23 de agosto de 2026
XXI Domingo del Tiempo Ordinario, año A
Mt 16, 13-20
Los Evangelios hablan de la relación entre Jesús y sus discípulos como algo que crece con el tiempo.
Al principio, Jesús, al pasar junto al mar de Galilea, ve a unos hombres trabajando y los llama a seguirlo (Mt 4,18 ss). Su mirada penetra profundamente, una mirada que conoce y que coloca a estos hombres dentro del plan de Dios, dentro de la vocación a la que han sido llamados.
Los discípulos, también aprenden gradualmente a ver a Jesús, aprenden a conocerlo. Ven a un hombre, como ellos, pero también aprenden a ver más allá. Ven que este hombre, que comparte la vida con ellos, es portador de un misterio único.
El pasaje del Evangelio de hoy (Mt 16,13-20) marca una etapa importante en este camino de conocimiento recíproco. Estamos en Cesárea de Filipo, en el extremo norte del País, y Jesús pregunta a sus discípulos sobre lo que de Él han visto y reconocido hasta ahora. Lo hace con dos preguntas. Con la primera pregunta qué piensa la gente de Él («¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?» - Mt 16,13), con la segunda interpela directamente a sus discípulos («Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» - Mt 16,15).
Las dos preguntas son importantes, porque las dos respuestas son muy diferentes.
La primera respuesta ("Ellos respondieron: 'Unos dicen que Juan el Bautista; otros, Elías; otros, Jeremías o alguno de los profetas'" - Mt 16,14) muestra que la gente ve solo lo que ve con sus propios ojos; reduce a Jesús a algo ya visto: un profeta, un hombre de Dios, un hombre justo. La segunda respuesta, la de Pedro ("Tú eres el Mesias, el Hijo del Dios viviente" - Mt 16,16), cambia de nivel: Pedro pronuncia palabras que le trascienden, palabras que no nacen solo de él, de sus propias capacidades o intuiciones, sino de la escucha de lo que el Padre le ha revelado.
A este respecto, hay que destacar una cosa.
Al principio del Evangelio (Mt 3,13-17), cuando Jesús desciende al Jordán para ser bautizado por Juan, el Padre hace oír su voz y proclama que este hombre es su Hijo, el amado, en quien se complace. A mitad del relato de Mateo (Mt 17,1-9), en el momento de la transfiguración de Jesús en la montaña, de nuevo el Padre vuelve a hacer oír su voz, diciendo lo mismo: (Mt 17,5).
«Este es mi Hijo, el amado»
Son las palabras más importantes y preciosas que un hombre puede escuchar: expresan un sentimiento de pertenencia, dicen que la propia vida es preciosa, dan sentido de toda la existencia. El Padre reconoce al Hijo, dándole la certeza de estar con Él en una relación única y especial.
Pues bien, Pedro, de algún modo, por gracia, intuye algo de este misterio, de esta relación entre Padre e Hijo. Y podríamos decir que las palabras con las que Pedro confiesa que Jesús es el Mesias, el Hijo de Dios, son las mismas palabras del Padre, palabras que Pedro escucha en su interior y con las que puede conocer a Jesús.
Pedro ve a Jesús como lo ve el Padre.
No inventa nada, simplemente acoge una revelación que el Padre desea donar a cada hombre.
Porque el gran deseo del Padre es dar a conocer al Hijo, y el gran deseo del Hijo es dar a conocer al Padre.
La fe es exactamente esto. Es llegar a conocer a Jesús, en la medida de lo posible, como el Padre mismo lo conoce, como Hijo. Y es llegar a reconocer al Padre, en la medida de lo posible, como el Hijo lo conoce, es decir, como Padre.
Este es el punto de llegada, a construir día tras día, simplemente escuchando, en lo más profundo de nuestros mismos, lo que el Padre nos sugiere, a través del Espíritu que habla en nosotros.
Cuando esto sucede, entonces uno se vuelve más sólido, se convierte en roca, como Pedro («Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia…» - Mt 16,18).
Ser una "roca" no es una cualidad psicológica, ni un mérito moral, sino el resultado de una relación en la que fluyen la vida y el reconocimiento mutuo. Una roca que sirve para que otros puedan apoyarse y construir a su vez vidas seguras, como personas confiables porque son reconocidas en su propia dignidad de hijos, amados por el Padre como es amado el mismo Jesús.
+Pierbattista
*Traducido del italiano

