Homilía para la Solemnidad de Todos los Santos
Celebración Eucarística
Monasterio de Santa Clara, Jerusalén · 1 de noviembre de 2026
Ap 7,2-4, 9-14; 1Jn 3,1-3; Mt 5,1-12
Queridas hermanas y hermanos,
"Ahora somos hijos de Dios, pero aún no se ha manifestado lo que seremos" (1Jn 3,2). En estas palabras de la segunda lectura está toda nuestra vida cristiana: un don que ya hemos recibido y una promesa que espera cumplirse. Somos hijos de Dios ahora mismo, con la fe y las fatigas que hoy llevamos a esta Iglesia. Y estamos en camino hacia una plenitud que todavía no conocemos: ver a Dios, ser semejantes a Él.
Celebramos Todos los Santos en este monasterio, donde, al terminar la Misa, se concluirá la fase diocesana de la causa de beatificación de la Sierva de Dios Hermana María de la Trinidad. Su experiencia de oración nos acompaña en la escucha de la Palabra y nos ayuda a reconocer hasta esta puede transformar nuestras vidas.
Juan nos invita ante todo a mirar: "¡Mirad qué amor nos ha dado el Padre!" (1Jn 3,1). Es una mirada que necesitamos reencontrar. Estamos acostumbrados a medirnos por lo que conseguimos hacer, por las expectativas de los demás, por los resultados de nuestro trabajo. Incluso en la vida espiritual podemos terminar juzgándonos únicamente por lo que nos falta. La Palabra nos invita a reconocernos hijos amados del Padre y a vivir con la confianza que nace de esta relación. Desde ahí podemos empezar cada día, incluso después de un fracaso. La Palabra nos invita a reconocernos hijos amados y a vivir de la confianza que nace de esta relación.
La Hermana María buscó largamente dónde responder a la llamada del Señor, soportando el rechazo y la incomprensión, cargando con su propia fragilidad. Al final del relato de su vocación escribe: "Esta es la historia de mis debilidades y de la misericordia del Señor". Al mirar hacia atrás, reconoce una misericordia que la acompañó incluso cuando no comprendía a dónde era conducida. La santidad crece así, dentro de nuestra humanidad, cuando dejamos que el amor de Dios la transforme.
En una de sus oraciones, recuerda haber acudido a Jesús para pedirle gracias. Después añade: "Me quedé para amarte mejor" (Coloquio, 339). Seguimos pidiendo, porque la vida necesita ayuda, y entretanto descubrimos el deseo de estar con Él. Su presencia se vuelve preciosa incluso cuando las preguntas quedan sin respuesta. El silencio se convierte en escucha, y en la escucha aprendemos a reconocer lo que el Señor desea realizar en nosotros.
"Aún no se ha revelado lo que seremos". Nos cuesta aceptar aquello que pertenece a nuestro camino. Creemos en el amor del Padre, y sin embargo, nos defendemos, tememos la pérdida, nos cuesta confiar. También podemos llevar esta distancia a la oración. El Señor sigue obrando en nuestras vidas; su fidelidad nos permite reconocer con sinceridad dónde estamos y retomar nuestro camino.
La primera lectura nos permite contemplar su cumplimiento. La multitud del Apocalipsis está ante el trono de Dios y ante el Cordero. Está formada por personas de toda nación, pueblo y lengua. La salvación tiene este rostro: una comunión en la cual nadie debe cancelar su propia historia para pertenecer a Dios.
La primera lectura nos permite contemplar su cumplimiento. La multitud del Apocalipsis está de pie ante el trono de Dios y ante el Cordero. Está formada por personas de toda nación, pueblo y lengua. La salvación tiene este rostro: una comunión en la cual nadie debe cancelar su historia para pertenecer a Dios.
En Jerusalén esta visión nos concierne profundamente. Aquí sabemos hasta qué punto las pertenencias pueden separar, cuán difícil es reconocerse cuando nuestros recuerdos están heridos. La liturgia nos abre una mirada al futuro de Dios, y ese futuro guía nuestras decisiones de hoy. Si ante el Cordero hay sitio para cada pueblo, estamos llamados desde ahora a salvaguardar el lugar del otro en nuestra oración, en nuestra escucha, en nuestra responsabilidad.
