6 de septiembre de 2026
XXIII Domingo del Tiempo Ordinario, año A
Mt 18, 15-20
El problema del mal está muy presente en el Evangelio de Mateo, especialmente en los cinco grandes discursos de Jesús.
Aparece a menudo en el Sermón de la Montaña, cuando se habla de llanto y persecución (Mt 5,4.10), de adversarios, escándalos y enemigos (Mt 6,25.29.44).
Y también se repite en el discurso parabólico (Mt 13), donde vemos al maligno que roba la semilla (Mt 13,19), donde está la cizaña que crece junto con el trigo (Mt 13,25), y donde, en la red, encontramos tanto peces buenos como peces malos (Mt 13,48).
El mal nunca se ve en abstracto: en última instancia, siempre es una falta de escucha, un rechazo a la relación, con Dios y con nuestros hermanos.
Y la pedagogía de Jesús es siempre la misma: no explicar el mal, no detenerse a reflexionar sobre su procedencia, sino centrar la atención hacia lo que está en juego, y luego ver cómo afrontarlo, qué y cómo curar cuando el mal ataca a la comunidad de los discípulos.
En el Evangelio de hoy (Mt 18, 15-20), tomado del tercer discurso de Jesús, el llamado "eclesial", Jesús nos dice primero lo que no debemos hacer: cuando un hermano comete una falta contra otro miembro de la fraternidad, hay ciertas cosas que no se deben hacer.
La primera es no escandalizarse, como si el mal que hiere la comunión no debiera existir. Jesús habla de ello como una posibilidad real, que puede salir del corazón de cada miembro, sin excepción. La segunda es no culpabilizar a quien se ha equivocado, no cargar sobre sus espaldas el peso del sentido de culpa, no tratarlo como a un enemigo: no debemos abandonarlo.
Pero tampoco hay que resignarse, dar un paso atrás, delegar o esconderse, dejando que el mal trabaje la comunidad hasta dividirla y debilitarla.
Al contrario, en la lógica de Jesús, el mal que alcanza a la comunidad por el error de un hermano, puede convertirse para todos en la oportunidad de un trabajo común, de un amor mayor, porque la comunión nunca es algo dado por sentado, sino que debe custodiarse y construirse a través de un camino de verdad, sensibilidad y responsabilidad.
Jesús, ante todo, deja claro cuál es el objetivo final: ganarse al hermano ("...si te escucha, habrás ganado a tu hermano" - Mt 18,15). El objetivo, por tanto, no es restablecer la justicia o ser recompensado por la ofensa recibida. Porque la ofensa solo puede decirse recompensada cuando se restablece la comunión, no cuando se ha determinado quién tiene razón y quién no.
Una vez aclarado que este es el objetivo, el camino para alcanzarlo se describe en los versículos inmediatamente anteriores a los que leemos hoy, es decir, en la parábola de la oveja perdida (Mt 18,12-14): si un hombre tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no dejará las otras noventa y nueve en la montaña para ir a buscarla? Y la parábola concluye con su clave de lectura: "Así es voluntad de vuestro Padre que está en los cielos que ni uno solo de estos pequeños se pierda" (Mt 18, 14).
El pasaje de hoy nos interpela doblemente. Apela, ante todo, a la mirada con la que dirigirse al hermano que ha cometido la falta. La parábola sugiere que la mirada justa hacia este hermano es la de la oveja perdida: no es un mal hermano, es un hermano que se ha perdido. Es una mirada que cambia completamente la perspectiva.
Importante es también la concreción de la intervención que se debe llevar a cabo: se hará todo lo posible por devolver al hermano a la comunidad, tal como el pastor hace todo lo posible por devolver la oveja al redil. Iremos en su búsqueda, ayudándolo a regresar a casa.
El mal se debe afrontar, por tanto, de una única manera, aquella con la que lo afronta el Padre, que está movido por una única prioridad: que nadie se pierda. Por lo que la corrección nunca es solo un reproche, sino un intento de recuperación, un movimiento pascual: devolver a la vida lo que corre el riesgo de perderse. Dejando, en cualquier caso, al final, a cada uno en su libertad, incluso la de quedarse fuera (" ... y si tampoco escucha a la Iglesia, sea para ti como un pagano y un publicano" - Mt 18,17).
El criterio es claro: proteger al hermano, proteger la relación, significa proteger la presencia de Cristo en medio de la comunidad.
El punto culminante del pasaje, de hecho, es el versículo 20: "Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos".
La presencia del Señor no es automática, no está garantizada por la estructura, sino por la calidad de las relaciones.
No es una recompensa para los buenos, sino el fruto de un camino de reconciliación y de paz que ya implica participar en la vida misma del Resucitado.
+Pierbattista
*Traducido del italiano

