Homilía para la ordenación sacerdotal del Hermano Nicolás
Deir Rafat, 23 de octubre de 2026
Gn 14, 17-20 - 1Pe 2, 21-25; 3,18 - Jn 17, 11-19
Querido Hermano Nicolás,
Queridos hermanos y hermanas,
«Por ellos me consagro»
Jesús dirige estas palabras al Padre. Habla de su propia consagración y, al mismo tiempo, habla de los discípulos. Para Él, pertenecer al Padre significa entregarse por ellos. Es un amor único, que abraza toda su vida.
Querido,
Hoy estás llamado a entrar en este don. El sacerdocio que recibes tiene esta dirección: es para ellos. Para que otros puedan encontrar al Señor, recibir su perdón, ser alimentados por su vida.
Antes, sin embargo, hay algo que debemos recordar: tú también estás dentro de ese «por ellos». Jesús se ofrece a sí mismo también por ti. No empiezas hoy a ser amado porque te conviertes en sacerdote. Estás aquí porque su amor te ha alcanzado y te ha conducido hasta este día.
Esta certeza te será necesaria. Cuando el ministerio te dé consolación y cuando te haga conocer más de cerca tus limitaciones, tendrás necesidad de recordar que no eres solo aquel que debe dar. Eres ante todo un hombre por el cual Cristo ha entregado su vida. Podrás vivir para los demás mientras sigas recibiendo este amor.
«Por ellos me consagro»
En ese «me consagro» está toda la profundidad del don de Jesús. No solo ofrece algo suyo. Ofrece su propia persona. El don no permanece como una preocupación más: se convierte en la esencia misma de su existencia.
Esta es también una pregunta para nosotros. Podemos dar muchas cosas y mantenernos a nosotros mismos a resguardo. Podemos dedicar tiempo, realizar bien un servicio, ser fieles a nuestros compromisos y, sin embargo, conservar dentro de nosotros un espacio en el que no permitimos entrar a nadie. Hacemos lo que se nos pide, pero a condición de que no afecte demasiado nuestros hábitos, nuestros juicios, la forma en la que hemos decidido vivir.
Las palabras de Jesús nos llevan precisamente allí. Nos invitan a dejar que el encuentro con los hermanos nos transforme.
Pienso en una persona que pide ser escuchada. Podemos darle una respuesta correcta y tener ya la mente en otra parte. O bien podemos detenernos, aceptar no saber de inmediato qué decir, darle el tiempo de expresar lo que lleva en el corazón. En apariencia hemos hecho poco. Pero hemos ofrecido algo de nosotros mismos: nuestra atención, la disponibilidad a dejarnos alcanzar por su vida. Es así como ese «por ellos» empieza a hacerse realidad. Tiene el rostro de las personas que se nos han confiado, no el de las personas que hubiéramos preferido encontrar.
En tu vida monástica, Nicolas, habrá muchos días parecidos. No siempre tendrás algo nuevo que hacer o un resultado que ver. Y, sin embargo, cada día podrás decidir cómo estar presente: si realizar tus ocupaciones habituales pensando principalmente en ti mismo, o bien vivirlas con un corazón disponible. Un servicio humilde, inadvertido, puede contener mucho amor. Y una tarea importante puede dejarnos todavía replegados sobre nosotros mismos.
Por eso la pregunta decisiva no será solo: ¿qué he hecho hoy?, sino más bien: ¿para quién he vivido?
No es una pregunta a la que responder una vez para siempre. Hoy, en cierto sentido renuevas tu «sí» que hace años pronunciaste con tu profesión religiosa, y ahora lo dices nuevamente para toda la vida. Pero comprenderás, día a día, lo que hoy has prometido. Habrá encuentros que darán a ese «sí» una profundidad que ahora no puedes comprender. Habrá fatigas en las que descubrirás lo difícil que es seguir entregándose sin pretender que los demás correspondan a nuestras expectativas.
Esta es quizás una de las pruebas más verdaderas del don: cuando el bien que hemos intentado hacer no es comprendido, cuando no recibimos la respuesta que esperábamos. Entonces sentimos la tentación de retirarnos, de hacer solo lo necesario, de no implicarnos más. El «por ellos» de Jesús nos invita a no cerrar nuestros corazones. A reconocer nuestra fatiga, ciertamente, pero sin transformarla en la decisión de dejar de amar.
En un momento, pondré en tus manos el pan y el vino para la celebración de la Eucaristía, y te diré: «Imita lo que celebrarás». Es así como ese «por ellos» entrará cada día en tu vida de sacerdote.
En el altar, pronunciarás las palabras de Cristo: «Este es mi cuerpo, entregado en sacrificio por vosotros». Será él quien se entregará, y tú serás ministro de su don. Ese «por vosotros» llegará a todos, también a ti. El sacerdote no se queda al margen del amor que celebra.
Déjate alimentar por aquello que das. No te acostumbres hasta el punto de no deslumbrarte más porque el Señor continúe entregándose en nuestras manos, convirtiéndose en nuestro alimento, queriéndonos unidos a él. Tu fidelidad necesitará de tu compromiso, pero no podrá sostenerse solo con eso. Tendrás necesidad de esta comunión, de volver al Señor con lo que eres, incluso cuando tengas poco que ofrecerle.
«Imita lo que celebrarás» significa permitir a la Eucaristía que guie tus jornadas. El don que has celebrado te acompañará cuando vuelvas a las actividades cotidianas. Te ayudará a reconocer, en las personas que encuentres, a alguien por quien vale la pena dedicar tu tiempo, dejar de lado las preferencias, volver a empezar después de una incomprensión.
Esto ocurrirá también a través de tu pobreza. No tienes que esperar a no tener más debilidades para empezar a entregarse. Se puede amar aprendiendo a pedir ayuda, reconociendo un error, renunciando a defenderse siempre. También así podemos ofrecernos a nosotros mismos: no la imagen de nosotros que querríamos presentar a los demás, sino nuestra vida real, abierta a la obra de Dios.
Querido Nicolas, no pienses de todos modos que se te pide hacerte indispensable. Se te confía el ministerio de Cristo, ante todo para que su vida alcance a los hermanos. Habrá frutos que verás y otros que permanecerán ocultos. Pero deberás tomar conciencia cada día de que podrás dar gracias por el bien que el Señor realiza, incluso cuando pasa a través de otros y no a través de ti. Podrás estar presente con todo tu ser, sin necesidad de ser el centro de atención.
Es lo que hoy pedimos para ti: que con los años tu corazón permanezca disponible, que el don no se convierta solo en un recuerdo de los comienzos, que en la Eucaristía puedas reencontrar cada día el amor desde el que todo comenzó.
Un día volverás con la memoria a esta celebración. Tal vez muchas palabras se olviden. Espero que las palabras de Jesús permanezcan y que puedas reconocerlas en la vida que habrás vivido: «Por ellos me consagro».
Que no sea solo una palabra escuchada hoy, sino la sencilla verdad de tus jornadas.
Que la Santísima Virgen, que en este santuario celebramos, interceda por ti y te acompañe siempre. Amén.

