1 de marzo de 2026
II Domingo de Cuaresma, año A
Mt 17, 1-9
Vimos, el domingo pasado, que la tentación se insinúa en el corazón del hombre buscando siempre disminuir o menospreciar a sus ojos la que es la obra de Dios en la vida de sus criaturas.
Lo hace la serpiente, entrando en diálogo con la mujer, e insinuando que Dios ha prohibido comer de todos los árboles del jardín (Gn 3,1). En realidad, sabemos bien que no es así: Dios había permitido comer de todos los árboles del jardín, excepto de uno (Gn 2,16-17).
El Tentador hace lo mismo con Jesús. Porque, si en el momento del bautismo en el Jordán, el Padre se dirigió al Hijo llamándolo Hijo amado (Mt 3,17), en el desierto el Tentador lo llama simplemente "hijo".
Y lo tienta precisamente en este punto: "Si eres hijo..." (Mt 4,3.5).
El diablo no puede ciertamente negar que Jesús sea Hijo del Padre: lo sabe muy bien y, a lo largo del relato de los Evangelios, es siempre el primero en querer revelar la identidad de Jesús, hasta el punto de que es Jesús mismo quien le impone silencio. Jesús es, pues, Hijo. Pero, ¿es el Hijo amado? ¿Dios cuidará de Él o lo dejará a merced del dolor, de la violencia de los hombres, de la muerte?
Jesús es Hijo, y es hijo amado, un hijo que está seguro del amor del Padre hacia él. Un amor que se lo da todo, sin reclamar nada a cambio: todo le ha sido dado por su Padre (cf. Mt 11,27).
Jesús, en el desierto, permanece fiel a esta Palabra, confía en el Padre, no cae en la tentación de buscar la vida y la gloria fuera de su relación con el Padre.
Todo esto resplandece hoy, plenamente, en la Montaña de la Transfiguración (Mt 17,1-9).
Allí, en efecto, resuena aquella voz que Jesús no perdió en el desierto: "Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco" (Mt 17,5).
La luz que brilla en el rostro y en las vestiduras de Jesús no es una recompensa por su fidelidad, sino que es la simple revelación de lo que siempre ha estado ahí, y que ha resistido también al embate de la tentación: la comunión entre el Padre e el Hijo.
Desde el Bautismo en adelante, pasando por el momento de la prueba, Jesús no hace otra cosa que esto durante toda su vida: responder a la Palabra del Padre con una obediencia radical vivida por amor.
Esta es la belleza de su existencia, lo que la transfigura y la hace luminosa.
Toda esta belleza, sin embargo, no queda como una experiencia cerrada entre Padre e Hijo. En la montaña, de hecho, hay otros personajes.
En primer lugar, hay tres discípulos, a quienes Jesús "toma consigo" (Mt 17,1).
El Evangelista usa el mismo verbo que encontramos en el episodio de las tentaciones (Mt 4,5.8): allí es el diablo quien toma consigo a Jesús para intentar seducirlo. Jesús, en cambio, toma consigo a los discípulos para revelarles que el camino a una vida plena pasa por una relación de obediencia confiada al Padre, la obediencia propia de los hijos amados.
En la montaña también están Moisés y Elías, hombres que han escuchado el susurro de la voz de Dios (cf. Ex 33,11; 1Re 19,12), que a veces la han perdido, y luego han vuelto continuamente a confiar.
Este camino de obediencia confiada, que nace de la experiencia de saberse hijos amados y que comienza siempre de nuevo, es también el camino que nos espera en esta Cuaresma.
La propia voz del Padre nos muestra el camino: su voz, en el fondo, está dirigida a los discípulos que están con Jesús en el Tabor: "Escuchadlo" (Mt 17,5).
Podemos verdaderamente confiar y escuchar a Jesús: Él primero escuchó y custodió la voz del Padre, incluso en medio de las pruebas. Y en el momento en que le escuchamos a Él, estamos seguros de escuchar la voz misma del Padre y de sentir sus mismas palabras dirigidas también a nuestras vidas: "Sois hijos amados".
Sin embargo, el relato, dice que los discípulos, al oír la voz del Padre, cayeron al suelo llenos de temor ("Cuando los discípulos oyeron esto, cayeron de bruces, llenos de espanto" - Mat. 17,6).
Y las primeras palabras que están llamados a escuchar, inmediatamente después, son las que Jesús, tocándoles, les dirige: "Levantaos, no temáis" (Mt 17,7).
Quienes escuchan al Hijo se levantan cada vez que caen.
Y son liberados del miedo, no por sus méritos y por sus capacidades, sino porque Dios se revela siempre de nuevo como Padre, el Padre de hijos que son amados.
+Pierbattista

