Fiesta de la Conversión de San Pablo
Nicosia, 24 de enero de 2026
Fiesta de la Iglesia Latina
Hechos 22,3–16; Gálatas 1,11–24; Marcos 16,15–18
Hermanos y hermanas,
La conversión del apóstol Pablo, que celebramos solemnemente hoy, no es principalmente una historia de pecado y perdón. No es simplemente el relato de un hombre que comete un error y luego vuelve sobre sus pasos. Por encima de todo, es una historia de un encuentro.
Un encuentro que no surge de una búsqueda, sino de la sorpresa. No surge de la duda, sino de la convicción. No tiene lugar en el fracaso, sino en la plenitud de la certeza religiosa.
Pablo no estaba buscando a Dios. No estaba experimentando una crisis espiritual, ni había perdido su fe o se sentía alejado del Señor. Por el contrario, estaba convencido de que tenía razón, persuadido de que estaba sirviendo a Dios con fidelidad, celo, coherencia y pasión. Y es precisamente allí, en esta certeza profunda y aparentemente irreprochable, donde el Señor lo alcanza.
Este es ya un mensaje decisivo para todos nosotros reunidos aquí hoy, provenientes de diferentes Iglesias, tradiciones y caminos espirituales: Dios se encuentra con la persona humana no solo cuando está perdida, sino también cuando está segura de sí misma. Dios entra no solo en nuestras fragilidades obvias, sino también en nuestras certezas religiosas, en nuestros marcos de referencia bien construidos, en nuestras seguridades espirituales.
En el camino a Damasco, Pablo cae al suelo, pero antes de eso, su certeza interior se derrumba. La luz que lo rodea no es simplemente deslumbrante; es reveladora, desenmascara. No se limita a iluminar el camino exterior, sino que deja al descubierto el corazón, las intenciones, las motivaciones más profundas.
Y la voz que escucha no acusa ni explica. No ofrece una lección. Hace una pregunta única, simple y devastadora: "¿Por qué me persigues?". Jesús no dice: "¿Por qué persigues a mis discípulos?". No dice: "¿Por qué persigues a mi comunidad?". Dice: «¿Por qué me persigues a mí?».
En esta palabra se encuentra una de las revelaciones más profundas del misterio cristiano: Cristo se identifica con su Cuerpo. Cristo se hace presente en la Iglesia - en su fragilidad, en sus heridas, en la carne concreta de los hermanos y hermanas.
Cada vez que se rompe la comunión, cada vez que un hermano o una hermana es excluido o humillado, cada vez que una comunidad es herida por el orgullo, la dureza, la indiferencia o la violencia, Cristo mismo se conmueve.
Esta palabra resuena con particular fuerza mientras celebramos juntos hoy, aun perteneciendo a diferentes tradiciones eclesiales. Nos recuerda que la unidad no es un adorno de la fe, sino una dimensión esencial del misterio de Cristo. Las heridas entre los cristianos no son meras heridas históricas o institucionales; son heridas en el Cuerpo del Señor, que sigue sufriendo en la división de sus discípulos.
He aquí, pues, la primera verdadera conversión de Pablo: una transformación en su comprensión de Dios.
Pablo descubre que Dios no es una idea a defender, sino una Persona que llama. No una doctrina a imponer, sino una relación que acoger. No es un proyecto humano a proteger, sino un don que precede a todos nuestros esfuerzos, iniciativas y estrategias.
Inmediatamente después del encuentro, Pablo queda ciego. Esta ceguera no es un castigo; es un tiempo de gracia. Es el silencio necesario en el que la Palabra de Dios puede arraigar. Es la oscuridad fértil en la que una persona aprende a no ver ya sola, a no confiar únicamente de sus propias capacidades.
Pablo, que antes era un líder, ahora debe aceptar ser guiado. El maestro se convierte en alumno; el guía aprende a confiar en la guía de los demás.
Esta ceguera también nos habla a nosotros — Iglesias antiguas, ricas en tradición, liturgia, teología y memoria. A veces, el Señor permite que nuestras luces se atenúen, que nuestras certezas flaqueen, que nuestras estructuras revelen su fragilidad y sus límites, no para empobrecernos, sino para reconducirnos a lo esencial: confiar únicamente de su gracia, que no se posee, sino que se recibe.
