2 de agosto de 2026
XVIII Domingo del Tiempo Ordinario, año A
El pasaje del Evangelio de este domingo (Mt 14,13-21) comienza con una alusión a la muerte de Juan el Bautista (Mt 14,13), que se narra en los versículos inmediatamente anteriores a los que leemos hoy.
Y es precisamente uniendo estos dos pasajes como podemos encontrar la clave de lectura para nuestra meditación.
Se trata, de hecho, de dos banquetes. Está el banquete de Herodes (Mt 14,6-11) y está el banquete de Jesús (Mt 14,19-21).
En el primer banquete se consume una liturgia de la violencia y del poder, en la que cada uno tiene su propio objetivo y busca su propio interés. Cada personaje del banquete de Herodes actúa para sí: Herodes usa el banquete para consolidar su propia imagen, Herodías usa a su hija para obtener la venganza que desea, la joven usa su propia danza para complacer a su madre, los invitados usan la situación para permanecer en el favor del rey. El fruto de este banquete es la muerte de Juan el Bautista, porque allí donde cada uno ejerce el poder solo para sí mismo, contra el otro, al final alguien paga por todos; y nadie encuentra verdaderamente la vida.
Junto a este banquete, sin embargo, Mateo describe la segunda parte del díptico. Ya no estamos en el palacio de Herodes, sino en un lugar desierto ("Jesús partió de allí en una barca y se retiró a un lugar desierto" - Mt 14,13).
No hay pocos invitados escogidos, sino una multitud que sigue a Jesús a pie, por todas partes, llevando consigo a sus enfermos. No hay un rey que tiene miedo de perder su propio poder, sino que hay un Rey que tiene compasión y prepara para sus invitados un banquete abundante y, sobre todo, gratuito (Mt 14,19-20).
Lo que marca la diferencia entre estos dos banquetes es la lógica subyacente.
La lógica que subyace al banquete de Herodes es una lógica excluyente, que crea una alternativa: o yo, o tú.
Porque si el otro es una amenaza y puede quitarme lo que poseo, entonces, para defenderme, lo elimino.
Es exactamente la misma lógica que Mateo relata en el capítulo 2, donde encontramos a otro Herodes, Herodes el Grande, quien, al sentirse amenazado por el anuncio del nacimiento del Rey de los Judíos, manda matar a todos los niños menores de dos años. Para defender su propia vida, mata la vida de los demás.
La lógica que da vida al banquete de Jesús es otra, y se resume en una única palabra: compasión. Jesús baja de la barca, ve una gran multitud, y tiene compasión de ellos ("Tuvo compasión de ellos y curó a sus enfermos" - Mt. 14,14).
La compasión es lo contrario de la lógica del poder que hemos visto en el banquete de Herodes. Jesús ve a la multitud y la ve como parte de sí mismo; por eso, asume su dolor y, en lugar de defenderse, responde con un gesto que genera vida. Jesús no observa desde lejos: la multitud para Él no es un peso, ni una amenaza, sino una llamada, una invitación que le concierne y le pide que done lo único que puede realmente curar, la única verdadera medicina para todos, el don gratuito de su amor.
Esta es una lógica, que nunca se opone, que nunca exige sacrificar a uno o a otro, sino que, por el contrario, valora al otro por lo que es y por lo que tiene. Incluso si es poco, como son los panes y los peces que los discípulos tienen a su disposición ("¡Aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces!" - Mt 14,17).
Jesús entra en lo poco: toma ese poco entre sus manos, bendice, agradece, parte, da (Mc 14,19).
Toma lo que el hombre ofrece y lo convierte en instrumento donde puede manifestar su amor, donde su compasión se encarna.
Dios no se pone en el lugar del hombre, sino que actúa junto a él, con él.
Es, en el fondo, la lógica misma de la Encarnación: Dios no se opone al hombre, se hace Él mismo hombre, y así lo nutre y lo salva.
+Pierbattista
*Traducido del italiano

