Navidad 2025 - Misa de Nochebuena
Is 9, 1-16; Tt 2, 11-14; Lc 2, 1-14
Queridos Hermanos y Hermanas,
¡Que el Señor os conceda la Paz!
El Evangelio que acabamos de escuchar comienza con palabras sobrias y precisas: «Sucedió en aquellos días que salió un decreto del emperador Cesar Augusto, ordenando que se empadronase todo el Imperio» (Lc 2,1). Lucas sitúa el nacimiento de Jesús dentro de la gran historia del mundo, marcada por decisiones políticas, equilibrios de poder, lógicas que parecen gobernar el curso de los acontecimientos. Como entonces, también hoy, la historia está marcada por decretos, decisiones políticas, equilibrios de poder que a menudo parecen determinar el destino de los pueblos. Tierra Santa es testigo de ello: las decisiones de los poderosos tienen consecuencias concretas en la vida de millones de personas.
La Navidad, sin embargo, nos invita a mirar más allá de la lógica del dominio, a redescubrir la fuerza del amor, de la solidaridad y de la justicia. No es un relato suspendido fuera del tiempo, sino un acontecimiento que sucede mientras la historia avanza por caminos que no siempre comprendemos y que a menudo no elegimos.
El inicio del pasaje evangélico no es una simple noticia, sino una elección profundamente teológica. El evangelista Lucas nos dice que Dios no teme la historia humana, incluso cuando esta parece confusa, marcada por injusticias, violencia y dominio. Dios no crea una historia paralela, no entra en el mundo cuando todo está finalmente ordenado y en paz. Entra en la historia real, concreta, a veces dura, y la asume desde dentro.
El decreto del César parece dominar la escena: el emperador que cuenta, registra, organiza, gobierna. Todo parece bajo control, todo parece obedecer a una lógica de poder que decide por los pueblos. Y, sin embargo, sin saberlo, ese mismo decreto se convierte en instrumento de un plan mayor. La historia, que pretende bastarse a sí misma, se convierte en el lugar donde Dios cumple su promesa. Este es uno de los grandes anuncios de la Navidad: Dios no espera a que la historia mejore para entrar en ella. Entra mientras la historia es lo que es. Así nos enseña que ningún tiempo está definitivamente perdido y que ninguna situación es demasiado oscura para que Dios pueda habitar en ella.
Por eso el Evangelio no comienza con un milagro clamoroso, sino con un acto administrativo; no con un canto de ángeles, sino con un censo. Es allí donde Dios se hace cercano. José y María se ponen en camino, no por un proyecto que eligieron ellos, sino por obediencia a una orden divina. Se mueven dentro de una historia que no controlan, en decisiones tomadas en otro lugar. Y precisamente a través de estas circunstancias, aparentemente ajenas a la promesa, Dios cumple su Palabra.
En Navidad, Dios no se rinde al mundo, así como en Pascua Cristo no es vencido por el mal. En Navidad, Dios ama al mundo plenamente, lo abraza, lo toma sobre sí mismo. Podríamos decir que Dios, al hacerse hombre, "se casa" con la realidad. Para Él, todo lo que es humano, no ha dejado de ser digno de ser habitado. Ciertamente el pecado ha desfigurado nuestra semejanza con Dios, pero no ha borrado Su imagen en nosotros y en la creación. Por eso el mundo sigue siendo bendito, incluso cuando el canto de alabanza por su belleza se transforma en un grito de salvación.
El Eterno, al entrar en el tiempo, lo llenó de esperanza y de futuro. Rompió el ciclo estéril de una crónica que se repite, a menudo amargamente, y transformó nuestras frágiles vidas, nuestros momentos difíciles, en lugares de historia de salvación. Desde ese momento, la historia siempre merece ser vivida, porque en ella se ha sembrado una semilla invencible de paz. El Hijo de Dios, al nacer y elegir recorrer todo el camino humano, desde el nacimiento hasta la muerte, nos dice que vale la pena ser hombres y mujeres, hoy y siempre, porque la vida humana, hecha suya por la Palabra eterna, se ha convertido en el lugar sagrado donde Dios continúa obrando sus maravillas.
