22 de marzo de 2026
V Domingo de Cuaresma, año A
Jn 11, 1-45
Hemos visto, en el encuentro de Jesús con la mujer de Samaria (Jn 4,5-42), que Jesús se sienta junto al pozo de Sicar, cansado por el viaje. Y hemos dicho que no se trata de un cansancio físico, sino de un cansancio ligado a su misión: Jesús está cansado no solo por el viaje que lo lleva de Judea a Galilea, sino por otro viaje, el que desde el seno del Padre lo puso en camino en busca de la humanidad perdida, para traerla de vuelta a casa.
En el pasaje de hoy (Jn 11,1-45), vemos hasta dónde llega este largo viaje de Jesús.
El viaje de Jesús lo lleva a enfrentarse con la muerte, que es una de los dos protagonistas del capítulo 11 de Juan. A causa de este enfrentamiento, de esta lucha, Jesús hoy no solo está cansado: también está turbado y conmovido (Jn 11,33).
El enfrentamiento con la muerte es necesaria e inevitable: si Jesús vino a cumplir la alianza de Dios con su criatura, todo debe ser salvado; y de nada serviría esta salvación si la muerte quedara fuera. Si de hecho la muerte no fuera vencida, entonces significaría que hay un lugar en nuestra vida donde la comunión con Dios se rompe, donde el camino entre Él y nosotros se interrumpe.
Será, pues, este enfrentamiento, el de la muerte, el que nos revelará verdaderamente quién es Jesús, si Él es realmente el enviado del Padre para traernos la buena noticia de la salvación.
Además de la muerte, hemos dicho, hay otro protagonista en este pasaje, y es el amor.
Encontramos este término enseguida, en el versículo 3, cuando las hermanas de Lázaro mandan a decir a Jesús: "Señor, aquel que tú amas está enfermo". Poco después se dice que Jesús amaba a Marta y a su hermana y a Lázaro (Jn 11,5). Y luego, en el versículo 36, cuando Jesús rompe a llorar, los presentes exclaman: "Mirad cómo lo amaba".
Tenemos, pues, estos dos elementos, la muerte y el amor. Y parecerían incompatibles entre sí, parecería que allí donde llega la muerte, el amor debe necesariamente ceder el paso, debe dejar de existir.
Veamos, pues, cómo se produce este choque entre el amor y la muerte.
El relato no comienza ante el sepulcro, sino lejos, cuando Jesús recibe la noticia del amigo enfermo.
Jesús no acude de inmediato: no va a curarlo, como había hecho otras veces, con otras personas enfermas. De hecho, había curado a muchos, y muchos eran personas desconocidas. Pero ante el amigo enfermo, Jesús tarda, y deja que la muerte se presente con toda su fuerza.
Cuando esto ya ha sucedido, cuando parece que ya no hay nada más que hacer, Jesús se pone en camino hacia Betania; y cuando llega, Lázaro lleva ya cuatro días muerto (Jn 11, 17). La muerte parece haber vencido, y el amor parece haberse revelado como un amor inútil, incapaz de salvar de la muerte.
Es lo que piensan las hermanas, al acercarse a Jesús. Ambas, de hecho, le repiten la misma frase: "Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto" (Jn 11,21.32). Lo que significa: si Tú hubieras estado allí, donde la muerte acechaba, donde la muerte vino a llevarse a Lázaro, Él no habría muerto, habría vencido el amor, y no la muerte.
Pero Jesús no se limita a consolar a las hermanas por la pérdida del hermano: quiere mostrar que su amor es capaz de alcanzarlo incluso en la muerte. El relato de Juan se detiene mucho en el camino que Jesús hace para llegar al sepulcro de Lázaro (Jn 11,34-38): no va al lecho de Lázaro para curarlo, sino que va al sepulcro de Lázaro para resucitarlo.
Entra en la muerte, desciende al abismo más oscuro donde el hombre se ha perdido, y de allí lo saca.
No es un milagro espectacular, un acontecimiento maravilloso: es la última y más importante revelación de Dios, aquella por la cual no hay lugar humano al que Dios no pueda entrar.
La muerte abandona su presa porque la Palabra de Jesús es creadora de vida. No solo habla de la vida, como a menudo escuchamos en el Evangelio de Juan, sino que la genera: cuando Dios habla, lo que está muerto se vuelve capaz de escuchar.
He aquí, pues, lo que hace el amor: vence a la muerte no con un gesto de poder, sino entrando en ella, dejándose conmover, pronunciando una palabra que llama por su nombre, para expresar una relación que no se rompe ni siquiera dentro de un sepulcro.
+Pierbattista

