De Emiliano Eusepi
"¿Qué significa contemplar el cielo de Jerusalén? Significa mirar muy profundamente la realidad, no solo la del conflicto en Tierra Santa, sino la realidad del caos global que todo el mundo está viviendo". Con estas palabras la periodista Alessandra Buzzetti comenzó el encuentro del último día del Encuentro por la Amistad entre los Pueblos, que se celebra anualmente en Rímini.
Ante un "desorden global" donde todas las reglas parecen haberse roto, respondiendo a las preguntas de varios jóvenes inspirados por su carta pastoral, el Patriarca ofreció a los presentes un intenso testimonio de esperanza. El diálogo con los jóvenes también abordó temas más íntimos, como cuando una joven preguntó a Su Eminencia sobre su dolor como pastor de una Iglesia que sufre: «Todos nos hemos visto afectados de diferentes maneras por tanto dolor» respondió el Patriarca. «El dolor de las relaciones rotas por haber dicho algo que no gustó, el dolor por las personas que ya no están, por la violencia de la que somos testimonio, por la sensación de impotencia». El Patriarca no ocultó su propio sufrimiento: «La experiencia del dolor te hace sentir incapaz, no estar a la altura de la situación. En el desarrollo de mi cargo, a veces la gente te espera en todas partes, pidiendo ayuda, y te das cuenta que no puedes llegar a todos. Todo esto te afecta y no siempre logras lidiar con esas situaciones. Es humano, no soy un superhombre».
Pero precisamente ante nuestra incapacidad para encontrar soluciones a todo este sufrimiento, nuestra respuesta no debe ser la de confiar solo en soluciones políticas, o en la violencia, sino en la oración y en la contemplación de la cruz: «La oración es importante porque es el único lugar donde puedes entregar tu impotencia. Mirar la cruz: la cruz es el lugar donde Jesús humanamente falla y, sin embargo, para nosotros es fuente de salvación. Esto te ayuda a poner las cosas en su justa medida. Cuando a veces ya no puedes más o caes, lo importante es saber que tienes un lugar al que volver, que nunca todo termina, al que siempre puedes volver mirándole a Él, y volver a empezar». La empatía y la presencia concreta cerca de la gente siguen siendo para el Patriarca la medicina fundamental contra el aislamiento: «Hay una cosa que nunca debemos olvidar, sobre todo en tiempos de dolor: no estar solos. La empatía, más que muchas palabras, cuenta en el estar ahí, en el estar presentes. Y esto se aplica a todos, incluso a los cardenales».
Otro tema abordado en el encuentro fue el perdón y el rechazo a ver al otro como un enemigo. Preguntado sobre cómo es posible amar a quien hace el mal y perdonar en contextos tan difíciles, el Patriarca ofreció una diferencia fundamental entre la dimensión personal y la social: «A nivel personal, el perdón es atemporal. En cualquier momento puedes ser llamado y estás llamado a perdonar. Tenemos innumerables testimonios de personas que, frente a sus agresores, en el momento de su muerte, fueron capaces de perdonar. Son testimonios necesarios, hermosos, maravillosos, fantásticos».

Sin embargo, a nivel comunitario, la perspectiva cambia y requiere un trabajo de purificación de la memoria y curación de las heridas que es muy difícil y requiere mucho tiempo: «A nivel de comunidad, a nivel social, las dinámicas son diferentes, los tiempos no son todos iguales. Hay que saber esperar y tener paciencia, hay que saber preparar a la comunidad primero para comprender lo que ha sucedido, para hacer una justa valoración, para sanar y luego también para perdonar. No debemos distinguir ingenuamente estos niveles: las personas que son capaces de perdonar son la base de un camino que también la comunidad debe recorrer, un camino más exigente, más difícil, más lento, pero no por ello menos necesario».
El Patriarca Pizzaballa recordó finalmente que la esperanza no es la espera ingenua de una solución política inmediata, sino que es signo de una presencia interior y que es necesario coraje para abrir brechas en los muros del odio mediante el encuentro con el otro, reconociendo su rostro y su historia más allá de toda categoría abstracta. Concluyó diciendo: «La pasión es contagiosa: no se transmite a través de discursos complicados, sino a través del entusiasmo, la alegría y la amistad pueden contagiar a las personas. Y luego, no puedes pretender que todos te entiendan: quien te sigue es bienvenido, y los demás son bienvenidos de igual manera, y rezas por ellos. No debemos hacer las cosas por el resultado: lo que nos debe impulsar no es el resultado, sino el deseo».

