11 de octubre de 2026
XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario
Escuchamos el pasaje del Evangelio de este domingo (Mt 22,1-14), centrándonos primero en un aspecto que se desprende del texto.
Hay un rey que prepara un banquete de bodas para su hijo y organiza una fiesta, a la que invita a un primer grupo de personas. Como estas se niegan a la invitación, envía a sus siervos a llamar a otras, a fin de que la fiesta pueda tener lugar.
En el texto hay un detalle que puede ayudarnos a comprender uno de los múltiples aspectos de este pasaje: las acciones del rey están profundamente marcadas por la palabra.
Ante todo, dirige invitaciones y envía a sus siervos a llamar a los invitados (Mt 22,3). Cuando estos rechazan la invitación, el rey envía nuevamente a sus siervos y les da instrucciones muy precisas para transmitir: "Decidles: Mirad, tengo preparado el banquete ... ¡Venid a la boda!" (Mt 22,4).
Ante su rotunda negativa, el rey vuelve a tomar la palabra y dice a sus siervos que vayan por todas partes invitando a la boda a todo aquel que encuentren (Mt 22,9).
Pero aún no ha terminado. El banquete ha comenzado, la sala está llena de gente y el rey, al entrar, ve a un hombre sin el vestido de boda. No lo expulsa inmediatamente; al contrario, primero le habla: "Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?" (Mt 22,12).
Este rey, por tanto, llama, habla, dice, da órdenes, y lo hace repetidamente, exactamente igual que, en la parábola anterior, el dueño de la viña había salido varias veces durante el día para llamar a trabajadores a trabajar en su viña.
La actitud de los invitados es, en cambio, casi la opuesta. De los primeros, de hecho, se dice simplemente que no quieren venir (Mt 22,3). Ninguno de ellos habla. Cuando después el rey envía nuevamente a los siervos a renovar la invitación, algunos se van a sus asuntos, otros apresan a los siervos y los maltratan. Tampoco esta vez nadie habla, excepto aquellos que usan la palabra para insultar a los siervos (Mt 22,6).
Finalmente, en la segunda escena, cuando el rey entra en la sala y se dirige al hombre sin vestido de boda, este, en lugar de responder, guarda silencio (Mt 22,12).
La pregunta del rey no es un juicio ni un reproche, sino una oportunidad de salvación, una invitación a reencontrase consigo mismo. Sin embargo, como no da respuesta alguna, es excluido del banquetea y expulsado fuera (Mt 22,13).
Tal como ocurrirá en el huerto de Getsemaní, donde Jesús se dirigirá a Judas llamándolo precisamente de la misma manera: «Amigo, ¡Por esto estas aquí!» (Mt 26,50). Una palabra a la que Judas no responde, porque también en aquel caso, como aquí, el problema es una relación fallida, un diálogo interrumpido.
Podríamos decir que el mutismo del invitado sin vestido de boda expresa, en el fondo, la misma actitud de rechazo manifestada por los primeros invitados. Y podríamos entonces concluir que, así como las acciones del rey están marcadas por las palabras, las acciones de los hombres se caracterizan por la ausencia de palabras, por el silencio.
Todo esto significa que lo que excluye realmente de la fiesta es la falta de respuesta de quien es llamado, porque este silencio revela una actitud cerrada y habla de un corazón que permanece distante.
El rey, ofrece su palabra a todos: a los buenos y a los malos, a los cercanos y a los lejanos. Abre la puerta a todos, y la llamada es sin exclusiones, gratuita e inesperada. Por eso no son los malvados que quedan fuera, sino los mudos, aquellos que no entran en diálogo y en intimidad con el Señor.
El Señor, en realidad, no desea simples ejecutores de sus órdenes; quiere amigos que hablen con Él, quiere hijos.
Todo aquello que entra en este diálogo con el Señor, de alguna manera, es redimido: también nuestro mal, también nuestro pecado.
+Pierbattista
*Traducido del italiano

