Montaña de las Bienaventuranzas
Celebración del Sermón de la Montaña
IV Domingo durante el Año
Sof 2,3; 3,12–13; 1Cor 1,26–31; Mt 5,1–12
Queridos hermanos y hermanas,
Estamos en la Montaña de las Bienaventuranzas, donde Jesús pronunció lo que se conoce como el "Sermón de la Montaña", que se inicia precisamente con las Bienaventuranzas que acabamos de proclamar. Esta montaña es en realidad una pequeña colina, ni siquiera demasiado alta, un lugar que no domina ni aplasta. Jesús comienza su ministerio justo aquí, donde vive la gente, en una de las rutas de comercio y de vida de aquel tiempo. Este sermón, por lo tanto, se dirige a una población inmersa en la vida cotidiana, dentro de una realidad frágil y concreta. Jesús no elige un lugar de poder, sino uno desde el que se puede ver la vida. Sube a esta colina, se sienta y habla: no denuncia, no acusa, no propone soluciones políticas. Habla de felicidad. Esta es la primera paradoja: no dice qué hacer, sino quién es bienaventurado; indica un estilo de vida, más que estrategias de acción. Habla de bienaventuranza en una tierra que en aquel tiempo estaba marcada por el esfuerzo, la pobreza, la tensión, el miedo y la injusticia. Una tierra que conocía bien la violencia y la dificultad de la convivencia.
Con las Bienaventuranzas, Jesús describe la realidad, pero como la ve Dios.
También hoy, aquí, nos encontramos en un contexto similar: vivimos en una tierra hermosa y herida, amada y disputada, bendecida y cansada. Somos comunidades cristianas pequeñas y frágiles, que han elegido permanecer, custodiar y servir, a menudo sin ver frutos inmediatos. Conocemos la tentación del desánimo, de encerrarnos, de defendernos. Justo aquí, en este Lugar Santo y en este momento histórico, resuena para nosotros y se nos dice de nuevo a nosotros, Iglesia de Tierra Santa, el Evangelio de las Bienaventuranzas, como palabra necesaria, concreta e inmediata.
Las Bienaventuranzas son una descripción de la vida cuando Dios es tomado en serio: trascienden una lista de preceptos morales, una clasificación de virtudes, un catálogo de heroísmos o un ideal para unos pocos. En esta tierra herida, donde el dolor tiene múltiples rostros e idiomas, todos llevan heridas: quienes han perdido a alguien, seguridad, confianza o futuro. El miedo corre el riesgo de convertirse en criterio, la defensa en identidad. Escuchar las Bienaventuranzas no es fácil: podría parecer una palabra fuera de lugar, ingenua, incluso ofensiva. Sin embargo, Jesús nos habla precisamente dentro de esta realidad.
No son un ideal inalcanzable, ni un premio para los mejores o un consuelo para los perdedores: son una nueva mirada sobre la vida. No niegan el mal, no lo explican ni lo justifican: lo atraviesan.
Dejémonos interpelar por algunas de estas bienaventuranzas.
"Bienaventurados los pobres de espíritu"
Aquí en Tierra Santa, la pobreza es una experiencia cotidiana para muchos: falta de trabajo, de libertad de movimiento, de estabilidad. Es una dependencia de decisiones tomadas en otros lugares. Según la enseñanza de Jesús, es precisamente en tales circunstancias que el acceso a Dios y la realización de Su Reino se hacen posibles, siempre que el corazón permanezca abierto, que la pobreza no genere amargura y que la privación no se transforme en odio. Para nosotros, esta bienaventuranza es una llamada a no dejarnos dominar por el miedo, a no reducirnos a una comunidad que sobrevive, sino que da testimonio. No es la exaltación de la miseria, sino la libertad de quienes no se poseen ni se cierran en sí mismos, de quienes saben que la vida les ha sido confiada.
"Bienaventurados los que lloran"
Hoy el llanto es real: el de las víctimas, el de los niños, el de las familias rotas, pero también el llanto silencioso de quienes están cansados, desilusionados, tentados a irse o de encerrarse. Jesús no dice que el llanto desaparecerá pronto, afirma que no es inútil. Dios no se acostumbra al dolor, incluso cuando nosotros nos arriesgamos hacerlo. Esta bienaventuranza nos impide normalizar el sufrimiento, aceptarlo como inevitable, archivarlo como "parte del conflicto". Jesús acoge el llanto: no lo elimina, no lo explica ni lo justifica; el llanto no es desperdiciado ni olvidado por Dios. Esta bienaventuranza impide la resignación y el cinismo: el creyente no niega el dolor, pero no deja de esperar, permanece en el llanto sin transformarlo en rabia.
