25 de enero de 2026
III Domingo del Tiempo Ordinario, año A
Mt 4, 12-23
Cada evangelista da inicio al tiempo del ministerio público de Jesús con un portal de entrada, una clave de lectura que ayuda al lector a plantearse la pregunta fundamental de todo el texto: ¿Quién es Jesús? ¿Qué vino a hacer? ¿De qué habla este relato que ahora comienza?
Así, Lucas, con el episodio en la sinagoga de Nazaret (Lc 4,16-30), sugiere que Jesús es el profeta ungido por el Espíritu, enviado para llevar la buena nueva de la salvación a los pobres y a los excluidos. Será rechazado, tal como sucede en Nazaret; pero no será este rechazo lo que detenga su camino.
Marcos es, de todos, el más conciso: "El tiempo se ha cumplido, el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en el Evangelio" (Mc 1,15). El suyo es el anuncio del cumplimiento definitivo del don de Dios, que requiere una respuesta urgente por parte del hombre: es el tiempo para que todos se conviertan y crean.
A su manera, también Juan, tiene un manifiesto programático para la obra del Señor. Es un manifiesto narrativo, para el cual Juan construye una semana inaugural (Jn 1,19-2,11), que comienza con el testimonio del Bautista y culmina con las bodas de Caná. Es el relato de una nueva creación, que pasa por el nacimiento de una nueva y pequeña comunidad de creyentes, reunida alrededor del único Esposo, Cristo, Aquel que ha conservado el vino de la fiesta hasta ahora.
El pasaje de hoy (Mt 4,12-23) nos muestra cuál es la clave de lectura con la que el evangelista Mateo escribe su Evangelio.
Mateo da gran relieve al lugar donde la misión de Jesús comienza (Mt 4,13): dice que Jesús deja Nazaret y se retira a Cafarnaúm. Mateo no se detiene aquí, sino que añade algunos detalles, siempre relacionados al lugar donde se está desarrollando la historia: Cafarnaúm está junto al mar, y está en el territorio de Zabulón y de Neftalí.
La actitud de Mateo sobre estos elementos espaciales tiene un propósito preciso: introducir la larga cita del profeta Isaías (Is 8,23-9,1) que habla precisamente de este mismo territorio.
El texto pertenece al llamado "libro del Emmanuel" (Is 7–12), un conjunto de oráculos escritos durante un período dramático, en un tiempo de guerra. Asiria, potencia dominante, avanzaba hacia el sur, y los primeros territorios en ser invadidos y devastados fueron precisamente Zabulón y Neftalí, las tribus del norte. Esas regiones fueron las primeras en caer, las primeras en ser deportadas, las primeras en conocer la "oscuridad" de la ocupación.
Por lo tanto, una tierra atormentada. Pero no solo eso. El territorio que el evangelista Mateo se detiene a describir tiene otras dos características: es la Galilea de los gentiles, tierra de frontera, tierra marginal, tierra donde convive gente "mixta", y por lo tanto también "impura" según la lógica de la religiosidad tradicional. Y es también una tierra de paso: está "junto al camino del mar", lugar de tránsito, lugar en movimiento, y, por lo tanto, necesariamente abierto y acogedor.
Pues bien, Jesús va a vivir exactamente allí. Y Él es esa luz prometida por Isaías, una luz que se enciende precisamente en el mismo lugar donde la historia había conocido la oscuridad más profunda, donde más dolorosas y tenebrosas habían sido sus heridas. La luz, por lo tanto, no evita las zonas de sombra: al contrario, las atraviesa y las transforma.
Pero ¿Cómo las transforma? ¿En qué? La luz entra en las zonas de sombra y las transforma en lugares de relación o, mejor dicho, de vocación.
En esta tierra de sufrimiento y de frontera, de hecho, Jesús actúa de dos maneras. La primera es la de anunciar que el reino de los cielos está cerca (Mt 4,17). Jesús no se anuncia a sí mismo, sino que anuncia el Reino de Dios (Mt 4,17.23) que se hace presente con su fuerza de curación y de reconciliación, y que trae consigo la posibilidad de una vida nueva para todos.
A cada uno se le pide no tanto un esfuerzo moral, sino un cambio de dirección, una apertura del corazón para acoger el don.
Un ejemplo de este cambio se nos ofrece inmediatamente a través de la llamada de los primeros discípulos (Mt 4,18,22): en el "manifiesto programático" del ministerio de Jesús ya está incluida la Iglesia. Desde el principio Jesús no está solo y no lo hará todo solo. Llama a personas sencillas, que participan en la difusión de esta luz simplemente dejando un modo de vivir que habían establecido dentro de los límites de sus posibilidades y de su pensamiento.
Y dejan su vida anterior solo para abrirse a algo nuevo, todavía desconocido, pero que ya tiene el horizonte de la universalidad y de la misión, para que la salvación pueda alcanzar a todas las personas.
+Pierbattista
* Traducido del italiano por la Oficina de Prensa del Patriarcado Latino.

