19 de abril de 2026
III Domingo de Pascua, año A
Lc 24, 13-35
El domingo pasado vimos que el Resucitado es como el buen pastor, que sale en busca de la oveja descarriada, las reúne y las lleva de vuelta a casa.
Esta interpretación resulta aún más evidente en el pasaje del Evangelio de hoy (Lc 24, 13-35), en el que se narra el encuentro del Resucitado con los dos discípulos que se dirigían a Emaús.
En los últimos versículos (Lc 24, 33-35), de hecho, vemos el fruto de este encuentro: los dos discípulos, después de haber reconocido en el caminante que se había hecho su compañero de viaje al Señor crucificado y resucitado, inmediatamente, sin dudarlo, regresan a Jerusalén, se reúnen con los Once y con los demás discípulos que estaban con ellos; y juntos cuentan la única experiencia que cada uno ha vivido personalmente y que los convierte en la única Iglesia: "¡Verdaderamente el Señor ha resucitado! " (Lc 24,34).
El fruto de la resurrección del Señor, por tanto, no es solo una experiencia privada, que consuela o ilumina el corazón de cada discípulo: es más bien un acontecimiento que reconstruye el cuerpo eclesial.
El Resucitado no se limitó a aparecer ante los suyos: los reunió, y el movimiento final del pasaje de hoy nos confirma que la Pascua no pretende tanto generar individuos iluminados, como un pueblo recompuesto en la unidad.
¿Cómo se produce este paso, este nuevo comienzo?
Este paso sucede, ante todo, porque el Resucitado toma la iniciativa de ir a buscar a los suyos.
Así como había tomado la iniciativa de llamarlos, al comienzo de su historia juntos, así ahora toma la iniciativa de llamarlos de nuevo.
Y, para hacerlo, debe ir a buscarlos.
De hecho, no son ellos quienes buscan al Señor, a pesar de saber, por lo que les contaron las mujeres, que este podría incluso estar vivo (Lc 24,22-24). Lo saben, y sin embargo se alejan del lugar donde podrían y, tal vez, deberían haberlo buscado. Lucas, en su relato, da a entender que el objetivo de los discípulos era precisamente este: alejarse de Jerusalén, del lugar donde el Señor había muerto.
El Resucitado los busca y los encuentra, porque el encuentro con Él no es la recompensa para quien ha perseverado, sino la visita de Dios a quien se ha extraviado.
Pero, una vez alcanzados, el Resucitado no se da a conocer de inmediato, tal como sucede en otros relatos de apariciones. ¿Por qué?
El Resucitado no se impone, no ofrece pruebas de su resurrección.
Hace algo mucho más importante y, en cierto modo, también más "útil": el Resucitado enseña a los suyos a reconocerlo, pone en práctica una serie de actitudes que hacen a los discípulos capaces de hacerlo.
Y de hacerlo no solo en esta circunstancia, en el camino de Emaús, sino a lo largo de todo el camino de la vida.
Para ello, el Señor conduce a los discípulos desconcertados a dos lugares donde, junto a ellos, se sentía habitualmente como en casa: la Palabra y la Fracción del Pan.
No los lleva a un lugar nuevo, sino que los trae de vuelta a casa, a los dos espacios en los que su relación con Él había nacido y crecido: la Palabra y la Fracción del Pan.
Con la Palabra ilumina los días de la Pasión, y lleva a los discípulos allí, donde Él ya está presente, donde siempre lo estará, y donde todo habla de Él: por eso se encienden sus corazones (Lc 24,32).
Con la Fracción del Pan, además, el Resucitado no inventa un nuevo signo: retoma el gesto que ya era el corazón de su forma de amar. Y los discípulos lo reconocen de inmediato, y se les abren los ojos (Lc 24,31), porque esa Fracción del Pan no es para ellos un simple recuerdo, sino una presencia viva.
El Resucitado, pues, quiere que los suyos aprendan a reconocerlo allí donde Él ha elegido permanecer: en la Palabra y en la Eucaristía.
Cuando y donde esto sucede, se recompone entonces la comunidad de los creyentes, que no es la suma de las experiencias de cada uno, sino el lugar del reconocimiento común: cada uno, en su propia diversidad, sabe que puede encontrar al Señor en los mismos lugares, en los mismos signos.
La comunidad que nace de la Pascua es la comunidad de la fe.
Los discípulos no se encuentran unidos porque tengan cosas en común, porque tengan los mismos gustos o las mismas ideas. Se reúnen porque todos han experimentado la misma forma de reconocer al Señor, porque todos lo han encontrado vivo en las Escrituras y en la Fracción del Pan.
+Pierbattista
*Traducido del italiano

