18 de octubre de 2026
XXIX Domingo del Tiempo Ordinario, año A
El pasaje del Evangelio que escuchamos hoy (Mt 22,15-21) nos presenta una trampa que fariseos y herodianos, aliados por conveniencia, preparan con cuidado para poner en dificultades al Señor Jesús.
La pregunta con la que buscan tenderle una trampa tiene una vertiente política evidente: "¿Es lícito o no, pagar el tributo al César?" (Mt 22,17). La pregunta es pérfida: si Jesús responde afirmativamente, aparecerá como un colaborador; si responde que no, será visto como un subversivo político.
La pregunta, sin embargo, va precedida de un elogio tan solemne como sospechoso: "Maestro, sabemos que eres veraz y enseñas el camino de Dios según la verdad, sin darte cuidado de nadie y sin acepción de personas ..." (Mt 22,16).
En el plano narrativo, el lector ya sabe que los fariseos han venido para "cogerle en falta" (Mt 22,15): por lo tanto, cada palabra de alabanza resuena inmediatamente como falsa. Sin embargo, precisamente ellos, que quieren atraparle, lo describen perfectamente; y buscando ponerle a prueba, al final le ofrecen la oportunidad de confirmar su opinión sobre Él.
La pregunta es una trampa porque está planteada de modo que tenga solo dos respuestas posibles: o sí, o no. La trampa, no obstante, solo funciona si Jesús acepta el terreno de la disputa, y se mantiene dentro de los confines puestos por sus interlocutores: pero Jesús no se deja atrapar por una disyuntiva política, no permanece prisionero de esta falsa alternativa y centra, inmediatamente, la conversación hacia aquello que más le importa, hacia aquello que es esencial.
En primer lugar, no responde de inmediato, como otras veces sucede en los Evangelios. A menudo, ante preguntas como estas, Jesús cuenta una parábola. Aquí, en cambio, parte directamente de lo concreto, de la realidad, es decir, de la moneda. Y, al observar la moneda, todo se vuelve sencillo: Jesús, de hecho, pone de manifiesto una evidencia, o un olvido, porque está claro que esa moneda pertenece a la realidad imperial.
Jesús escapa de la trampa, sobre todo, porque no elige uno de los dos polos, sino que muestra que la pregunta es demasiado limitada. No se trata de decidir si estar con el César o contra él, porque, para Jesús, no es el César el horizonte último de la cuestión. De hecho, Jesús introduce un tercer elemento, que es el Padre.
Porque el César puede exhibir su imagen en una moneda, pero no puede ostentarla sobre el hombre.
Puede exigir el tributo, pero no la adoración. El Padre, en cambio, sí puede, porque el hombre no pertenece al César, sino a Dios.
Dios y el César, por lo tanto, no son dos soberanos competidores en el mismo plano: uno tiene un poder relativo, el otro tiene un poder absoluto, desde siempre y para siempre, y la respuesta de Jesús no es una división de poderes, sino la liberación de una falsa alternativa.
De hecho, la cuestión no acaba aquí. En su pregunta, los enviados de los fariseos y herodianos habían pedido si era lícito pagar el tributo. En su respuesta, Jesús no utiliza el verbo pagar, sino el verbo devolver: «Pues dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» (Mt 22,21). No se trata de pagar, sino de devolver a cada uno lo que le pertenece.
Pagar significa ejecutar una transacción, saldar una deuda, realizar una operación que cierra una relación. Es un gesto que no involucra el corazón: se refiere solo al objeto y a su valor. Devolver es un gesto que abre a la relación, que reconoce y honora al otro, que acoge la verdad de lo que uno es.
No en vano, precisamente este era el problema de los viñadores homicidas de la parábola de hace dos domingos (Mt 21,33-43): devolver, o sea, reconocer que no somos los dueños absolutos de la realidad. No lo somos nosotros, no lo es el César.
Solo el Padre lo es, Él que es bueno, y hace de sus cosas un don total, como el dueño de la viña que llama a sus obreros y da a todos la misma paga, el mismo don (Mt 20,1-16).
Jesús, por tanto, no responde a la pregunta de los fariseos, sino que responde a la pregunta que ellos no han formulado.
Porque la verdadera cuestión es: ¿A quién pertenece nuestro corazón? Nuestra libertad nace cuando entregamos a Dios aquello que lleva su imagen: nosotros mismos.
+Pierbattista