El nacimiento de Jesús ocurre en la noche. No solo en la noche cronológica, sino en la noche de la humanidad: un tiempo de limitación, incertidumbre y miedo. Y, sin embargo, es precisamente en esta noche que se da la luz. Una luz que no elimina la noche, sino que vence las tinieblas que la acompañan. La luz de Dios no deslumbra ni impone: ilumina el camino y hace posible seguir caminando.
En el relato de Lucas, emerge un contraste decisivo: por un lado, el emperador que dispone de los pueblos, por el otro, un niño que nace sin poder. El imperio emite decretos, Dios da un Hijo. Mientras la historia sigue la lógica de la fuerza, Dios actúa con discreción y cumple sus promesas a través de los acontecimientos ordinarios.
Este contraste no solo nos conmueve, sino que nos convierte. Nos revela cómo Dios elige estar presente en el mundo y, en consecuencia, cómo también nosotros estamos llamados a formar parte de la historia. La Navidad, de hecho, no es un refugio espiritual que nos sustrae a la fatiga del tiempo presente. Es una escuela de responsabilidad. Nos enseña que la plenitud de los tiempos no es una condición ideal que esperar, sino una realidad que abrazar. Es Cristo mismo quien hace pleno el tiempo. Él no espera que las circunstancias sean favorables: las habita y las transfigura.
«Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad» (Lc 2,14). Incluso la paz anunciada por los ángeles debe entenderse desde esta perspectiva. No es un simple equilibrio, ni el resultado de acuerdos frágiles. Es el fruto de la presencia de Dios en la historia. Es una paz que viene de lo alto, pero que no se impone. Es donada, pero también confiada. Dios cumple plenamente su parte hasta el final: entra en la historia, se hace Niño, comparte nuestra condición. Pero no sustituye la libertad del hombre. La paz se hace real solo si encuentra corazones dispuestos a acogerla y manos dispuestas a custodiarla.
Por esto la Navidad nos confía una responsabilidad grande y concreta. Cada gesto de reconciliación, cada palabra que no alimenta el odio, cada elección que pone en el centro la dignidad del otro se convierte en el lugar donde la paz de Dios se encarna. La Navidad no nos distancia de la historia, sino que nos conecta profundamente. No nos hace neutrales, sino participantes.
Aquí, en Tierra Santa, esta verdad resuena con particular fuerza. Celebrar la Navidad en Belén significa reconocer que Dios ha elegido una tierra real, marcada por heridas y expectativas. La santidad de los lugares coexiste con heridas aún abiertas. Venimos de años extremadamente difíciles, en los que la guerra, la violencia, el hambre y la destrucción ha afectado profundamente la vida de muchos, especialmente de los más jóvenes. La situación se ha vuelto demasiado pesada, las relaciones demasiado conflictivas, demasiado agotador volver a empezar y reconstruir. En los últimos años, la historia ha mostrado todas sus contradicciones, la realidad nos ha confrontado con su lado pesado, complejo y triste. Lo que para nosotros es una evidencia concreta y dolorosa, sin embargo, se percibe también en otras partes del mundo. Hay un deseo generalizado de evadirse de la realidad. Se huye de responsabilidades demasiado pesadas, se huye del cuidado del bien común, para refugiarse al propio interés privado, se huye de lazos demasiado exigentes, para pasar de una distracción a otra, en un clima de desapego general. En resumen, en todas partes se percibe un gran malestar, a veces incluso espiritual, incapaces como somos de comprender el porqué de toda esta violencia, y de la cultura que la alimenta o que la ignora.