La conversión nunca es un acto solitario. Pablo necesita a Ananías. Necesita a alguien que, superando el miedo, lo acoja como hermano. Necesita una comunidad que crea que la gracia de Dios puede obrar incluso allí donde la historia humana genera desconfianza y sospecha.
Este es un mensaje particularmente poderoso para una Iglesia que vive en una tierra de fronteras, cruces y convivencia como Chipre. Aquí, en la encrucijada de pueblos, culturas y religiones, el testimonio cristiano pasa siempre por la capacidad de acoger, confiar y reconocer la obra de Dios incluso más allá de nuestros esquemas establecidos.
En este punto, la Palabra de Dios se abre también a la vida de los pueblos, las naciones y las instituciones.
Dirigimos un saludo respetuoso a las autoridades religiosas, civiles y diplomáticas hoy presentes. Vuestra participación en esta celebración es un signo de atención a la dimensión espiritual de la persona humana y al papel que las tradiciones religiosas siguen desempeñando en la conformación de la convivencia humana.
La conversión de Pablo nos recuerda que el cambio auténtico no nace de la fuerza, sino del encuentro; no de la violencia, sino del reconocimiento del otro; no de la imposición, sino de la escucha paciente.
En un mundo marcado por conflictos, tensiones geopolíticas, migraciones forzadas y heridas aún abiertas (¿cómo no pensar ahora en nuestro amado conflicto de Tierra Santa?), esta Palabra de Dios adquiere un significado profundamente humano y universal. Afirma que no es posible la paz sin un cambio de perspectiva, y que ninguna reconciliación perdura si no pasa por el reconocimiento de la dignidad, la historia y el sufrimiento del otro.
Pablo creía servir a Dios luchando. En cambio, descubre que a Dios se le sirve convirtiendo el corazón humano. Esto se aplica también a la vida en todos sus diferentes contextos: leyes, instituciones, diplomacia, y toda comunidad está llamada no sólo a gestionar los equilibrios de poder, sino también a salvaguardar lo humano, a proteger a la persona y a promover la justicia y la paz.
Chipre, encrucijada de continentes y culturas, es un símbolo elocuente de esta vocación. Es una tierra que conoce el valor del encuentro, pero también el peso de la división; un lugar donde la historia enseña cuán frágil es la paz y cuán necesario es protegerla con paciencia, diálogo y responsabilidad compartida.
La figura de Pablo —que cruza mares y fronteras sin armas ni poder, sino con la sola fuerza de la palabra y del testimonio— sigue siendo un punto de referencia para nuestro tiempo. Nos recuerda que el futuro de los pueblos no se construye contra alguien, sino juntos, y que la verdadera autoridad nace del servicio.
Cuando Pablo recupera la vista, no recibe una recompensa, sino una misión: «Te he elegido para que me conozcas y des testimonio de mí».
La conversión cristiana nunca se encierra en sí misma. Quien encuentra a Cristo siempre es enviado. La fe no es algo para poseer, sino un don para ser compartido.
El mandato del Resucitado —«Id por todo el mundo y proclamad el Evangelio»— no está confiado a una sola Iglesia, sino a todos sus discípulos.
Pablo no se proclama a sí mismo. No exhibe su experiencia como un trofeo. Proclama a Cristo crucificado y resucitado, y lo hace con pasión, inteligencia, lucha y sufrimiento, hasta el final de su vida.
Y así, hoy, esta solemne celebración se convierte para cada uno de nosotros en una pregunta abierta y personal:
¿De qué nos está llamando el Señor a convertirnos, como individuos y como Iglesias? ¿A qué certezas nos pide que renunciemos para ser más fieles al Evangelio? ¿Qué pasos hacia la comunión, la reconciliación y el testimonio compartido seguimos posponiendo?
La conversión no pertenece solo al inicio del camino cristiano. Es un modo de vida. Es permitirnos ser continuamente sorprendidos por Dios, que nos sale al encuentro precisamente cuando pensamos que ya lo conocemos.
Pidamos, pues, hoy la gracia de Pablo: no una fe cómoda, sino una fe convertida; no Iglesias replegadas sobre sí mismas, sino comunidades en camino; no para "ver más", sino para ver mejor —con los ojos de Cristo— para que juntos seamos testigos del Evangelio, hasta los confines del mar y de la historia.

