16 de agosto de 2026
XX Domingo del Tiempo Ordinario, año A
Vimos el domingo pasado (Mt 14,22-33) que la experiencia de la fe pasa por la valentía de atreverse a algo nuevo, algo que va más allá de las propias capacidades y medidas.
Hoy nos encontramos ante algo similar. El domingo pasado, vimos a Pedro atreverse a salir de la barca y caminar sobre el agua hacia el Señor. En el pasaje del Evangelio de este domingo (Mt 15,21-28) vemos a una mujer extranjera que se atreve a entrar en la historia de la salvación.
Dos figuras, en ciertos aspectos diferentes, pero unidas por un rasgo decisivo: una fe que arriesga, una fe que se atreve. La mujer cananea, de hecho, se atreve enormemente.
En primer lugar, la mujer se atreve a entrar en la tierra de Israel: de ella se dice que es una mujer cananea, que venía de aquella región ("Entonces, una mujer cananea, que venía de aquella región" - Mt 15,22). Es una mujer que parte y se pone en camino, como todos los creyentes. Es extranjera, excluida, no perteneciente a la promesa, y sin embargo se acerca: no se queda al margen, no acepta la distancia. Su primer acto de fe es no dejarse definir por las fronteras.
Ella no lo sabe, pero con su gesto está diciendo que el Reino de Dios no es un recinto cerrado, sino un espacio abierto, al que todos pueden acercarse.
La mujer se atreve a gritar ("se puso a gritar…" – Mt 15,22). No habla, no pregunta, sino que grita, como los salmistas, como los afligidos que saben que Dios escucha a los pobres y tiene una predilección por ellos. No tiene miedo de molestar, ni de mostrar su propio dolor, y cree que ese buen maestro se dejará conmover por el grito que surge de su sufrimiento.
La mujer se atreve a llamar a Jesús con un título mesiánico que, en el Evangelio de Mateo, ningún otro extranjero se atreve a pronunciar: "¡Señor, Hijo de David!" (Mt 15,22). Esto significa reconocer que la promesa hecha a David, y antes aún a Abraham, le concierne, le concierne también a ella. Ella, que no es israelita, pero se reconoce dentro de esta historia, con un sentimiento de pertenencia que se aferra a una bendición que desde el principio era para todos. Está anticipando la Iglesia de los Gentiles, la que nacerá en Pentecostés y cuya única puerta es la fe.
La mujer se atreve a permanecer firme ante el silencio de Jesús, sin interpretarlo como un rechazo. Jesús, de hecho, ante su grito, inicialmente calla ("Él no le respondió ni una palabra" - Mt 15,23), pero la mujer no huye, no desiste: permanece allí esperando una palabra. Es más, el silencio de Jesús es la ocasión, para la mujer, de acercarse aún más: "Pero ella se acercó y se postró" (Mt 15,25). La mujer es capaz de transformar la espera en fe. No huye ni siquiera cuando la palabra de Jesús finalmente llega, pero es una palabra dura: "No está bien tomar el pan de los hijos y dárselo a los perros" (Mt 15,26). Es una palabra que podría herir, cerrar, apagar la esperanza.
Ella, en cambio, se atreve a entrar en la parábola que Jesús ha utilizado, la acoge y la reitera: "Es verdad, Señor, y sin embargo, también los perros comen las migajas..." (Mt 15,27). No rechaza lo que Jesús le dice, no se ofende, sino que entra en Su lenguaje y entra en la lógica del Reino, como en un banquete sobreabundante y gratuito. No pide el pan, sino que pide las migajas, y cree que incluso solo estas bastan para saciar y sanar.
Incluso Jesús se atreve: acepta escuchar a esta mujer, se atreve a hablar con ella y le reconoce una gran fe («¡Mujer, grande es tu fe!» - Mt 15,28).
Una fe que no solo obtiene la curación de su hija, sino que le da al Señor la posibilidad de ampliar el alcance de su misión.
En ambos casos, el de Pedro y el de la mujer cananea, el acto de atreverse abre una brecha y permite al Señor revelarse aún más.
Pedro permite a Jesús revelarse como el Hijo de Dios, como el Emmanuel que abraza y salva.
La mujer cananea le da a Jesús la posibilidad de cumplir, en su persona, la vocación de revelarse como Aquel que traspasa fronteras y otorga la bendición de Dios a todos los pueblos.
+Pierbattista
*Traducido del italiano

