Misa de los Ángeles Custodios
Jerusalén, Patriarcado Latino, 2 de octubre de 2026
Ex 23,20-23; Mt 18,1-5, 10
Queridos hermanos y hermanas,
Querido Sami, Querido Johny:
Celebrar este pasaje en memoria de los Santos Ángeles Custodios nos ofrece una palabra que puede iluminar nuestro agradecimiento y el camino que se abre: custodiar.
En la primera lectura, el Señor promete a su pueblo un ángel «para que los guarde en el camino» (Ex 23,20). El pueblo debe atravesar el desierto, afrontar dificultades, aprender a vivir en comunidad y a confiar en Dios. La presencia del ángel es la señal de que, en todo esto, el Señor los acompaña. Dios cuida de su pueblo y lo conduce hacia una promesa.
Hoy, también nosotros hacemos una pausa en nuestro camino. Agradecemos el servicio que Sami concluye como administrador del Patriarcado y confiamos al Señor el que Johny comienza. Llevamos a la Eucaristía el trabajo de estos años, las responsabilidades compartidas, las preocupaciones, los resultados, y también todo aquello que ha costado esfuerzo y que tal vez solo el Señor conoce plenamente.
El recuerdo de hoy nos recuerda, ante todo, que incluso quienes tienen la tarea de cuidar de los demás necesitan ser custodiados. Quienes asumen esta responsabilidad conocen bien el peso de las decisiones, la distancia entre las necesidades y las posibilidades, la fatiga de encontrar un camino cuando todas las soluciones parecen insuficientes. Saberse acompañado por Dios nos permite asumir plenamente la propia tarea, conservando la libertad de pedir ayuda y de reconocer nuestras propias limitaciones.
Es una gracia que todos necesitamos, empezando por el Patriarca.
El Evangelio nos presenta una escena muy concreta. Los discípulos preguntan a Jesús: "¿Quién es el más grande en el reino de los cielos?" (Mt 18,1). Jesús llama a un niño y lo pone en medio de ellos. Con ese gesto cambia el centro de su atención. Los invita a mirar a alguien que necesita ser acogido, acompañado, protegido.
Ese niño puesto en el centro, también tiene algo que decir sobre la vida de nuestro Patriarcado y al trabajo de su administración.
Cada día, pasan por nuestros escritorios cifras, presupuestos, contratos, solicitudes, proyectos. Son cosas necesarias, que requieren competencia y rigor. Pero todas ellas involucran a personas. Una partida presupuestaria puede significar la posibilidad de que un joven continúe estudiando; un salario pagado significa seguridad para una familia; un edificio bien mantenido permite a una comunidad reunirse; una ayuda llegada a tiempo puede devolver a alguien la fuerza para salir adelante.
El gesto de Jesús nos plantea, pues, una pregunta muy sencilla: ¿a quién ponemos en el centro de nuestras decisiones? ¿Acaso seguimos reconociendo la identidad de las personas dentro de los expedientes que debemos examinar?
La respuesta se construye en el trabajo cotidiano. En el cuidado con el que se verifica una cuenta, en la corrección de un procedimiento, en la escucha de una petición, en la paciencia de explicar una decisión. Incluso en la valentía de decir un no necesario, asumiendo la responsabilidad y respetando la dignidad de quien lo recibe.
Administrar los bienes de la Iglesia forma parte de su misión. Las recursos que se nos confían llevan consigo el sacrificio de quienes los ofrecen y la esperanza de quienes los necesitan. La transparencia, la justicia y la competencia son formas concretas de honrar esta confianza. La credibilidad de nuestro testimonio también depende de ellas.
Querido Sami, hoy queremos darte las gracias dentro de este contexto.
Gracias por haber puesto tus capacidades, tu tiempo y tus energías al servicio de nuestra Iglesia. Gracias por haber compartido el peso de una responsabilidad que alcanza a tantos aspectos de la vida del Patriarcado y a tantas personas, a menudo lejos de los despachos en los que se toman las decisiones.
Durante tus años de servicio, has atravesado profundas pruebas para esta tierra y para nuestras comunidades. En tiempos tan difíciles, también el trabajo administrativo se ve afectado por urgencias imprevistas y por preguntas a las que no es sencillo responder, como el COVID y la guerra, entre muchas otras. Hoy queremos reconocer la dedicación que exige este servicio, la perseverancia en las jornadas ordinarias y la disponibilidad demandada por las extraordinarias.
Como Patriarca, y en nombre de nuestra Iglesia, te expreso mi sincera gratitud. Encomendamos al Señor el bien que has realizado, para que continúe dando fruto en la vida de las personas. Y pedimos para ti serenidad y alegría en el tiempo que está por venir. El vínculo forjado en el servicio pertenece a la vida de esta Iglesia y sigue siendo motivo de agradecimiento.
Querido Johny, a ti te damos hoy la bienvenida a esta nueva responsabilidad.
Recibes una labor ya en marcha, la experiencia de quien te ha precedido y la colaboración de muchas personas. También recibirás preguntas abiertas y problemas que exigirán discernimiento, paciencia y valentía. Te acompañamos con confianza, para que puedas aportar a este servicio tus capacidades y tu sensibilidad.
El deseo que quisiera expresarte nace una vez más del Evangelio: conserva la libertad de dejarte interpelar por ese niño que Jesús pone en el centro. Habrá muchos asuntos urgentes, y algunos, inevitablemente, ocuparán más espacio que otros. Cuida también de las necesidades menos visibles, de quien tiene dificultades para expresarse, de quien no sabe a qué puerta llamar.
Y custodia las relaciones con las personas con las que trabajarás. Una administración vive de la confianza que se construye en su interior, de la claridad de las responsabilidades, de la capacidad de hablar con franqueza y respeto. Por eso, mientras te confiamos una tarea, asumimos también nosotros el compromiso de acompañarte. Tienes derecho a nuestra colaboración leal, a nuestra escucha y a nuestra oración.
Este pasaje nos concierne a todos nosotros. Deseo agradecer también a cuantos trabajan cada día en las oficinas y en los diversos servicios del Patriarcado. La fidelidad de cada uno hace posible el trabajo de los demás. Mucho bien crece de esta manera, mediante una colaboración paciente, sin particular visibilidad.
Al final del Evangelio, Jesús nos dice que los ángeles de los pequeños están siempre en la presencia del Padre. La vida de cada uno de esos pequeños es preciosa ante Dios. Es esta mirada la que se nos pide que aprendamos: reconocer el valor de cada persona confiada, aunque solo sea por un tramo, a nuestra responsabilidad.
Hoy le entregamos al Señor un tramo de camino y le confiamos uno nuevo. La Eucaristía recoge nuestra gratitud y renueva nuestra disponibilidad para servir.
Que el Señor os guarde a ti, Sami, y a ti, Johny. Que proteja vuestras familias y a todos los que trabajan con nosotros. Y que, a través del ministerio de sus santos ángeles, nos enseñe también a nosotros a cuidarnos unos a otros, para que en el trabajo diario de nuestras manos pueda hacerse cercana su fidelidad.
Amén.