Las situaciones tan difíciles de este tiempo no son fruto del destino, sino de decisiones políticas, de responsabilidades humanas, de decisiones que a menudo anteponen los intereses de unos pocos al bien común. Tierra Santa, encrucijada de pueblos y de religiones, sigue siendo escenario de tensiones y conflictos que interpelan la responsabilidad de los líderes locales, de la comunidad internacional, pero también de las autoridades religiosas y morales.
En todas las partes de nuestra Diocesis hay retos. A pesar del fin de la guerra, el sufrimiento sigue presente en Gaza, las familias viven entre los escombros y el futuro se presenta frágil e incierto. Las heridas son profundas, pero incluso allí, justo allí, resuena el anuncio de la Navidad. Al encontrarlos, me impresionó su fuerza y su deseo de empezar de nuevo, su capacidad de volver a alegrarse, su determinación de reconstruir desde cero sus vidas devastadas. Creo que en este momento están viviendo su propia Navidad especial, de nuevo nacimiento y de vida. Hoy, son para nosotros un hermoso testimonio. Nos recuerdan que también nosotros estamos llamados a ser parte de nuestra propia historia. Nos interpelan a pedir con fuerza caminos de justicia y reconciliación, a escuchar el clamor de los pobres, para que la paz no sea sólo un sueño, sino un compromiso concreto y una responsabilidad para todos.
«En aquella misma región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño» (Lc 2,8). Esta llamada universal encuentra inmediatamente un rostro concreto en el Evangelio: tras el nacimiento de Jesús, la mirada se desplaza de los poderosos de la historia a los pastores en los campos, hombres sencillos, a menudo invisibles, que representan la vida ordinaria y la fatiga cotidiana. Dios no se revela a los privilegiados, sino a quienes buscan; no a los que poseen, sino a los que velan y a los que afrontan la fatiga cotidiana.
Aquí y ahora, todos estamos llamados a convertirnos en primicia del Reino que viene. No en otro lugar, no en un tiempo ideal. Aquí, asumiendo con valentía los desafíos de una convivencia a menudo problemática y de una reconstrucción lenta y laboriosa, somos enviados por el Padre, con el Hijo, en la fuerza del Espíritu, a reparar ruinas, a devolver la esperanza, a comunicar vida. Siguiendo a José y María, estamos invitados a volver a nuestra realidad con paso confiado, seguros de que Dios nos precede en el camino.
Estimadísimos,
La historia no cambia toda en una noche. Pero puede cambiar de rumbo cuando los hombres y las mujeres se dejan iluminar por una luz superior a ellos. El Evangelio de esta noche nos interpela también nos interpela a nosotros, los aquí presentes, provenientes de diferentes países, culturas e historias. Nos pide no permanecer neutrales. No huir de la complejidad del presente, sino atravesarla a la luz del Niño. La noche del mundo puede ser profunda, pero no es definitiva. La luz de Belén no deslumbra: ilumina el camino. Pasa de corazón a corazón, a través de gestos humildes, palabras de reconciliación, decisiones diarias de paz, tomadas por hombres y mujeres que dejan que el Evangelio se haga carne en sus vidas.
En esta noche santa, la Iglesia proclama que la esperanza no ha sido defraudada. Dios ha entrado en nuestra historia y nunca se ha ido. Ha elegido habitar el tiempo de los hombres para que nadie se sienta excluido, ninguna vida descartada, ninguna noche sin luz.
Que el Niño nacido en Belén bendiga esta tierra y a todos sus pueblos. Bendiga a cada familia necesitada, a cada niño herido, a cada hombre y mujer cansados por el peso del presente.
En esta noche santa, proclamamos con alegría: la luz resplandece en las tinieblas y las tinieblas no la han vencido. A Dios que se ha hecho cercano, que ha elegido la pobreza de un pesebre para habitar en nuestra historia, sea la gloria por los siglos.
Santa Navidad a todos vosotros, a Tierra Santa, a la Iglesia y al mundo entero.
Amén.
+Pierbattista Card. Pizzaballa
Patriarca latino de Jerusalén

