29 de marzo de 2026
Domingo de Ramos, año A
Mt 26,14 - 27,66
Hemos visto, en el Evangelio del domingo pasado (Jn 11,1-45), que hay palabras capaces de devolver la vida a los muertos, de recrear la vida. Son las palabras que Jesús le dice a su amigo Lázaro, encerrado en el sepulcro desde hace cuatro días: lo llama por su nombre y lo libera de la muerte que lo tiene prisionero.
Pero también en los domingos anteriores, la Cuaresma nos ha acompañado en un crescendo de palabras de vida: las de Jesús con la Samaritana (Jn 4,5-42), palabras sin juicio, que no etiquetan, no condenan, que reconstruyen a una mujer quebrada, que la devuelven a la verdad sin humillarla, que la convierten en testigo. Son palabras que hacen nacer una fuente.
Y luego las del ciego de nacimiento (Jn 9,1-41): también allí, palabras que liberan del sentimiento de culpa y que devuelven la dignidad. Palabras que abren los ojos no solo a la vista, sino a la fe, palabras que hacen ver.
En el pasaje de la Pasión de Mateo (Mt 26,14-27,66), el clima cambia.
Es un relato donde muchos hablan, muchos gritan: los discípulos, los fariseos, los Romanos, la multitud.
Pero todas son palabras de muerte, palabras con un sonido diferente al que Jesús nos ha acostumbrado en estos domingos. La Pasión está impregnada de palabras que no generan vida, sino que la destruyen.
Encontramos en primer lugar las palabras de la traición.
Son las de Judas: "¿Qué estáis dispuestos a darme si os lo entrego?" (Mt 26,15).
Es la palabra que reduce a una persona a un precio, que transforma una relación en una transacción, que destruye la confianza.
Luego encontramos las palabras de la huida y de la negación: "No lo conozco" (Mt 26,72.74).
Son las palabras de Pedro, quien, por miedo, borra la historia compartida: es la palabra que niega el amor recibido y es una palabra que hiere más que la violencia física.
Luego encontramos las palabras del poder que juzga: "¡Ha blasfemado!" (Mt 26,65).
Es la palabra del sumo sacerdote, que condena sin escuchar. Es la palabra que usa el nombre de Dios para eliminar al otro y que disfraza su propia violencia bajo el ropaje de un irreprochable celo religioso.
También están las palabras de desprecio: "Salvó a otros y no puede salvarse a sí mismo" (Mt 27,42)
Muchos lo dicen: transeúntes, sumos sacerdotes, escribas y ancianos, así como los ladrones crucificados en la cruz junto a Él (Mt 27,44). Es la palabra que se burla de la debilidad, que no comprende la lógica del amor.
Y están las palabras de la desesperación: "He pecado… he entregado sangre inocente" (Mt 27,4).
Son las palabras de Judas, palabras verdaderas, pero sin esperanza. Son palabras que no piden perdón, sino que se rinden a la culpa y que encuentran ante sí las palabras del cinismo y la indiferencia: "¿Y nosotros qué nos importa? Encárgate tú" (Mt 27,4).
La Pasión está llena de palabras que matan: palabras que traicionan, niegan, acusan, se burlan, desesperan.
En medio de este mar de palabras de muerte, Jesús pronuncia muy pocas palabras, todas ellas palabras de vida.
A Judas Jesús le dice "Amigo" (Mt 26,50), una palabra que guarda la relación, que no humilla y que no devuelve el mal.
Y luego, con Caifás y con Pilato, Jesús pronuncia palabras que revelan la verdad sin violencia, y que remiten a lo que ellos mismos dijeron primero: "Tú lo dices" (Mt 27,11). Finalmente, hay palabras que entran en nuestro abismo: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27,46). Es una palabra que es una oración.
Las palabras de Jesús son las palabras de un hombre amable, que no se defiende ni acusa, que no utiliza las palabras como un arma, sino como una revelación de sí mismo y de lo que hay en su corazón.
Hay pocas palabras de Jesús, y mucho silencio: "Jesús callaba" (Mt 26,63)
Jesús guarda silencio, no porque no tenga nada que decir, sino porque no quiere entrar en la lógica de la violencia verbal: su silencio es un rechazo a participar en el juego del poder que oprime, es un silencio que no alimenta el ciclo del mal y que no quiere herir a nadie.
De esta manera, entramos en la Semana Santa, recordando que toda la Cuaresma nos ha enseñado a reconocer la voz que da vida: Jesús que habla a la samaritana, al ciego de nacimiento, a Lázaro.
Ahora, en la Pasión, esas mismas palabras de vida se enfrentan a las palabras de muerte del hombre, y las atraviesan sin extinguirse.
La Semana Santa nos invita precisamente a esto: a dejarnos alcanzar por la Palabra que no responde al mal con el mal, sino que lo transforma, abriendo en nosotros el espacio de la resurrección.
+Pierbattista
*Traducido del italiano

