By Emiliano Eusepi
Con motivo de la Fiesta de San Agustín en Pavía, la homilía del Cardenal Pierbattista Pizzaballa se entrelaza profundamente con el pensamiento del Obispo de Hipona, y de esta sintonía nace un itinerario espiritual y profético que rechaza la paz como simple ausencia de guerra, señalándola como orden del corazón, justicia institucional y camino hacia la Jerusalén celestial.
La comparación entre la visión agustiniana de la paz y las palabras pronunciadas por el Cardenal en Pavía, así como su carta pastoral, nos invita a una reflexión de extraordinaria profundidad y relevancia. Ambos rechazan reducir la paz a una mera ausencia de conflicto o a un equilibrio basado en el miedo, interpretándola, en cambio como una exigencia de la conciencia, un don divino, y una peregrinación. Y como recordó hoy el Cardenal Pizzaballa, al reflexionar sobre la llegada de las reliquias del Santo hasta Pavía. "En esta peregrinación ya vemos un icono de nuestra fe: somos peregrinos. No tenemos aquí una ciudad permanente, para usar la imagen de Agustín, sino que buscamos la futura".
Para San Agustín, obispo de Hipona, el cristianismo condena los males del conflicto y las pasiones desordenadas que habitan el corazón humano y el hombre experimenta inevitablemente una división interior, y la verdadera conversión consiste, ante todo, en pasar del odio a la caridad. Esta perspectiva se refleja directamente en el análisis que el Cardenal Pizzaballa realiza sobre Tierra Santa, marcada por profundas heridas y rencores, quien afirmó: «En la Ciudad Santa, conviven hoy profundas heridas, miedos, rencores, deseos de justicia —a veces incluso de venganza— y esperanzas que parecen ser continuamente desmentidas por la realidad. Precisamente allí donde el Señor murió y resucitó, aprendemos que ninguna victoria de uno sobre el otro podrá darnos la paz. La victoria cristiana es de otra naturaleza».
El Cardenal Pizzaballa, siguiendo los pasos de Agustín, enseña que toda lógica de confrontación, sin una purificación radical del corazón, abre un abismo de violencia y destaca cómo en Tierra Santa "todos se sienten víctimas: los israelíes son víctimas, los palestinos son víctimas, los cristianos son víctimas, y así sucesivamente" pero ante tales polarizaciones, la advertencia agustiniana nos recuerda que el Reino de Dios no coincide con ninguna facción terrenal: el cristiano "trabaja por la justicia y por la paz, pero rechaza la idolatría de todo poder y de toda pertenencia. Su esperanza es más grande que cualquier victoria terrenal".
En el pensamiento de Agustín, la Civitas Terrena y la Civitas Dei se mezclan en la historia y están arraigadas en la interioridad del hombre y, como subraya el Cardenal Pizzaballa basándose en la obra agustiniana, "dos amores construyen dos ciudades: el amor propio hasta el egocentrismo y el amor de Dios hasta la entrega". Estas dos ciudades, recordó Pizzaballa, "impregnan el corazón de cada hombre y la historia de todos los pueblos. Lo vemos muy bien en Tierra Santa: no hay solo "blancos" por un lado y todos "negros" por el otro, las contradicciones están presentes en la vida de cada comunidad».
La célebre definición agustiniana de la paz como la "tranquilidad del orden" encuentra confirmación en la llamada del Cardenal a restablecer relaciones basadas en el respeto y en la justicia compasiva, rechazando la lógica de la opresión. Precisamente allí donde el Señor murió y resucitó, hay que recordar las palabras de Agustín recordadas por el Cardenal: "Vicit enim in eis, qui vixit in eis — Venció en ellos aquel que vivía en ellos. Es Cristo quien vence cuando su amor habita en el corazón del hombre; cuando a la lógica de la opresión sustituye la del don, a la venganza el perdón, el temor a los demás por la capacidad de reconocerlo aún como hermano".
El objetivo último de la humanidad permanece inscrito en la escatología y en la contemplación de la Jerusalén celestial. La inquietud humana encuentra cumplimiento solo cuando se orienta hacia Dios. Al concluir su homilía, el Cardenal Pizzaballa planteó a todos una pregunta radical: "Quizás la pregunta más profunda que Agustín plantea hoy a la Iglesia y al mundo no sea principalmente: ¿Qué piensas? ¿De qué lado estás? ¿Con quién estás? sino: ¿Qué amas? Porque son nuestros amores los que dan forma al corazón, a las relaciones, a las sociedades y también a los conflictos. ¿Qué amamos realmente? ¿Nuestra seguridad, nuestra identidad, nuestras razones, nuestra victoria? ¿O somos todavía capaces de amar una Verdad más grande que nosotros, una justicia que no sea solo para nosotros, una paz que incluya también al otro? Por esta razón, la Iglesia no está llamada ante todo a conquistar el mundo, sino a escuchar las inquietudes que habitan el corazón de los hombres y mujeres de nuestro tiempo. En toda búsqueda sincera, dentro de cada deseo de verdad, de justicia, de paz y de amor, ya está presente una huella de Dios que llama".
Albergar una esperanza inquebrantable que se convierte en oración, y "ante las reliquias de este gran Padre de la Iglesia, pedimos la gracia de convertirnos en hombres y mujeres de corazón abierto, capaces de no conformarse con lo que pasa y de orientar toda su vida hacia Aquel que solo puede dar descanso al deseo humano. Así, mientras caminamos en la ciudad de los hombres, podremos ya vislumbrar la alegría de la Jerusalén celestial: meta de toda esperanza y plenitud de todo auténtico amor".

