22 de febrero de 2026
I Domingo de Cuaresma, año A
Mt 4, 1-11
El relato del primer pecado cometido por Adán y Eva, que leemos en el capítulo tres de Génesis, nos dice que el mal ocurre en el corazón del hombre cuando este olvida la Palabra con la que Dios le ha hablado y se deja confundir por otras voces, que se insinúan y lo distraen de la verdad que le ha sido revelada.
El pasaje del Evangelio de hoy (Mt 4, 1-11) sigue exactamente la misma dinámica: Jesús, en el Jordán, ha recibido una palabra del Padre, una palabra que le ha revelado su identidad de Hijo amado.
Inmediatamente después, sin embargo, Jesús debe afrontar la prueba, que consiste precisamente en una voz diferente a la del Padre, una voz que le propone un camino diferente al inaugurado con el Bautismo.
No solo le propone hacer cosas diferentes, sino ser algo distinto de sí mismo: Jesús es el hijo amado, que en todo puede confiar en el Padre y vivir según Su Palabra, sin tener que conquistar ni demostrar nada.
Y el tentador lo pone a prueba precisamente en esto, en lo que lo constituye como Hijo: "Si eres Hijo de Dios..." (Mt 4, 3.6), en el contenido de esta filiación. No le dice: "Si eres fuerte, si eres rico, si eres poderoso...", sino, precisamente, "si eres Hijo".
La primera tentación insinúa que, si Jesús es Hijo de Dios, entonces puede hacer cualquier cosa.
"Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes" (Mt 4,3). Es la tentación de la autosuficiencia, de no necesitar a nadie, de no tener que pedir, ni acoger, ni agradecer. Es un Hijo que no tiene realmente necesidad del Padre.
La segunda tentación insinúa que, si Jesús quiere estar seguro de ser Hijo de Dios, el Hijo amado, primero debe ponerlo a prueba.
"Si eres Hijo de Dios, tírate abajo; porque está escrito: Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti y te sostendrán con sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras" (Mt 4,6). Es un Hijo que no puede confiar en el Padre.
La tercera tentación insinúa que, aunque Jesús sea Hijo de Dios, en realidad no puede hacer nada y no tiene nada. El Padre no comparte con él sus riquezas, no es el Padre quien le da lo que necesita, sino que debe pactar con el mal para vivir plenamente: "Todo esto te daré si te postras y me adoras" (Mt 4,8). Es como si ser hijo en realidad no bastara para ser bienaventurado.
Estas tres tentaciones, en realidad, tocan en profundidad tres miedos del hombre.
La primera revela nuestro miedo más primordial: el miedo a la carencia. Esa sensación de que, si no nos procuramos por nosotros mismos lo que nos sirve, nadie lo hará. Es el miedo a no recibir apoyo, a no ser lo suficientemente amado como para poder depender de nosotros.
La segunda revela el miedo de fondo a que Dios no quiera realmente nuestro bien, que no sea de verdad el "Dios con nosotros". De ahí la necesidad de ponerlo continuamente a prueba, como si tuviera que demostrarnos que es digno de confianza.
La tercera nos habla del miedo a no valer lo suficiente, a ser insignificantes: el pecado insinúa que, si no se tiene todo, si no se puede hacer todo, entonces no se vale nada.
Jesús, sin embargo, no vive del miedo ni del temor: vive de su relación con el Padre, y esta es su verdadera riqueza. Ante la tentación, Él responde siempre con la Escritura, no como un arma para combatir, sino como una orientación profunda del corazón. Como es Hijo, conoce la voz del Padre, y sabe que es una voz que no da miedo, que no pretende nada.
La Cuaresma nos lleva al desierto para que podamos entrenarnos en reconocer, entre las muchas voces que escuchamos, la del Padre. Pero, ¿cómo hacerlo? ¿Qué criterio nos da el pasaje del Evangelio de hoy?
El relato de las tentaciones nos dice que la voz del Padre nunca nos aleja de lo que somos, no nos pide que nos convirtamos en alguien distinto, sino que seamos lo que somos: hijos, amados, capaces de confiar, capaces de pedir.
Para vencer la tentación, por lo tanto, no hace falta ser más fuertes que el mal.
Basta volver a escuchar la Palabra del Padre, que nos llama por nuestro nombre, que nos revela quiénes somos y qué queremos realmente.
+Pierbattista