"Bienaventurados los mansos"
En un contexto marcado por la fuerza, la respuesta armada, la lógica de la venganza, la mansedumbre parece escandalosa, y es una de las Bienaventuranzas más necesarias hoy. La mansedumbre es el rechazo a dejarse definir por el odio, la elección de no deshumanizar al otro, la fidelidad a la propia humanidad cuando todo empuja a perderla. Para los cristianos de Tierra Santa, la mansedumbre es una forma elevada de resistencia espiritual: significa permanecer presentes sin agresividad, seguir creyendo que los demás no pueden ser reducidos al mal que hacen o sufren. La mansedumbre es fuerza contenida, capacidad de no responder al mal con el mal, lo opuesto a la debilidad. En una tierra marcada por conflictos, la mansedumbre es una elección radical, casi escandalosa: permanecer humanos cuando todo empuja a deshumanizar al otro, ver a una persona incluso donde es más fácil ver un enemigo. Es quizás uno de los testimonios más contundentes: una presencia fiel, no agresiva, no ideológica, no armada.
"Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia"
Aquí, la justicia es una palabra herida, invocada, negada, instrumentalizada. Jesús reconoce esta hambre como bienaventuranza, sin pedirnos que se renunciemos a ella. Tener hambre de justicia significa negarnos a resignarnos ante la injusticia, evitando al mismo tiempo absolutizar la propia idea de justicia; significa buscar una justicia que no destruya al otro, no construya nuevos muros, no genere nuevas víctimas. Es una invitación a custodiar un espacio interior libre, donde la justicia sigue siendo un deseo profundo de verdad y de bondad, sin cristalizar en ideología. No de una justicia abstracta, sino concreta: en las relaciones, en las palabras, en las decisiones cotidianas. Sabemos bien que la justicia aquí no es sencilla, a menudo incompleta, a veces aparentemente imposible. Y, sin embargo, Jesús dice que esta hambre es ya una bienaventuranza: quienes tienen hambre de justicia se niegan a acostumbrarse a la injusticia, a normalizarla o justificarla. Estamos llamados a custodiar esta hambre, sin transformarla en ideología, y sin extinguirla por miedo.
"Bienaventurados los que trabajan por la paz"
Aquí comprendemos la fragilidad de la paz: es un proceso, no un estado; un esfuerzo cotidiano, no un acuerdo. Ser trabajadores por la paz significa a menudo trabajar en lo pequeño, en lo oculto, sin resultados visibles, construir relaciones, proteger la dignidad, mantener abiertos canales de diálogo cuando todo empuja a cerrarlos. Jesús dice que estos son llamados hijos de Dios, no porque tengan éxito, sino porque se parecen al Padre, que nunca renuncia al hombre. No dice: bienaventurados los que hablan de paz, sino trabajadores por la paz: la paz es un trabajo, fatigoso, lento, frágil, que requiere perseverancia, paciencia, capacidad de perder algo. Ser trabajadores por la paz significa a menudo trabajar sin reconocimiento, sin resultados inmediatos, a veces en el silencio. Pero Jesús dice que precisamente estos son llamados hijos de Dios, porque se parecen al Padre, que – como ya he dicho – sigue creyendo en el hombre incluso cuando el hombre decepciona y traiciona.
"Bienaventurados los que son perseguidos"
Jesús no engaña a sus discípulos: el Evangelio tiene un precio, y hoy este precio es real: ser minoría, incomprendidos, vulnerables. Sin embargo, Jesús afirma que el Reino ya es suyo, ahora, porque el Reino coincide con la fidelidad, no con la espera de una seguridad futura.
Las Bienaventuranzas prometen plenitud, no recompensas. "Bienaventurados… porque de ellos es el Reino de los cielos". Nos educan a reconocer las señales del Reino allí donde el mundo solo ve fracasos. El Reino ya está obrando, incluso cuando no lo vemos. El Reino de Dios de las Bienaventuranzas no es un mañana lejano, ya está presente cada vez que alguien vive así.
Por tanto, en esta Montaña, Jesús promete una nueva humanidad, posible incluso en el conflicto, no una tierra sin conflictos. En esta tierra herida pero amada, donde solo se habla de victoria, se buscan resultados inmediatos y aplausos, donde se grita venganza y violencia, estamos llamados a hacer visible el Evangelio, a permanecer, a dar testimonio, a proteger nuestros corazones. Quizás esta sea hoy nuestra bienaventuranza.
Aquí, hoy, en esta Montaña, Jesús nos pide confianza: creer que este camino, aparentemente débil, es en realidad el único que salva verdaderamente al hombre.

