20 de septiembre de 2026
XXV Domingo del Tiempo Ordinario, año A
Mt 20, 1-16
El pasado Domingo, el pasaje del Evangelio que nos ofreció la Liturgia (Mt 18,21-35) llevaba en sí mismo implícita una pregunta, que podemos explicitar así: ¿cuánto el otro, el hermano que peca contra mí, es digno de mi perdón?
Pedro, de hecho, había ido a buscar a Jesús precisamente para plantearle esta cuestión. Y Jesús había abierto, de par en par, las medidas, de por sí ya generosas de Pedro, liberándolo de la tentación del cálculo y de la medida.
El pasaje de hoy (Mt 20,1-16) lleva en sí mismo una pregunta. Ya no es Pedro quien la hace, sino que surge de la parábola que cuenta Jesús.
La parábola es la de los obreros de última hora, y la pregunta podríamos sintetizarla así: ¿cuánto el otro, mi hermano, es digno del amor de Dios? ¿Es digno de él tanto como yo?
Es una pregunta importante, porque también hoy, como el domingo pasado, nos permite vislumbrar el corazón de Dios, nos muestra cómo Él ama, nos muestra la dinámica de Su Reino.
La parábola es tan conocida como escandalosa, muy alejada de nuestra cultura. Un terrateniente sale varias veces de su casa a lo largo del día para contratar trabajadores para su viña. Solo con los primeros, que encuentra al alba, acuerda un salario, ofreciéndoles un denario al día ("Acordó con ellos un denario al día y los envió a su viña" - Mt 20,2). Todos los demás trabajadores, enviados a la viña a diferentes horas del día, algunos incluso al final, solo saben esto, que recibirán lo justo por su servicio ("Id también vosotros a la viña; os daré lo que sea justo" - Mt 20,4).
Hasta aquí, nada de extraño. El dueño necesita que trabajen su viña, y sigue enviando gente allí, independientemente de cuántas horas puedan trabajar en ella.
Al atardecer, comienzan las rarezas. La primera es que se invierte el orden de los pagos. Y esto no por un caso fortuito, sino por expreso deseo del dueño: "Llama a los trabajadores y dales su salario, empezando por los últimos y terminando con los primeros" (Mt 20,8).
¿Por qué esta elección? El pasaje afirma claramente que la elección no es casual, sino deliberada, para que los primeros puedan ver el salario que se les da a los últimos. De hecho, los trabajadores de la primera hora ven el salario de los últimos; saben que a todos los demás se les ha dado el salario acordado con el propietario, que habían trabajado todo el día y esperan, legítimamente, recibir más (Mt 20,10).
Y aquí encontramos otra peculiaridad. Porque los trabajadores de la primera hora, cuando reciben ellos mismos solo un denario, no se quejan por haber recibido demasiado poco. Se quejan, en cambio, porque el propietario ha tratado a los demás como los ha tratado a ellos: "Los has tratado como a nosotros" (Mt 20,12). Es decir, el propietario, al donar sus bienes, no ha hecho distinción en función del mérito de los trabajadores. Ha utilizado una lógica diferente.
La lógica del propietario no es una variante de la justicia humana: no es simplemente mejor o más generosa, es simplemente diferente, es otra forma de pensar el valor, el tiempo, la relación, una lógica que subvierte la lógica humana. La lógica humana evalúa, mide, recompensa según el valor de lo que cada uno ha realizado, respetando las proporciones. La lógica de Dios es diferente porque Él no dona cosas, sino que se dona a Sí mismo, su amor gratuito y total, un amor que nos precede y que va más allá de nosotros, y que solo pide ser acogido.
Este trato del propietario, que escandaliza a quien pensaba tener más derechos, es la verdadera buena noticia de la parábola.
Nos enseña que la salvación comienza al responder a la llamada del Señor, pero luego se cumple cuando la mirada de nuestro corazón se transforma y nosotros dejamos de vivir midiendo, calculando, mirando lo que se da a los demás como si nos lo hubieran quitado.
La parábola nos enseña que uno de los mayores enemigos de nuestra fe es precisamente este, vivir midiendo la salvación, la nuestra y la de los demás.
Sin embargo, a todos, se nos concede como un don la verdadera riqueza, la capacidad de alegrarnos tanto del bien del otro como del propio, todos igualmente agradecidos por el encuentro con un Dios que es Padre, que no puede hacer otra cosa sino donarlo todo a todos, respetando nuestros tiempos y nuestras diferencias, sin por ello renunciar a tratarnos como hijos totalmente amados.
+Pierbattista
*Traducido del italiano

