1 de noviembre de 2026
Solemnidad de Todos los Santos, año A
Mt 5, 1-12
La solemnidad de Todos los Santos, que este año celebramos en domingo, nos hace leer el pasaje del Evangelio de las bienaventuranzas (Mt 5,1-12). Un pasaje conocido, sobre el cual hemos meditado en numerosas ocasiones. Nos centraremos en un aspecto concreto, desde una perspectiva particular: el término recompensa, que ya hemos encontrado a lo largo del camino de los domingos de este año. Jesús lo utiliza al final del pasaje: «Grande es vuestra recompensa en los cielos» (Mt 5,12).
El evangelista Mateo recurre a menudo a esta palabra, que no debe entenderse, sin embargo, como un pago económico o como un premio que el hombre pueda reclamar en virtud de sus propios méritos. Más bien, podemos interpretarla como el cumplimiento de la relación con Dios, que comienza cuando el hombre se abre al don gratuito del amor del Padre y deja que toda su vida se transforme por ello.
La forma en que están formuladas las bienaventuranzas podría hacer pensar en una relación de causa y efecto: si me comporto de una determinada manera, si soy pobre, dócil, misericordioso, entonces el Padre me dará lo que me corresponde. Como si fueran "cosas" que Dios da al hombre.
Pero Dios es soberanamente libre: su amor no se deja comprar por nuestros méritos. Es un amor que apela a nuestra libertad y espera una respuesta. La gratuidad del don hace que esta respuesta sea posible y preciosa.
Las bienaventuranzas, entonces, revelan cómo puede ser transformada una vida cuando acoge el Reino de Dios y confiamos en sus promesas.
Nos centramos precisamente en estas promesas, que encontramos en la segunda parte de cada bienaventuranza. ¿Qué recompensa implican?
Jesús promete el Reino de los cielos (Mt 5,3.10), la consolación (Mt 5,4), la herencia de la tierra (Mt 5,5), la saciedad (Mt 5,6), la misericordia (Mt 5,7), la visión de Dios (Mt 5,8), el ser llamados hijos de Dios (Mt 5,9).
Si observamos atentamente, comprendemos que estos dones afectan a toda la vida del hombre y lo acercan cada vez más a la comunión con el Padre.
Cuando Jesús promete el Reino a los pobres de espíritu, consolación a los que lloran, la herencia de la tierra a los mansos, no está anunciando que Dios intervendrá desde el exterior para resolver sus situaciones. Está revelando que, precisamente en estas condiciones, a menudo considerados signos de debilidad o de fracaso, el hombre puede abrirse a la acción de Dios y acoger su modo de reinar.
La recompensa última no es algo que Dios posea y conceda. Es Dios mismo, es la relación con Él.
Esto significa que quien vive según la lógica del Reino entra cada vez más en la realidad del Reino.
Cuando, por ejemplo, Jesús dice que los misericordiosos son bienaventurados porque alcanzarán misericordia (Mt 5,7), no quiere decir que, si alguien es misericordioso con los demás, entonces Dios será misericordioso con él.
Quiere decir que la persona misericordiosa ya ha entrado en la lógica de Dios, y que la misericordia recibida no es simplemente una recompensa futura, sino más bien una relación con Dios que es acogida y se convierte en vida.
Es, en definitiva, una relación que se cumple, allí donde el modo de actuar de Dios se convierte también, día tras día, en el modo de vivir del cristiano. Nuestra misericordia no compra la de Dios: nace de su amor acogido y hecho vida.
Quien se deja perdonar aprende a su vez a perdonar. Y precisamente en el mostrar misericordia a los demás, se adentra más profundamente en el don recibido, al tiempo que espera con confianza la misericordia que le ha sido prometida.
Es una relación que crece allí donde el modo de actuar de Dios se convierte también, día tras día, en el modo de vivir del cristiano.
Así ocurre con la mansedumbre. Evidentemente, no es una condición que permita al hombre entrar en posesión de la tierra (Mt 5,5). La mansedumbre hace al hombre capaz de recibir todo lo que Dios quiere darle.
El manso renuncia a hacer de la fuerza y del dominio la garantía de la propia vida. También en las relaciones con los demás, aprende a dejar espacio, sin necesidad de imponerse siempre. Confía su futuro a Dios y a su promesa. La mansedumbre transforma así el corazón, lo hace capaz de recibir y de compartir lo que le ha sido confiado. Y lo abre a la esperanza de un mundo nuevo.
Pero la bienaventuranza que ilumina a todas las demás es tal vez la de los puros de corazón, porque verán a Dios (Mt 5,8).
Porque si la recompensa fuera simplemente algo que Dios distribuye, esta bienaventuranza sería sorprendente. Si, en cambio, la recompensa es relación, entonces se convierte en el punto culminante de todo el discurso.
De hecho, el camino de las Bienaventuranzas nos lleva aquí, a la visión de Dios.
Tal vez el Evangelio nos interpela precisamente en este punto. Muchos anhelan los dones de Dios: la consolación, la paz, el perdón, la vida eterna. Pero las Bienaventuranzas prometen algo más y diferente: prometen a Dios mismo.
La solemnidad de hoy nos invita a mirar a los santos como aquellos en quienes esta promesa se ha cumplido. Han acogido el amor del Padre en sus vidas, dejando que transformara su modo de vivir. Ahora ven a Aquel en quien han creído.
Su alegría sostiene también nuestra esperanza: "Seremos semejantes a él, porque le veremos tal como es" (1Jn 3,2). La comunión que hoy aprendemos a vivir, en la fragilidad de nuestros días, encontrará en Él su plenitud.
+Pierbattista
*Traducido del italiano

