuficientes para la vida.
Y este es el lugar por donde Jesús, el Hijo amado, debe pasar en su viaje ("Era necesario que pasara por Samaria" - Jn 4,4).
Una vez allí, donde finalmente puede encontrar a su criatura dispersa, Jesús no la reprende y no la juzga: no le recuerda ser una mujer samaritana de vida afectiva irregular. Pero tampoco se limita a ofrecerle una nueva doctrina. Y cuando la mujer desvía la conversación hacia cuestiones doctrinales, Él no se detiene a corregir sus ideas religiosas, a convencerla de la verdad.
Primero, le dice la verdad sobre ella misma (Jn 4,17-18): pero la verdad, dicha con amor, con compasión, no hiere a la mujer, sino que la libera. No la avergüenza, sino que se revela a sí misma, lo que mueve su camino, la sed que la habita y que la lleva a buscar de un modo que, hasta ese momento, no le había permitido encontrar la fuente de la vida.
Un segundo paso es aquel por el cual en la mujer puede nacer la pregunta fundamental, la que encontramos oculta en el versículo 20: ¿dónde se debe adorar a Dios? ¿En este monte (Garizim) o en Jerusalén?
¿Qué significa: dónde está la fuente? ¿Dónde también ella puede encontrar agua viva? («La mujer le replica: "Señor, veo que eres un profeta.
Nuestros padres adoraron en este monte; vosotros, en cambio, decís que es en Jerusalén el lugar donde hay que adorar" - Jn 4,19-20)
Ni en Jerusalén, ni en este monte, sino en este hombre que se puso en camino para encontrarla, que se detuvo a hablar con ella, que entró en su historia compleja y herida.
La fuente no es un lugar, sino esta relación liberadora, hasta el punto de que la mujer puede dejar su cántaro, con el que cada día volvía al pozo a sacar agua, para ir a testificar que ha escuchado una Palabra nueva que la ha liberado y que, como una fuente, puede saciar la sed a muchos: «La mujer, entonces, dejó su cántaro, regresó a la ciudad y decía a la gente: "Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿Será este el Cristo? "» (Jn 4,28-29)
+Pierbattista