Aquella multitud procede de la gran tribulación. Los santos han conocido la prueba y han lavado sus vestiduras en la sangre del Cordero. Sus vidas fueron transformadas por la Pascua de Jesús, por su amor que perdona y salva. Es este amor el que los sostuvo y les permitió, a su vez, de entregarse a los demás.
Aquí podemos comprender un rasgo central de la vocación de la Hermana María. En su "voto de víctima" deseaba unirse a la ofrenda de Cristo, participar de su amor por la salvación de los hombres. En el Coloquio Interior, esta ofrenda está estrechamente vinculada a la Eucaristía. Jesús se entrega y permanece entre nosotros. Al recibirlo, aprendemos a dejarle espacio en nuestra vida, para que su amor llegue a los demás a través de nosotros. Esta disponibilidad se manifestó en ella en el servicio a sus Hermanas, en la oración, en la paciencia de las relaciones cotidianas.
Una página del Coloquio aclara el significado de este camino: "El alma que más me honra no es la que más ha sufrido", sino, prosigue, "la que mejor ha transformado en amor y en alegría todos sus sufrimientos" (Coloquio, 637). El sufrimiento puede herir profundamente, incluso puede cerrar el corazón. Para sobrellevarlo, necesitamos ser sostenidos. Unidos a Cristo, podemos confiarle también lo que nos pesa y recibir de Él la fuerza para continuar amando.
En este horizonte, escuchamos las Bienaventuranzas. Jesús mira a personas pobres, afligidas, hambrientas de justicia, y les anuncia el Reino. Su promesa abre un futuro dentro de situaciones que parecen sin salida: serán consolados, quedarán saciados, verán a Dios. Estas palabras reflejan el rostro de Jesús, manso y misericordioso, fiel al Padre incluso en la prueba. Seguirlo significa aprender de Él como vivir lo que nos sucede.
«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8). También el salmo nos habla de manos inocentes y corazón puro. El deseo de ver a Dios implica a la vez la interioridad y las acciones. La Hermana María vincula la pureza del corazón con la humildad de reconocer el propio pecado: la sinceridad nos abre a la misericordia. Un corazón se vuelve más claro cuando deja de justificarse siempre, cuando acepta pedir perdón. Incluso la mirada sobre los demás puede cambiar entonces: quien conoce su propia necesidad de misericordia aprende a practicarla.
«Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,9). Regresa la palabra de la cual hemos partido: hijos. Trabajar por la paz hace reconocible en nuestra vida la semejanza con el Padre. La Hermana María destaca la invitación a ofrecer "un acto opuesto al mal" (Coloquio, 533). Es su manera de entender la reparación, uniéndose al amor de Cristo. Ante una palabra humillante, podemos restaurar la dignidad; ante una persona excluida, nos podemos acercar. La búsqueda de la justicia nos exige proteger a quien está herido y conservar un corazón capaz de reconocer todavía la humanidad de todos.
En el Coloquio, también encontramos estas palabras: "Nunca te presentas sola ante Dios: en tu alma está la Santísima Trinidad, un fragmento de toda la Iglesia" (Coloquio, 640). La Hermana María se reconoce parte de una comunión: ha recibido a través de otros y su respuesta podrá sostener a otras personas que jamás conocerá. Es el misterio que celebramos hoy. También vuestra oración lleva ante Dios a las personas y a las heridas de esta ciudad. Cada reconciliación vivida entre vosotras, cada fidelidad preservada en el esfuerzo pertenece a la vida de toda la Iglesia. El Señor conoce la fecundidad de lo que le confiáis.
Dentro de poco recibiremos en la Eucaristía al Cordero que reúne a esta multitud y la alimenta con su propia vida. Llevemos al altar lo que somos, con nuestras preguntas aún abiertas y con las personas que nos han sido confiadas. Dejemos que su don nos haga más disponibles para amar. Que el Padre que nos llama hijos nos acompañe desde ahora hasta el día en que lo veamos tal como Él es.
Amén.
*Traducido del original en italiano

